edición: 2556 , Martes, 18 septiembre 2018
06/05/2010

Quién gane las elecciones británicas tendrá que volver a pedir sangre, sudor, lágrimas y esfuerzo

Pedro González
Ninguno de los tres candidatos que hoy aspiran a ocupar el 10 de Downing Street ha tenido agallas para contarle al electorado la imperiosa necesidad de proceder a profundos recortes de gasto, es decir de la cura de caballo que se le avecina. En términos relativos, la situación del Reino Unido no es mucho mejor que la de los países del sur de Europa sobre los que disparan a discreción los brokers de todo el mundo: deuda y déficit son dos capítulos que exigirán parecidos sacrificios a los que se han pedido a Grecia, han comenzado a solicitarse en Portugal y ya está en el ambiente que no habrá más remedio que acometerlos en España. Quién tiene unas elecciones por delante, a corto o medio plazo, prefiere eludir el lenguaje descarnadamente franco, porque ya es general creencia que, en las circunstancias actuales, el que gane habrá de adoptar medidas tan draconianas que se garantizará posteriormente, a él y a su partido, una generación en la oposición. Un aserto que vale para cualquier país democrático sumido en la actual crisis.

Los primeros que se enfrentan a esa premonición son los británicos, que hoy tienen la oportunidad de finiquitar un bipartidismo que se remonta a 1923. Un sistema que ha sido santo y seña de la política británica, pero que lleva ya un cuarto de siglo provocando un creciente descontento a un electorado cansado de la exclusiva alternancia conservadores-laboristas, sin que las terceras opciones tengan una representatividad ostensible en el Parlamento de Westminster. No es por casualidad que el propio diseño de la Cámara de los Comunes sea rectangular, con los escaños enfrentados, a diferencia de la habitual arquitectura en hemiciclo, que haga visible por gajos las diferentes tendencias. Así es todavía el sistema por el cual solo hay un ganador en cada una de las 635 circunscripciones electorales del país, de manera que los votos que no hayan ido para el ganador se consideran “perdidos”. Que el sistema estalla parece demostrarlo la tendencia creciente a votar a otras opciones distintas de laboristas y conservadores. Baste recordar que en las elecciones de 2005, en las que Tony Blair ganó con mayoría absoluta, el 40% de los electores se decantaron por liberales demócratas, unionistas, nacionalistas escoceses y galeses y otras formaciones minoritarias.

Pese a lo ajustado de las encuestas, la principal certeza salvo vuelco de ultimísima hora es que Gordon Brown cosechará una derrota importante, donde la incógnita mayor es saber si situará a su Partido Laborista en segundo o en tercer lugar. Si sucediera esto último, estaría claro que la estrella de los libdems de Nick Clegg brillaría en todo su esplendor, tanto por convertirse en la llave de una coalición necesaria para gobernar como en el impulsor de la apremiante reforma electoral que introduzca una buena dosis de proporcionalidad en el hasta ahora muy confortable pero ya muy gastado sistema bipartidista mayoritario. La sociedad tradicional británica, partidaria de cambios lentos y graduales, no es probable que se arriesgue a una mutación tan trascendental como para darle el primer puesto a Clegg, pero si sus resultados estuvieren en torno al 29-30% se convertiría en el auténtico vencedor moral de los comicios. Ese hipotético resultado le serviría además para atemperar las presiones antieuropeístas que se presume arreciarán si triunfan los conservadores.
 
Tanto el meteórico ascenso de Clegg como el descenso de Brown habrá que atribuírselo en buena parte a los tres debates televisados, una cita que en muchos países se considera de mero trámite y que no influye en los resultados, pero que en Gran Bretaña ha significado un descubrimiento para muchísimos electores. Habrá que esperar a un análisis sociológico más elaborado, pero hay consenso general en que esta vez la televisión se ha convertido en vehículo para modular las preferencias.

En consecuencia, lo normal es que las encuestas tengan razón y David Cameron, líder de los tories, sea el llamado por la Reina para que forme gobierno. Concluirán así trece años de gabinetes socialdemócratas, comenzados con la esperanza de un Nuevo Laborismo, que pronto se diluiría en el día a día de una gestión de Blair que bien podrían haber firmado sus adversarios, y concluida con un Gordon Brown paralizado e incapaz de proponer las contundentes medidas reformistas que  requiere la crisis actual.

El brillante etoniano Cameron se convertirá, pues, con toda probabilidad en el primer ministro más joven de la moderna historia británica. Ha logrado centrar a su propio partido hasta hacerlo atractivo incluso para gentes que abominaban de su clasismo elitista, y ahora deberá proceder a un ajuste que colme el déficit de 187.000 millones de euros que le dejan los laboristas.

Si todo ello se cumple, Europa solo contará entonces con tres países con gobiernos socialistas, tras el viraje de Hungría y Reino Unido. Esos tres países son Grecia, Portugal y España, que dibujarán así irónicamente una nueva fractura entre la Europa del norte y la del sur. A pesar de la abundancia de matices, no cabe duda de que muchos especuladores aprovecharán la ocasión para lanzar nuevos brochazos sobre los PIGS de la UE, otra leyenda negra, que no por igualmente injusta que aquella deja de ser tanto o más demoledora.

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