edición: 2514 , Viernes, 20 julio 2018
21/11/2012
Objetivo (político) cumplido

Rajoy evita el rescate en su primer año de gobierno

Bruselas, el FMI y ahora miembros de su Gobierno, le reprochan los malos resultados de la estrategia elegida
Juan José González

Si la evaluación de un año de gobierno se mide por los resultados, no cabe duda que el balance no guarda relación con el mensaje elegido por el presidente Rajoy, convencido de que tras el primer cumpleaños en el poder "lo peor ya pasó". Es un signo inequívoco de que se mantiene en el mismo error de diagnóstico mostrado en la campaña electoral. Y como cualquier balance, el relativo a la gestión política de la economía tiene su activo y su pasivo, con aciertos y errores, pero que mantiene el error más sobresaliente; el del diagnóstico, el mismo que le llevó a aflorar déficit presupuestario, pérdidas bancarias e intervención de Bankia, un rosario de acontecimientos que supuso su lanzamiento, o bautismo presidencial, europeo. Desde entonces, no se celebra sesión, reunión, comité o cumbre en Europa en las que no figure en el orden día el "problema España". El país vale menos, produce menos, apenas invierte, en el año de Rajoy se han destruído 800.000 puestos de trabajo, y las reformas, como la financiera, no terminan de rematarse.

A la vista de los resultados (paro, PIB e inflación) es posible que el presidente ya se encuentre más que arrepentido de aquéllos reconocimientos (mayor déficit, activos tóxicos bancarios y crisis en Bankia) tras haber comprobado que al enseñar las cartas abiertamente fue una imprudencia en el tiempo y en la estrategia. Es seguro, como señalan en el Ministerio de Economía, que aquel diagnóstico inicial de noviembre pasado ya no era el mismo en el mes de junio. La estrategia falló y ante la evidencia del destape de las debilidades presupuestarias y bancarias, los inversores nacionales e internacionales no tuvieron que pensar mucho más para poner pies en polvorosa: más de 235.000 millones de euros pusieron rumbo a otros mercados con menor riesgo. Inversores internacionales que interpretron que esos 50.000 millones de euros de pérdidas afloradas por el sector bancario en febrero pasado, así como la convicción de que el objetivo de reducción del déficit presupuestario era (y es) inalcanzable, fueron motivos suficientes para ahuyentar cualquier proyecto de inversión a corto, medio o largo plazo en el país; inversores que daban por hecha la intervención total de las cuentas españolas, es decir, el rescate soberano inmediato.

Pero el país entero sigue a vueltas con el rescate, a pesar de ser negado por el Gobierno, pero que en realidad Bruselas considera como un hecho, toda vez que se da por aprobada la línea de crédito de 100.000 millones de euros a los que el Ejecutivo español parece hacer ascos, puesto que no son utilizados ni para sanear ni para alimentar los circuitos de crédito a las empresas. La resistencia al rescate, sello de identidad y orgullo del presidente del Gobierno, parece encontrar a partir de ahora una explicación política. Es posible que el presidente y sus ministros hayan querido resistir el chaparrón financiero y económico, ruído social y sindical incluído, para cumplir el primer aniversario de legislatura, y en el que se trataría de evitar por todos los medios pasar a la historia con el balance de un rescate en el primer año de mandato.

Esa resistencia a apuntarse el rescate en el primer año, va directamente al pasivo del balance, donde figura que el desempleo ha paso del 21% al casi el 26%, la prima de riesgo por encima de los 450 puntos, los precios superando el 3% y con el déficit presupuestario y el PIB dando muestras de que el enfermo apenas reacciona al tratamiento. A todo ello habría que sumar tras el verano, el drama social de la crisis, la persistencia en el desempleo y las peores espectativas de la economía, que en su conjunto vienen a dibujar un escenario donde la negación de un rescate puede terminar en explosición popular. Huelgas, manifestaciones, suicidios por desahucios, parecer el ser los avances o presagios de que aún queda por ver lo peor de lo peor.

Las preferentes, la vivienda, la fuga de capitales, los ajustes de plantillas en empresas públicas y privadas son problemas que se mantienen en el tiempo, y cuya solución no se consigue fijar en el corto plazo. Y es casi seguro que el Gobierno comenzará el próximo ejercicio con todas las papeletas para no cumplir el objetivo de déficit presupuestario, y que, por tanto, allá por el mes de abril o mayo serán necesarias nuevas medidas de ajuste. Las emisiones del Tesoro Público seguirán a costes elevados dada la calificación actual del bono español y su perspectiva negativa, lo que a su vez mantendrá los mercados de financiación cerrados por más tiempo que el pensado. El escenario de la economía, que es lo mismo que decir el del país, estará abocado a dos años (2013 y 2014) de rescate.

Y ante la evidencia de un panorama tan oscuro para empresas y ciudadanos, ¿no debería el Ejecutivo comenzar por presentar un cuadro macro tan realista como suficientemente creíble para los tecnócratas de Bruselas? ¿No sería más adecuado bajar el ritmo y velocidad de los recortes y hacer caso a voces tan experimentadas (y escarmentadas) como la de Dilma Rousseff, la presidenta de Brasil, cuando le dijo a Rajoy, a propósito de las políticas de recortes europeas aquello de que "políticas similares en los 80, promovidas por el FMI, hundieron a toda Latinoamérica durante 20 años"? Porque cuanto antes se reconozcan los errores, antes podremos afirmar con seguridad de que "lo peor ya ha pasado". En ese caso, incluso, estaríamos dispuestos a admitir los errores de cálculo, o diagnóstico, que ha cometido el presidente del Gobierno.

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