edición: 2581 , Miércoles, 24 octubre 2018
20/09/2018
El Brexit ya huele la recesión

Reino Unido y Europa calibran su ruptura muy influenciados por los inversores

Valoran las opiniones de los inversores para justificar una separación amistosa, para que la divisa no pierda la paridad con el euro y se produzca una estampida empresarial
Juan José González
Londres y Bruselas buscan estos días las mejores condiciones de divorcio institucional como si fueran un matrimonio que ha decidido una ruptura amistosa. Negocian más el futuro que el presente de sus relaciones políticas, comerciales, sociales y financieras, conscientes de que una separación conflictiva, desordenada y abrupta será perjudicial para ambos, para Reino Unido y para la Unión Europea de 27 miembros. Pero las condiciones del divorcio son, por encima de todo, el eje y la piedra angular que sirva para graduar sus respectivas posiciones de cara a una nueva atapa que estará marcada en el medio plazo por una recesión económica. En principio, las hipótesis sobre los posibles escenarios de ruptura no se desean catastróficos, es decir, el matrimonio quiere una separación amistosa con un pacto solidario de ruptura y que, según el calendario acordado se alargará durante cerca de dos años. Sobre el divorcio de ambos, hasta el momento, no se conocen escenarios de ruptura conflictiva al entender que en este caso los daños directos y colaterales se sufrirían por ambas partes. Que no se estén escuchando voces contrarias a la ruptura consensuada y pacífica no significa que los inversores renuncien a valorar escenarios alternativos, pues, como se sabe, el divorcio tiene hondas raíces en intereses económicos y financieros, además de los relativos a asuntos sociales, emigración, etc. En cualquier caso, y antes de fin de año, ambos consortes se convertirán de forma temporal en camaradas aunque por separado tengan que hacer frente a una fase de riesgo que amenaza el crecimiento. La graduación de la ruptura de Reino Unido con la UE podrá dar una idea de la proporción que pueda tener una nueva crisis económica.
El divorcio institucional de Reino Unido y Unión Europea entra en capilla, se empezará a negociar en terreno europeo, Salzburgo, lugar idílico para los músicos que saben afinar bien sus instrumentos. Lo que allí se decida será una propuesta que contenga las primeras intenciones sobre cómo se va producir la separación, que deberá ser ratificada antes de que finalice el presente ejercicio por los Parlamentos de ambas partes. Dado por hecho que la separación se quiere amistosa y cordial, tan sólo quedaría por conocer el desenlace, es decir, los efectos del divorcio.

De dar cuenta de las consecuencias de la ruptura se encargarán, de forma inmediata (y seguramente adelantada) los inversores, los mercados financieros, las divisas y sus efectos se dejarán sentir a continuación en el volumen y precios de los intercambios de bienes y servicios. Los expertos recuerdan que será interesante observar que los acontecimientos se desarrollarán en medio de un escenario al que están llegando vientos de recesión, de parón económico a la vista.

Hasta el momento, los responsables de la separación valoran las opiniones de los inversores, de los gestores de grandes fondos, tienen en cuenta las proyecciones de las casas de análisis sobre evolución de compras, ventas, precios, intercambios, etc... Opiniones que ponderan e influyen de forma notable en el ánimo de los negociadores. Porque el divorcio es, al final, como siempre, un asunto económico, financiero, patrimonial, antes que una cuestión de orgullo y honor.

Si la ruptura es amigable las divisas lo agradecerán y los inversores verían una libra con un cambio cerca de los 1,40 dólares. Cabe la posibilidad, para algunos remota, para otros no tanto, de que los cónyuges renueven su amistad y se olviden (vía nuevo referéndum) del divorcio, en cuyo caso, la libra y el índice de la Bolsa de Londres regresarían a casa en las mismas condiciones y en similares valores. Pero si el divorcio se decide a cara de perro, el escenario más duro y también el menos probable entre dos cónyuges inteligentes, la moneda británica puede perder la paridad con el euro, o sea, un desastre al entender que un divorcio en esas condiciones equivaldría a una ruptura de las negociaciones que, en términos de mercado financiero sería el caos.

Inversores y empresas españolas parecen estar descontando en los últimos meses una separación amistosa y cordial, con un régimen de relaciones entre las partes favorable al mantenimiento de las valoraciones de activos. En las últimas semanas las inversiones españolas en Reino Unido se han recuperado apostando por la compra de inmuebles (con valoraciones a la baja) y la firma de alianzas empresariales. Todo indica que la música que resulte de Salzburgo no sonará bien en pricipio, lo cual no alterará el mercado de divisas ni el bursátil, aunque ya se sabe que un buen acuerdo nunca se consigue a la primera. Al final, un buen divorcio conviene a ambas partes, entre otras cosas porque necesitan cubrirse de los riesgos asociados a una nueva etapa de recesión económica futura.

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