edición: 2310 , Lunes, 25 septiembre 2017
16/12/2010
No se llegará al rescate, pero se andará muy cerca si no hay reformas ya

Santander y BBVA apremian al supervisor a que ejerza su autonomía

La banca se pone nerviosa ante la lentitud reformista del Ejecutivo
Francisco González y Emilio Botín
Juan José González

Prisas de última hora están obligando a la ministra de Economía y al gobernador del Banco de España a pisar al máximo el acelerador del proceso de fusiones. Los dos grandes bancos, por separado pero en el mismo día, el viernes en la sede del supervisor, señalaron con preocupación que los límites de liquidez comienzan a enviar señales de inminente peligro. Con los colaterales en agotamiento acelerado, los balances de la gran banca no podrán aguantar un trimestre más. Y el viernes pasado, varios representantes bancarios, presentes en la conferencia de Jean Claude Trichet en el Banco de España, apremiaron a que éste utilizara la gran autonomía de actuación que posee para alejarse de la “inacción del Ejecutivo” en las reformas financieras. En pocas palabras; que abandone, de una vez por todas, las vinculaciones políticas que conlleva cambiar los consejos de las cajas, y concluir, al fin, la reforma, por libre, sin necesidad de tener que coordinarse con Economía. Para eso es autónomo, muy autónomo.

El escenario se complica cada vez que sale el sol. Banqueros y políticos van conociendo poco a poco los detalles del paquete de ayudas para Irlanda, segundo rescate de un socio europeo en pocos meses. Aquellos comprueban que cuando un Estado cae en manos de uno de estos mecanismos de estabilización –FMI y/o BCE- supone la certificación de que se ha llegado al fondo del pozo. Los banqueros presionan a los políticos. Insisten unos en que la crisis de la deuda supone la última estación en el camino de la crisis: más allá, aseguran, no hay nada más, nada más que interese al sector bancario, puesto que en esa situación, la transferencia de las deudas y de los problemas a los consumidores bloquearía la capacidad de seguir consumiendo bienes y crédito.

La experiencia de la reciente situación de Grecia, de la posición en la que deja la crisis a los ciudadanos, a las empresas y a la banca, debe servir a los responsables políticos y económicos españoles a modo de orejas de lobo. Y no digamos la más reciente de Irlanda, con esa envenenada similitud inmobiliaria con España, parte imprescindible en ambas crisis. Después de la crisis de la deuda pública, los expertos aseguran que ya no hay más, que a partir de ese momento es posible que ni esa barra que utilizan los equilibristas en la cuerda floja, el balancín, sirva para seguir caminando sobre esa cuerda.

Una lección que están aprendiendo el sector bancario y el Ejecutivo, que se puede extraer de Grecia e Irlanda, es que en cualquier negociación entre un Estado en apuros y las autoridades de Bruselas (BCE) o de Washington (FMI) los acreedores luchan, y lo logran, para hacerse con una garantía de cobro, con un aval, y que en estos casos recae, como no, en los contribuyentes. Esa era la complicada y tensa situación que se vivió en octubre y noviembre cuando las autoridades irlandesas, como antes las griegas, se resistían para evitar la ayuda de los mecanismos de estabilización, el rescate con fondos de uno o de los dos organismos económicos supranacionales. Y esta lección es de la que se supone habrán tomado buena nota supervisor y Ejecutivo españoles.

Curiosamente, en esta situación, el peligro sobre el que advierten los banqueros, no se encuentra en esa transferencia de las pérdidas públicas al sector privado, sino al contrario; que las pérdidas del sector privado se carguen, o se asuman por parte del sector público. La razón, compartida por el Banco de España, es que el déficit estructural español obliga a endeudarse en mayor volumen y por más tiempo en el exterior. Esto obliga a que el Tesoro Público se deba estar refinanciando continuamente, como es el caso, al precio de mercado que sea. En definitiva, que la economía española sería aún más dependiente del exterior y, por tanto, de los mecanismos de estabilización que se quieren evitar a cualquier precio. Y la única forma de evitarlos es haciendo reformas.

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