edición: 2657 , Viernes, 15 febrero 2019
18/07/2016
Aspira a exportar buen gobierno

Reino Unido recurre a la gobernanza para intervenir en las grandes empresas

El nuevo Ejecutivo aspira a corregir errores y abusos cometidos por las empresas a lo largo de la crisis
Juan José González
De las primeras declaraciones de la nueva Primera ministra de Reino Unido, Theresa May, se desprende que las intenciones de la política conservadora no pasan sólo por cambiar algunos cuadros, alfombras y floreros en el 10 de Downing Street. May quiere hacer obras, de mayor dimensión y calado que unas cuantas reformas caseras. La `primera en la frente´ no ha sido para la clase política de Bruselas, con la que tendrá que lidiar para que el Brexit sea Brexit. Tampoco para la local, en minoría y en crisis de liderazgo. Su mensaje es directo para las grandes empresas, la gobernanza, directivos, salarios, representación de los trabajadores... Las grandes corporaciones parecen temblar con las ideas que avanza May y que recoge la que parece va a ser la pieza principal de su hoja de ruta, del Gobierno: el programa económico. Quiere intervenir en las empresas, ordenar ciertos desórdenes. Adelanta que -sin dejar de controlar el déficit- la austeridad se deberá manejar con más inteligencia. Viene a decir que todos deben cambiar, empezando por las empresas.
Es probable que algunos de los puntos del programa económico avanzado por May fueran suscritos por los laboristas más radicales. Incluso los liberales se quejan de que varias ideas del documento económico se corresponden con su programa electoral. Pero lo cierto es que la visión que parece ofrecer la nueva líder política tiene muy en cuenta las diferencias sociales entre las clases más desfavorecidas por la crisis y las que menos han sufrido en estos últimos años.

Al margen de las primeras intenciones en lo social del programa de May, el foco de atención parece tener un interés singular en el gobierno corporativo de las empresas, en los salarios de los directivos, los criterios de retribución, en el rendimiento de cuentas y en la representación de los trabajadores. Dice la política que "la diferencia entre lo que cobran los trabajadores y sus jefes es una diferencia creciente y poco saludable" y que ella viene a cambiarlo. Dice estar convencida de que "un mejor gobierno corporativo ayudará a las empresas a tomar mejores decisiones para su propio beneficio y para la economía".

Estas notas son suficientes para interpretar por dónde piensa transitar la nueva jefa de Gobierno. Sin embargo, no deberían interesar sólo por su novedad o ambición, sino por lo que pueden significar como pautas de actuación para el resto de Europa. El cambio en Reino Unido obligará a los 27 socios que forman la Unión Europea a hacer muchos cambios, tanto a nivel individual como a nivel institucional en Bruselas. En primer lugar para adaptar un presupuesto y una relaciones comerciales con un socio menos. Pero en segundo lugar, y quizá con mayor urgencia, para hacer frente al creciente movimiento de desafección europea de varios países miembros de la UE, cuyas opiniones parecen que serán, a partir del Brexit, tomadas más en serio.

Los cambios contagian. Deben servir para adaptarse a nuevas situaciones. Y la Europa de 2016 ya no es la de 2007, la del inicio de la crisis; primero financiera, después económica y política y ahora un poco de todo. Los cambios en Reino Unido señalados como `ideas fuerza´ por la premier británica, deberían ser aprovechados por una Europa en shock político, con anemia económica y enfriamiento ideológico, sin líderes ni liderazgo, condenada, en el mejor de los casos, a mantener avances económicos con crecimiento insuficiente para cuadrar las cuentas y crear empleo.

La salida de Reino Unido es por tanto, un buen motivo de estímulo para buscar los puntos comunes, de unión, entre los socios europeos. En este sentido, llaman la atención los movimientos de algunos Gobiernos y grupos de interés en aprovechar la ocasión del Brexit para ofrecerse como nueva sede -tierra de acogida- de una futura City financiera. Es la forma inmediata de interpretar la salida de Reino Unido la que ahora parece preocupar más a las autoridades europeas. Quizá no sea este el asunto prioritario en el nuevo escenario, si bien cabe esperar en el futuro un cambio más profundo en el apartado de los mercados puesto que es obligada una reordenación, replanteamiento y organización de los mercados europeos, pues no tiene sentido que la Unión Europea tenga su capital financiera, la del euro, en un país que no es miembro (como así lo ha querido expresamente).

Cuando May apunta a la gobernanza de las empresas como centro de su primer disparo, no hay que pensar sólo en las compañías y bancos españoles con grandes intereses en Reino Unido que se verán afectadas por la nueva política, sino en los puntos de ese programa económico donde se desarrollan los cambios. Estos pueden marcar tendencia si aciertan a tocar las teclas precisas para mejorar la gobernanza de las grandes corporaciones y a corregir algunos excesos (que son muchos) que han quedado al descubierto en este largo período de crisis, porque seguramente estén en el origen de una buena parte de los problemas económicos de Europa y, por supuesto, en la desafección de buena parte de la ciudadanía europea.

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