edición: 2559 , Viernes, 21 septiembre 2018
02/09/2010

Pocas ilusiones al comenzar las nuevas negociaciones entre palestinos e israelíes

Pedro González
Es la gran apuesta de Obama, intentando triunfar en donde todos sus predecesores fracasaron: conseguir al fin una solución al problema israelo-palestino. Anoche, una cena completó una agitada jornada de encuentros bilaterales entre la secretaria de Estado, Hillary Clinton, y todos y cada uno de quienes van a sentarse a partir de hoy a la mesa de negociaciones: el presidente de la Autoridad Palestina, Mahmud Abbas, los ministros de Asuntos Exteriores jordano y egipcio, Nasser Judeh y Ahmed Aboul Ghet, el representante especial del Cuarteto (Estados Unidos, Unión Europea, Rusia y ONU), Tony Blair, y el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu. Este último dedicó la mayor parte del día a glosar “el salvaje asesinato” de cuatro colonos israelíes en Cisjordania a manos del brazo armado de Hamas, cuya inmediata reivindicación abona la tesis de su disposición a boicotear cualquier atisbo de esperanza y arreglo entre los eternos enemigos.

Al atribuirse y describir este atentado como el primero de una serie de acciones por venir, Hamas lanza un mensaje nítido de intransigencia, defraudando incluso a quienes creían ver en la organización que actualmente controla la franja de Gaza una cierta transformación.

Netanyahu, tal y como es costumbre en el lenguaje de Oriente Medio, ya ha avisado de que “la sangre de los colonos israelíes no quedará impune”, o sea que no será de extrañar que las represalias serán a la altura de cómo consideran el crimen a vengar. Luego, claro está, vendrán los comentarios y análisis de quienes por diversos foros exigen a Israel una respuesta equilibrada, es decir no más allá de los cuatro muertos que ahora le han causado, exégesis más propia de conversaciones de salón entre quienes ni han pisado ni conocen la verdadera realidad de lo que se ventila en aquella tierra más maldita que santa.
 
Con este telón de fondo, las negociaciones que hoy comienzan formalmente pretenden desembocar en la constitución del Estado palestino. Mahmud Abbas quiere asentarlo sobre la totalidad de los territorios ocupados por Israel desde 1967, es decir Gaza y Cisjordania, pero también Jerusalén Este, que reivindica como capital de ese futuro estado. Este es precisamente el punto crucial de fricción puesto que Israel considera a Jerusalén, una e indivisible, su propia capital, a la totalidad de cuyo control no está dispuesto a renunciar.
 
Aparte de cuestiones que pudieran calificarse de menores, los otros dos temas fundamentales sobre el tapete son la presunta vuelta de los refugiados palestinos, los que hubieron de marcharse al fundarse Israel en 1948 y sus descendientes (serían a día de hoy unos 4,5 millones), y los asentamientos de los nuevos colonos israelíes en los territorios reivindicados por los palestinos. Respecto de lo primero, es una reivindicación inaceptable para Israel, que vería alterado de golpe el frágil equilibrio demográfico de la región. Con relación a lo segundo, Netanyahu congeló la instalación de nuevas colonias hasta el próximo 26 de septiembre, y ha desmentido haber anunciado que, pasada esa fecha, no se reanudarán. Un punto, pues, determinante porque la delegación palestina ha advertido que las negociaciones quedarían rotas ipso facto tan pronto como se iniciaren nuevos asentamientos.

En realidad, no hay nada nuevo en estos planteamientos y en las férreas posiciones que exhiben unos y otros. Ciertamente, los palestinos están en condición de inferioridad, tanto porque sus aspiraciones son absolutamente inviables sin el acuerdo de Israel, como porque el extremismo de Hamas ha logrado infiltrarse en no pocos hogares que piensan que la única solución pasa por exterminar a Israel en vez de negociar con él. Por su parte, Netanyahu, que admitió e impulsó la posible solución de dos Estados para acabar con el conflicto, tiene no poca gente a su derecha, que le exigen garantías ciertas y fiables de que no hará concesiones que pongan en peligro la existencia misma de Israel. Tal es la razón por la que una de las exigencias más duras de Israel es que el nuevo Estado palestino sea un territorio desmilitarizado, condición que si el Fatah de Abbas podría llegar a admitir con ciertas reservas, no aceptarían en ningún caso los palestinos más extremistas.
 
Son por lo tanto demasiados los motivos para que este nuevo proceso de paz nazca con renovadas ilusiones. De hecho, han sido más de 20 los meses transcurridos sin diálogo israelo-palestino, 62 los años que dura este conflicto que envenena y condiciona en gran parte el antagonismo entre el Islam y Occidente, y sobre todo una larga letanía de fracasos que Barack Husein Obama quiere romper. Solo cabe desearle suerte, porque su éxito pondría entre paréntesis una pesadilla que tiene visos de enquistarse, agravarse y no acabar nunca.

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