edición: 2786 , Miércoles, 21 agosto 2019
29/04/2019
banca 
BBVA ya no encaja en los planes de fusión

Sabadell calcula el encaje de Bankia en línea con las reclamaciones del BCE

La fracasada fusión en Alemania invita a la reflexión a los aspirantes Sabadell, Bankia, BBVA, Unicaja y Liberbank
Juan José González
La idea de que las fusiones bancarias resultan ser la mejor vía para reducir costes al lograr economías de escala, pero que los problemas resultantes acaban por reducir la eficiencia y la rentabilidad de la entidad resultante, ha llevado últimamente a numerosos banqueros a recapacitar al respecto. El ejemplo más cercano se sitúa en la Alemania del Deutsche Bank y del Commerzbank, en principio una boda deseada, en marcha y con todo en regla hasta que las verdaderas cifras del teórico gigante bancario mostraron la necesidad de la ayuda indispensable de las autoridades gubernamentales y del supervisor central europeo para el buen fin de la unión. Ahí se acabó todo. Los proyectos corporativos de uniones bancarias suelen superar los papeles, las cifras y las proyecciones de sus técnicos. Pero a la hora de la verdad las cuentas resultan demasiado crudas, fuertes y en muchas ocasiones sus resultados impracticables. Las reestructuraciones son costosas, equivalentes a los recortes de plantilla, única vía para conseguir las deseadas sinergias. Y estas, cada vez menos asumibles por las autoridades.
El frenazo en seco de la fusión de Deutsche Bank y Commerzbank ha supuesto un parón en los deseos de algunas entidades bancarias proclives a las operaciones corporativas. Ya se sabía que se trata de procesos complejos y costosos, que generan conflictos jurídicos, laborales, reputacionales y normativos de todo tipo. Y la no fusión bancaria alemana parece haber abierto los ojos a los aspirantes. Unicaja y Liberbank se encuentran en ese trance, en el de los detalles finales. Pero a Sabadell le pilla en pleno análisis de una operación que le puede situar a poca distancia en activos de los dos primeros espadas del sector español, Santander y BBVA. 

Una cuota de mercado de una nueva entidad (suma de Sabadell y Bankia) con 412.000 millones de euros en activos y el 23% de cuota de mercado de depósitos, gusta y agrada al supervisor bancario europeo. Pero el freno a la fusión bancaria alemana parece haber hecho mella en algunos razonamientos empresariales que antes eran obvios. La clave parece estar ahora en que las autoridades políticas no admiten que la razón última (o primera) de una fusión sea el logro de sinergias en base a la reducción drástica de plantilla, a la vez, coste elevado de la operación. De ahí que haya que buscar otros objetivos y otras vías.

La muletilla que acompaña a todo tipo de operación o aventura bancaria, coincide en estos días en un mismo punto: la larga etapa de los tipos bajos de interés, el contexto, el escenario de tipos bajos, a veces negativos,  obliga o presiona a los banqueros a considerar alternativas urgentes al negocio bancario para conseguir la rentabilidad perdida y la eficacia necesaria del sector. En este sentido, los mensajes machaconamente reiterados por la subgobernadora del Banco de España, Margarita Delgado, para que se apliquen los bancos en las labores de concentración, chocan con los problemas de la realidad.

Realidad que evidencia que para las fusiones hace falta algo más que un esfuerzo de ánimo desde los supervisores (local y central). Son necesarias ayudas institucionales que a día e hoy no figuran en ningún papel. En este punto, la pericia de los reguladores no parece estar a la altura de las necesidades del sector, puesto que a la ausencia de un marco regulatorio expreso e impositivo común, se añade la división interna existente en el seno del BCE, donde no parece haber coincidencia en algunos aspectos como es el caso de los `campeones nacionales´, para unos y hasta ahora un objetivo futuro, mientras que para otros resulta confuso. La muestra de esta división de opiniones no puede estar más cercana con la ruptura del proyecto de fusión entre los dos grandes bancos alemanes, el Deutsche Bank y el Commerzbank.

Por otro lado, las fusiones transfronterizas son una de esas ideas-deseos fruto de una reunión de fin de semana de los supervisores europeos en una isla del Adriático. La ausencia evidente de un marco regulatorio expreso así como de la cobertura impositiva común en la Unión Europea hacen imposible en el corto plazo cualquier consumación de aventuras bancarias entre países distintos. Y si a esto se unen los recelos propios de los gobiernos y de la ausencia clara de sinergias, se entiende que no sea este el tiempo idóneo de ese tipo de fusiones corporativas.

Porque la banca alemana, la más ineficiente de Europa junto a la italiana, es la que registra las peores ratios de rentabilidad. Las autoridades germanas se dieron cuenta, con los datos en la mano, que la fusión entre los dos colosos lograba unas sinergias en el entorno de los 3.500 millones de euros mientras que los costes se quedaban en los 20.000 millones para el Deutsche Bank y en los 7.000 millones para Commerzbank, siendo la reducción de 30.000 puestos de trabajo sobre una plantilla de fusión de 140.000 trabajadores, la única vía segura para conseguir las sinergias de los 3.500 millones. Y no parece que ningún Ejecutivo europeo se sienta capaz de aprobar una operación financiera en la que el resultado fuera enviar a 30.000 personas a casa, a la calle y a cargo de las arcas públicas.

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