edición: 3054 , Viernes, 25 septiembre 2020
03/06/2016
Regreso a la inversión pública

Receta a la desesperada en busca del arranque económico

La OCDE recurre a un experimento economicista para liquidar la austeridad y que consigue despertar el optimismo 
Juan José González
El regreso a la inversión pública va sumando adeptos, pero sin la capacidad deseada para imponer al más fuerte -Alemania- el relevo de la austeridad. La recomendación de la OCDE, reclamando margen fiscal para reforzar el gasto público y sumarse al debilitado sector privado, puede parecer después de tanto palo, una risueña zanahoria, un objetivo o premio para todos aquellos que se apliquen en el logro de los objetivos de déficit y consolidación fiscal impuestos por las autoridades del BCE. De ser así, a España, le quedaría por cubrir una última -o penúltima- fase, a la que, por cierto, llega en medio de la alta presión de la deuda, el déficit, el desempleo y un Ejecutivo muy exigido por sus rivales políticos, al acecho para un cambio de poder. La duda es si se trata de una recomendación formal, un experimento econométrico o, quizá, ¿una receta a la desesperada?
Los promotores de la vuelta a la inversión pública tendrán que avanzar un poco más, explicar cómo armonizar la política de reformas, cómo conjugar ajustes y recortes, control del déficit, del gasto, etc. con la estrategia de inversión pública que se propone. Los promotores deberían afinar e ir de lo genérico a lo concreto y precisar, entre otros, plazos y cantidades, sectores y expectativas de resultados de sus recomendaciones. Y de paso, concretar si en el tren del regreso a las políticas de inversión pública hay una plaza para España o tendrá que esperar a que pase el siguiente.

El paso del tiempo y los escasos resultados obtenidos de las políticas aplicadas, han eliminado por agotar las expectativas y la confianza de Gobiernos y ciudadanos. Es el caso de las propuestas del FMI cuando, en la fase final de la recesión, proponía que se apostara con fuerza por las inversiones públicas en infraestructuras por el efecto multiplicador que se produciría sobre el resto de los agentes económicos. Apuntaba entonces -principios de 2014- que con una inversión pública del orden del 1% del PIB, se generaría, cuatro décimas de mayor actividad económica en el corto plazo y de 1,2% en dos o tres años.

Lo cierto es que nunca se llegó a comprobar la eficacia de tan tentadores cálculos que ofrecía el FMI. Y los fondos para poner en marcha el Plan Juncker siguen sin hacer acto de presencia, lo que alimenta las sospechas sobre si llegarán a tiempo o, incluso, lo harán algún día. De ahí que la propuesta de la OCDE sea acogida ahora con tanto interés y esperanza como escepticismo sobre las iniciativas de FMI y de la Comisión Europea. Y claro, falta además la opinión de los críticos de Berlín, habitualmente contrarios a las estrategias expansivas de los demás, y en especial cuando varios socios de la Unión tienen todavía pendientes algunos deberes.

La iniciativa de la OCDE, como en su día, en 2014, la del FMI, trae el recuerdo del ambicioso Plan Juncker, una propuesta de fondo de inversiones de 315.000 millones de euros para tres años promovido por la Comisión Europea. Se decía del plan que era la salida, el pilar de la hoja de ruta que las autoridades habían pensado para relanzar la economía de los 28 países de la Unión y donde el Banco Europeo de Inversiones estaría llamado a jugar un papel promotor muy relevante. Del plan -noviembre de 2014- se afirmaba que, como iniciativa de inversión, vendría a completar la consolidación fiscal y las reformas estructurales en marcha. Alguien debería explicar en qué estado y lugar se encuentra la `macroplan´ de Juncker, aunque, guiados por la inactividad del Banco Europeo de Inversiones, es probable que se encuentre bloqueado por telas de araña.
  
Que las institucionales supranacionales y demás organismos económicos se estén planteando ahora otro tipo de políticas económicas, puede parecer que la situación es un tanto desesperada, al haber fracasado las aplicadas hasta ahora, de resultado dudoso en el mejor de los casos, o de fracaso estrepitoso para ser más justos. Proponer una política de inversión pública puede provocar, en las actuales circunstancias, más temor de los inversores privados que aportar optimismo destinado a crear expectativas. Aunque a decir verdad, bien puede parecer una salida, una solución de último recurso.

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