edición: 2788 , Viernes, 23 agosto 2019
19/12/2018
Aprovechando la guerra comercial de EE UU

Primeros movimientos de Bruselas para desplazar al dólar del mercado energético

Para promocionar internacionalmente el euro, la clave parece estar en la `redenominación´ de los contratos en los sectores de la energía, aéreo, transporte marítimo y ferroviario
Juan José González
A los 20 años de nacimiento del Banco Central Europeo y próximo también a cumplir los 17 su moneda, el euro sigue sin los instrumentos necesarios para hacer frente a una nueva crisis. Europa comienza ahora una nueva etapa en el terreno monetario, marcada por el final del programa de compra de activos (QE) y por la necesidad de una normalización financiera. Sin embargo, un primer inconveniente parece estar atravesado en medio del camino e impide poner en marcha una decisión europea orientada a incrementar la utilización internacional del euro. Para este fin se ha propuesto la Comisión Europea un plan cuyo objetivo final es la `redenominación´ de los contratos energéticos, habida cuenta que la Unión Europea es el principal importador energético del mundo cuyas facturas se pagan en un 80% en dólares (a pesar de proceder de Oriente Medio, África o Rusia). Y no sólo en el sector energético se produce una sangría de pagos en dólares sino también en otras materias primas y en el sector alimentario. El Ejecutivo europeo pretende que sea el euro la divisa principal en los contratos firmados, no sólo entre Estados miembro sino también en los acuerdos entre países comunitarios y extracomunitarios. Las autoridades europeas, seguramente en su afán de promocionar internacionalmente la moneda única, estarían valorando la oportunidad de aprovechar la guerra comercial entre EE UU y China, así como la tensión existente en otras áreas del comercio internacional, para promover el pago en euros y no en dólares. Es el caso de los sectores de construcción naval, transporte marítimo, ferroviario y aéreo.
La ofensiva europea en la promoción internacional del euro, llega en un momento crucial y oportuno. Por un lado, la tensión comercial internacional, un pulso entre EE UU y China que sufre pero que al mismo tiempo le puede interesar a Europa. Por otro, la fase de normalización monetaria europea, ya en su recta final, tras la conclusión del programa de compra de activos por el BCE. En medio de la batalla política y económica entre las dos potencias, el euro se presenta como una oportunidad en los mercados mundiales, en un momento en el que los pagos a los proveedores de materias primas energéticas y no energéticas, una vez agotados los dólares (por las sanciones de EE UU) no habría más remedio que hacerlos en euros.

El movimiento de las autoridades europeas para sacudirse en cierta medida el dominio del dólar en algunos mercados mundiales, permitiría además aumentar el peso y valor de la divisa europea. Si bien, obligaría por otro lado, a reorientar la política macroeconómica de la Unión, hoy muy centrada en los controles salariales y sociales, y mostrarse más beligerante en asuntos como la reducción de los superávit por cuenta corriente de algún país, léase Alemania, que sería, es y seguiría siendo en más interesado en mantener el superávit y por tanto en menos interesado en la promoción internacional de la divisa europea.

Y el miembro europeo España no ha colaborado precisamente en la tarea que, en cambio, sí se han marcado otros socios de la Unión. Cabe recordar en este sentido que el Gobierno español se había comprometido con el BCE a hacer emisiones de eurobonos y a nombrar un ministro del euro: el Ejecutivo anterior llegó a reconocer que España era un socio un tanto distraído en ese trabajo por hacer que es la profundización en la moneda única europea, tarea pendiente desde el mismo año del ingreso en la Unión, allá por 1986.

Algunas tareas pendientes llevan a sospechar que el trabajo de promoción internacional de la moneda única que se pretende, no contará con la máxima atención de los 19 implicados en la vida de la divisa europea. Que los países miembro de la UE estarán más atentos a los efectos diarios en que se manifestará la normalización monetaria que en su última etapa, tras el cierre del programa de compra de activos, se presenta con tantas exigencias como posibilidades para las economías de los socios. 

Pero queda, en todo caso, la tarea más ardua y que mayor cantidad de voluntades va a exigir: la creación de algún mecanismo fiscal que ayude a un país con problemas sin que el resto de socios se vea afectado por un contagio. Y en este sentido se echan en falta los trabajos para acelerar el seguro de depósitos europeo o la revisión del mecanismo de resolución bancaria de tan infausto recuerdo. En todo caso, reconocer que el euro ha perdido peso desde el inicio de la crisis en 2008, como lo demuestra que tan sólo el 20% de las emisiones de deuda sean denominadas en la moneda europea, debe inquietar no sólo a las autoridades sino también a un sector financiero necesitado de mayor estabilidad.

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