edición: 2804 , Lunes, 16 septiembre 2019
17/05/2011

Prisión incondicional y dura pena de telediario para DSK

Pedro González
La jueza de Nueva York no aceptó el millón de dólares ofrecido por sus abogados como fianza para no ingresar en prisión. El riesgo de fuga resulta determinante en esta prisión incondicional, aunque la misma jueza reconozca que las pruebas no son concluyentes. Empieza un duro calvario, pero ni siquiera una hipotética absolución con todos los pronunciamientos favorables, hoy harto improbable,  restablecería el lugar que ocupaba en la sociedad hasta el pasado domingo Dominique Strauss-Khan, uno de los hombres más influyentes del planeta. Sea cual sea el desenlace final de su caso, el director general del Fondo Monetario Internacional ha sido condenado ya a una durísima pena mediática, desgranada en directo por los noticiarios de todo el mundo y con un efecto multiplicador devastador a través de las redes sociales.

n los tiempos de Internet, pero sobre todo de Twitter y Facebook, la opinión pública mundial ha pronunciado su veredicto letal, que no es otro que el de que debe abandonar de inmediato su puesto en el FMI y renunciar a la carrera por la Presidencia de Francia, competición en la que todos los sondeos le presentaban como la única alternativa real a Nicolas Sarkozy.

La Justicia ha de ser igual para todos, principio que todos suscriben aunque en muchos países, especialmente los de la Vieja Europa, las inmunidades de todo tipo demuestren en la práctica que no es así. Pero, incluso en los casos donde la coreografía judicial es más igualitaria, la pena mediática no es igual en absoluto para el común de las gentes que para los personajes, éstos en su mejor significado de personas famosas por lo sobresaliente de sus trabajos o la gran influencia de sus decisiones sobre gran número de personas. Así, la coreografía judicial americana no le ha ahorrado ningún rito ni trámite a DSK, como se le conoce en Francia: detención a bordo del avión a punto de despegar, esposas ligando los brazos a la espalda, introducción en el coche policial entre dos agentes, lectura de sus derechos, comparecencia en la comisaria de Harlem, presentación ante el juzgado, traslado a la prisión, al menos hasta la próxima comparecencia el próximo viernes, etc. Aunque sean acreditadamente breves en América, en comparación con Europa, y no digamos con España, los tiempos de la justicia pueden llevar semanas, meses e incluso algunos años, periodo en el que será prácticamente imposible que DSK pueda salir de Estados Unidos. Esos rituales, absolutamente legales, legítimos y necesarios, no tienen nada qué ver con los mediáticos, que a día de hoy tienen como unidad de tiempo el nanosegundo.

El personaje reunía todas las características para protagonizar este serial televisivo: intelectual brillante, ocupando un puesto que le permitía ser tratado casi como un jefe de Estado, casado con una guapa y multimillonaria periodista, y encarnando la gran esperanza del Partido Socialista francés de retornar al Palacio del Elíseo desde que lo abandonara François Mitterrand. También, claro está, una fama (bastante disculpada en Francia) de mujeriego, en la que se juntan, como suele ser habitual, la propia vanidad egocéntrica del seductor y el agrandamiento mediático de sus “hazañas” por parte tanto de sus amigos y colaboradores como de quienes no tienen empacho en ahondar la propia tragedia de algún choque subido de tono en su interpretación sexual. Ya están apareciendo en Francia mujeres que ahora parecen mostrarse dispuestas a acusarle de presuntos delitos de este cariz, no denunciados hasta ahora por diversas causas.

El drama de DSK se ha extendido obviamente a la institución que representaba y a los países que dependían en gran parte de sus decisiones. Apenas difundida la noticia de la detención de DSK, el euro se desplomó en las bolsas asiáticas, mientras en Grecia cundía el pánico a propósito de la renegociación de su deuda. El director general del FMI era la voz más alta entre los que preconizaban una reducción en las medidas de austeridad impuestas a Grecia, explicando que mantenerlas o incrementarlas no conduciría más que a un empeoramiento de la situación. Atenas veía en DSK un valedor de peso frente a los que exigían mayor dureza y rechazaban adoptar nuevas y más flexibles condiciones financieras.

El propio FMI entra en un innegable periodo de incertidumbre, aunque su número dos, John Lipsky, haya tomado las riendas, máxime cuando éste había anunciado el pasado jueves que dejaría su cargo el próximo mes de agosto. Todos los rotativos especializados, con el Financial Times a la cabeza, reconocen que el FMI, bajo la dirección de DSK, ha impulsado una política de estabilización del sistema financiero mundial, agitado por una crisis económica sin precedentes, y ha sido el mejor respaldo de Bruselas para los planes de salvamento de las economías europeas en dificultades. En la misma línea pesimista, The Economist titulaba su website “No he Kahn´t”, para calificar de “desastre” la situación. Calificativo que cabría aplicarlo también a la propia Francia, que siempre puja por los puestos más relevantes en las instituciones internacionales, y ahora ve desacreditada a una apuesta que en su día apadrinara el propio Sarkozy. Por cierto que ninguno de los últimos máximos dirigentes del FMI ha logrado terminar su mandato: el francés Michel Camdessus, el alemán Horst Kohler, el español Rodrigo Rato y ahora el también galo Strauss-Kahn, no se habituaron, cada uno por diferentes razones, al ambiente de Washington y a la humedad provocada por el Potomac. Casi millón y medio de euros, entre sueldo, dietas y otros complementos, no era al parecer remuneración suficiente para compensar la dedicación a un cargo que, desde Bretton Woods, recaía siempre en un europeo a cambio de que fuera un norteamericano el máximo dirigente del Banco Mundial. Una tradición que los emergentes quieren romper. 

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