edición: 2559 , Viernes, 21 septiembre 2018
13/10/2009
OBSERVATORIO DE COYUNTURA

Qué hacer con el déficit público

SERVICIO DE ESTUDIOS DE 'LA CAIXA'
Antes de la crisis existía un consenso amplio en el que la utilización de políticas fiscales discrecionales de carácter contracíclico no era deseable, ya que no contribuían a la estabilidad de la economía e incluso podían tener efectos adversos. Mejor dejar actuar a los «estabilizadores automáticos»: si caía la actividad, el descenso de la recaudación tributaria y el aumento de las transferencias a particulares -subsidio de desempleo- suavizaban automáticamente la caída. Por el contrario, si la economía se recalentaba, el mecanismo actuaba en sentido inverso, contrarrestando en parte el movimiento cíclico. En cambio, se consideraba que la política monetaria sí era adecuada para hacer frente a episodios de recesión o de recalentamiento.

Así se hizo en los primeros compases de la crisis financiera que se desató en 2007. Cuando se agotaron los instrumentos de política monetaria convencional, sin apenas resultados, los bancos centrales aplicaron entonces medidas de carácter excepcional, tratando de expandir la liquidez por todos los medios. Los gobiernos se pusieron en alerta para evitar el colapso del sistema financiero y para apoyar a las entidades en dificultades. Y lo que se temía ocurrió. La quiebra de Lehman Brothers el 15 de septiembre de 2008 desató la alarma, convirtió a la crisis en global y puso a muchas entidades financieras en grave riesgo.

Con los canales del crédito obstruidos, la actividad real sufrió un agudo frenazo, sincronizado a nivel internacional, que cortó de golpe una larga etapa de prosperidad, excesos y desequilibrios. Ante una inesperada y profunda crisis financiera, que se transmitía inexorablemente a la actividad real, los iniciales reparos a poner en marcha políticas fiscales extraordinarias se dejaron de lado. Los estabilizadores automáticos no servían. Gobiernos e instituciones internacionales decretaron zafarrancho de combate fiscal. Había que hacer frente al desastre, costara lo que costara.

Y está costando muy caro. En el momento actual, lo peor de la crisis parece haber quedado atrás, pero muchos países alcanzarán este año déficits públicos de dos dígitos sobre el producto interior bruto, algo inconcebible en periodos de paz. La montaña de deuda pública crece imparable. Ahora, los organismos supranacionales se apresuran a advertir a los gobiernos que el desequilibrio puede no ser soportable.

¿Qué hacer? Distingamos entre los cuatro factores que han hecho descarrilar el déficit: los estabilizadores automáticos, las ayudas al sistema financiero, los paquetes de estímulo fiscal discrecional y, en algunos casos, un resto que corresponde a los ingresos extraordinarios debidos a un boom inmobiliario o financiero, y que no se van a volver a repetir. En un escenario óptimo, en el cual la incipiente recuperación actual se consolidaría, los estabilizadores automáticos dejarían de generar déficits por sí solos, la recomposición de los mercados financieros minimizaría las pérdidas derivadas de las ayudas a entidades y los paquetes de estímulo fiscal se retirarían a medida que la economía recuperase el tono. El cuarto elemento generador de déficit sí obligaría a ajustar los ingresos o los gastos públicos en los países que lo hayan experimentado. De todos modos, en este contexto, el reequilibrio de las finanzas públicas sería factible en un espacio de tiempo razonable.

El problema está en si la recuperación se hace esperar, es más débil de lo previsto o se producen recaídas. En estos casos habrá que ponderar qué es peor, si dejar crecer el déficit y la deuda, con unas crecientemente peligrosas necesidades de financiación, o cortar con la sangría, con el consiguiente riesgo de frustrar la recuperación. Un dilema delicado cuya solución, por ahora, está en el aire, y en el que no hay recetas generales, ya que en cada país la situación es distinta.

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