edición: 2557 , Miércoles, 19 septiembre 2018
24/10/2008

Sarkozy y Merkel vengan el proteccionismo de Zapatero

Juan José González

Zapatero… Zapatero…, lo siento no figura usted en la lista de invitados. España no estará en el grupo de los 20 países que se reunirán el 15 de noviembre en Washington. El anfitrión, George Bush, no ha incluido al Estado español en la relación, y sólo una limosna de última hora haría posible que España cuente con representación en tan magna cita. Dicen que a Bush no le gustan los números primos; en este caso, España sería el invitado nº 21, aunque si se aplicara el criterio del PIB, se situaría entre el noveno y décimo puesto, quedando fuera de la lista el país que figura en el puesto 20 que, casualidades de la vida, es Argentina.

Pero es que Bush lo que no perdona es lo sucedido aquel 12 de octubre de 2003, cuando Rodríguez Zapatero, todavía en la oposición, fue incapaz de levantarse al paso de la bandera norteamericana, sin olvidar tampoco el episodio más grave, desde el punto de vista diplomático, el abandono de la coalición de Irak. Y de aquellos polvos…

Algunos observadores ya se han apresurado a interpretar el esquinazo a España como la venganza de Francia y Alemania y EE UU. Una venganza que, en el caso francés y alemán, tiene su origen en las últimas intervenciones españolas en el controvertido asunto del proteccionismo empresarial. Los hechos están aún frescos en la memoria. En su día, hace apenas dos años, la Comisión Europea llamaba la atención al Ejecutivo español a propósito de la Opa de E.On sobre Endesa. El Gobierno español, según la Comisión Europea, habría puesto unas condiciones de acceso a nuestro mercado empresarial, que no tenían precedente en el continente, cerrando el paso a la empresa alemana en su pugna por hacerse con el control de Endesa. Y Angela Merkel, la canciller alemana (que perdona pero no olvida), se mostró muy contrariada por el gesto hispano. Tomó nota. Y con Nicolas Sarkozy (que olvida pero no perdona) sucede algo muy similar. La compañía EDF quiere establecer en España, poco menos que una segunda sede, utilizando la vía de penetración del sector eléctrico. Y de nuevo tropieza con el proteccionismo del Gobierno español. Y Francia también tomó nota.

Y como las crisis demandan soluciones pragmáticas, los Gobiernos de Europa se lanzan a finales del mes pasado a la intervención desesperada de bancos, empresas y todo lo que se tambalea. En poco más de mes y medio, medio mundo pasó de aborrecer y denigrar las intervenciones del Estado en la economía a dar la bienvenida al interventor oficial del Estado que acudía rescate.

La historia más reciente nos deja, al menos, cuatro grandes operaciones empresariales prohibidas por el Gobierno de turno: Endesa-Gas Natural; Endesa-Iberdrola; Fenosa-Hidrocantábrico y Gas Natural-Iberdrola. España tiene mala fama internacional en asuntos de intervención estatal. No es buen ejemplo. Mejor dicho, no era buen ejemplo hasta que a principios de mes, Angela Merkel interviene, manu militari, en el rescate de los principales bancos de Alemania. En Francia, Nicolas Sarkozy no escatima en ayudar en lo que haga falta a su Banca.

George Bush se unió a la corriente intervencionista por obligación y a la fuerza. En septiembre pasado, tras la quiebra de Freddy Mac y Fannie Mae, y posteriormente el banco Lehman Brothers, el Gobierno norteamericano interviene en entidades financieras para salvarlas de la quiebra. Paradojas de la vida, semanas antes de la intervención del Gobierno norteamericano en las entidades financieras, Gonzalo Gallegos, portavoz del Departamento de Estado de EE UU, mostraba su preocupación por la aprobación de 26 decretos impulsados por Hugo Chávez, para reforzar el poder del Estado en la economía. ¿Qué habrá pensado el polémico mandatario de Venezuela después de haber visto lo de las últimas semanas? Lo podemos imaginar pero lo desconocemos.

Como desconocemos lo que hubiera pensado Cánovas del Castillo si llega a escuchar, ayer jueves, a Juan Ramón Quintás, presidente de la CECA, hablar de un nuevo término, “intervenciones preventivas”, para explicar la ‘ayuda’ (intervención) del Gobierno holandés al maltrecho ING. O al vicepresidente Económico, Pedro Solbes afirmando que en “España no hará falta comprar bancos” cuando minutos antes su presidente, José Luís Rodríguez Zapatero aseguraba en el Congreso de los Diputados que “en estos momentos la intervención pública es necesaria e insustituible para asegurar la estabilidad y la financiación requerida por empresas y familias, y que será cada vez más necesaria para impulsar, con carácter general, en los ámbitos nacional y europeo, la actividad económica y la creación de empleo”.

Pero no es sólo el vicepresidente económico ni el presidente del Ejecutivo quienes están en esa línea de pensamiento. El ministro de Industria, Comercio y Turismo, Miguel Sebastián, afirma que “también algunos empresarios exigen la intervención pública, las llamadas ‘ayudas’, cuando sus negocios flaquean o sus monopolios peligran. Pero, en general, ha calado en la opinión pública la idea de que el intervencionismo gubernamental en la economía no es bueno. Comparto plenamente esta idea y me alegro de vivir en un país donde la gente piensa así. Pero el intervencionismo, como casi todo en economía, es un concepto relativo, no absoluto, y la cuestión es sí hay ahora más o menos intervencionismo del que había hace cuatro años”, dice Sebastián.

Como dijo el poeta Robert Frost, ¿cómo terminará el mundo? ¿congelado o en llamas?. No pensó Frost que su reflexión iba a tener una aplicación práctica en el siglo XXI, en un momento en el que, precisamente, la economía corre el riesgo de quemarse por la inflación o de congelarse por la recesión. Lo que podemos intuir es que el próximo 15 de noviembre en Washington, 20 países intentarán hacerse con el mando del termostato.

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