edición: 2595 , Miércoles, 14 noviembre 2018
10/04/2010

Se desploma en Suráfrica la herencia de reconciliación de Mandela

Pedro González
Este viernes fue enterrado Eugène TerreBlanche, el fundador del Movimiento de Resistencia Afrikáner (MRA), asesinado el sábado anterior en su propia granja por dos de sus trabajadores negros. La tensión registrada a lo largo de toda la semana y el ceremonial de raíces filonazis para darle sepultura ha venido a poner de manifiesto que el odio entre la minoría blanca y la heterogénea mayoría negra de Suráfrica está lejos de estar erradicada. Aunque desde que Nelson Mandela accediera a la Presidencia en 1994 se diera por definitivamente concluido el apartheid, abolido dos años antes por su predecesor blanco Frederik De Klerk, las mentalidades no cambiaron de la noche a la mañana. Baste como prueba de ello el que TerreBlanche hace el número 3.205 de los granjeros blancos asesinados desde que el Congreso Nacional Africano (ANC en sus siglas en inglés) ganara las primeras elecciones con el apartheid abolido.

La tendencia a eliminar brutalmente a los colonos blancos es desgraciadamente una constante en todo el continente. Detrás de sus asesinatos subyace tanto la sed de venganza por las hipotéticas humillaciones sufridas como la incuestionable codicia de hacerse con sus tierras y propiedades. De una u otra forma, tal ha sido el destino de muchos colonos blancos que decidieron renunciar a ser repatriados a sus metrópolis de origen cuando los países africanos alcanzaban su independencia. Sin embargo, en casos como los de Suráfrica o su vecino Zimbabwe, los blancos hacía muchos años, siglos incluso, que consideraban esos países como su verdadera patria, fruto de cinco, seis, siete  y hasta diez generaciones nacidas en tales territorios. Da lo mismo. El color blanco de la piel supone llevar encima el estigma de todos los excesos coloniales, aunque haga decenios que se hayan abrazado e interiorizado todos los principios y la simbología del país que consideran propio y al que defienden como su única y exclusiva patria.

En el caso de Zimbabwe las matanzas de granjeros blancos han sido atizadas incluso por el presidente-dictador Robert Mugabe, y repartidas sus tierras entre sus seguidores más fieles, los mismos que han constituido  a cambio la férrea guardia pretoriana que le quita de la cabeza el menor atisbo de comportamiento democrático o de tentación de dimitir por cansancio. El resultado es que el dictador y sus secuaces se han repartido un botín, que deben mantener a sangre y fuego, ya que la antigua despensa de África se ha convertido en un país miserable y carente de prácticamente todo. No es todavía el caso de Suráfrica, donde los blancos dominan no solo la agricultura sino la práctica totalidad de la economía, tanto la que se cimenta en la producción de sus inmensas materias primas como la de los servicios. Es evidente que la población negra no considera justo que la minoría blanca domine tales resortes de poder. Y, por su parte, los boers no están dispuestos a facilitarles la labor. A lo largo de la semana se ha extendido como reguero de pólvora el razonamiento de los seguidores de TerreBlanche: “Está claro –dicen- que blancos y negros no podemos vivir juntos. Queremos un Estado afrikáner propio, y o bien lo conseguimos por las buenas o cogeremos las armas”.

Desde el ANC y la mayoría de los partidos se lanzan mensajes de apaciguamiento, pero la tensión se palpa en el ambiente. A tres meses de la Copa del Mundo de fútbol, que por vez primera tendrá como escenario un país africano, el color de la piel separa. Nelson Mandela, cuyo ejemplo personal tanto ha hecho por la reconciliación, podría contemplar incluso antes de morir un desenlace del que seguro abomina.

NUEVO ESTALLIDO DEL FRENTE CAUCÁSICO

Un país muy pequeño, 13.500 kilómetros cuadrados, y de apenas 1,5 millones de personas, sigue trayendo de cabeza a Rusia. En Chechenia no hay prácticamente nadie que no tenga un pariente cercano víctima de los excesos de las dos guerras –y sus salvajes postguerras- libradas contra Rusia en los últimos veinte años. Las últimas carnicerías causadas por terroristas –o insurgentes- chechenos en Moscú, Daguestán e Ingushetia llevarían a concluir que la política de puño de hierro aplicada por Vladímir Putin contra el terrorismo no da buenos resultados. “A la violencia se responde con un ensañamiento indiscriminado que hace aumentar el número de personas deseosas de venganza”, afirma el columnista Viacheslav Izmmáilov de Nóvaya Gazeta, recogiendo lo que es un análisis cada vez más compartido. La represión que se desencadena a raíz de cada atentado termina afectando a personas ajenas al terrorismo, que por ese mismo sentimiento de injusticia terminan por engrosar las filas de la insurgencia.

Es la primera vez que el máximo dirigente del FSB (el antiguo KGB), Alexandr Bórtnikov, admite las perniciosas consecuencias de una estrategia basada en la represión a sangre y fuego. Aunque no lo declara abiertamente, Bórtnikov es consciente asimismo de que el terrorismo islamista ha crecido exponencialmente, incorporando además a las denominadas viudas negras como nueva y terrorífica herramienta. Las dos jóvenes que se hicieron saltar en el metro de Moscú por los explosivos que portaban adosados a sus cuerpos, responden al nuevo tipo de mujeres decididas a vengar la muerte de algún familiar, lo que viene a suponer en la práctica que no queda prácticamente nadie no sospechoso entre todos los estamentos sociales de Chechenia.
 
A miles de kilómetros de Grozni y de Moscú, en otra pequeña república ex soviética, Kirguizistán, la oposición tomaba el poder tras una revuelta saldada con 75 muertos y más de un millar de heridos. Roza Otunbáyeva habló por teléfono con un Vladímir Putin especialmente cálido –son sus propias palabras- antes de autoproclamarse presidenta provisional. Aunque Moscú lo niega, la evicción del poder  de Kurmanbek Bakíev parece haber contado por tanto con el beneplácito del primer ministro ruso. El régimen de Bákiev había derivado hacia una corrupción rampante –su propio hijo controlaba el 55% de toda la economía del país-, pero se había hecho fuerte al permitir que Estados Unidos siguiera utilizando una base aérea vital para su logística en la guerra de Afganistán, pese a que el Parlamento de Bishkek había votado su cierre en 2009. Esa actitud, cobrada en sustanciosos dólares al presidente Obama, disgustaba a Moscú, que también dispone de una base en el país, pero que desearía fuese la única.
 
INVESTIGACIÓN DE LA FISCALÍA A FRANCE TELECOM

Que entre los empleados de una gran empresa se registren nada menos que 35 suicidios en 2008-2009 y 11 más desde que comenzara 2010 ha provocado no solo la alarma de la opinión pública francesa sino también la de su Fiscalía, que ha decidido abrir una investigación judicial al gigante galo de las telecomunicaciones por “acoso moral y poner en peligro la vida de otros”.

La instrucción contra France Telecom se ha abierto sobre la base de un informe de la inspección de trabajo, según cuyas conclusiones los dirigentes de la empresa se habían fijado como objetivo para 2009 la marcha voluntaria o forzosa de 22.000 trabajadores. A partir de ahí, la inspectora de trabajo que realizó el informe denuncia el recurso a todo tipo de presiones para violentar la voluntad de los candidatos al despido.
 
Las líneas maestras de la reorganización orgánica y de trabajo en France Telecom habrían sido definidas por su antiguo presidente-director general Didier Lombard, que aparece así como el principal encausado en la investigación. Contra las afirmaciones de la empresa de desconocer la relación causa-efecto entre tal reorganización y el imponente número de suicidios registrado, la citada inspectora señala que France Telecom había sido advertida “en numerosas ocasiones de los efectos dañinos que la política de reorganización laboral causaba en los trabajadores”.

En un país tan proteccionista de los derechos laborales como Francia este episodio es seguido con especial atención, y se considera que la sentencia que muchos presumen condenatoria al cabo del proceso, debe servir de ejemplo para disuadir a quienes tengan la tentación de recurrir a métodos semejantes a los de France Telecom para sacarse de encima a una parte considerable de sus plantillas.

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