edición: 2614 , Miércoles, 12 diciembre 2018
02/12/2010

Se dispara el coste de las catástrofes naturales y humanas

Pedro González
Swiss Re, segunda empresa mundial de reaseguros, acaba de hacer públicos los costes derivados de las últimas catástrofes naturales y humanas correspondientes a lo que va de 2010: 222.000 millones de dólares (169.000 millones de euros), es decir casi cuatro veces más que los 63.000 millones de dólares que habían costado los desastres en todo   2009. Esas cifras engloban tanto los costes asumidos por las compañías aseguradoras y reaseguradoras de todo el mundo como los arrostrados por gobiernos e instituciones internacionales de todo tipo.

El año ha sido particularmente dramático: terremotos en Haití y Chile, devastadoras inundaciones en China y Pakistán, el huracán Xynthia que barrió toda Europa, y una sequía demoledora en Rusia conforman un panorama desolador, agravado por catástrofes causadas por la mano del hombre como la explosión de la plataforma petrolífera Deepwater Horizon en el Golfo de México, causante del mayor vertido de crudo y de la mayor catástrofe ecológica de la historia. Desde el punto de vista estrictamente asegurador, las indemnizaciones han supuesto 36.000 millones de dólares en 2010, un 34% más que en 2009. La paradoja está sin embargo en que los grandes desastres, el de Haití con más de 222.000 muertos y desaparecidos o el de Pakistán con más del 20% del territorio anegado por las aguas, han pesado menos en las cuentas de las compañías de seguros que los sucedidos en Europa o América, simplemente porque la cobertura en los países no desarrollados es ínfima o incluso no existe en absoluto.

La publicación de tales datos coincide con la celebración en Cancún de una nueva ronda mundial para tratar de luchar contra el cambio climático. Una conferencia a la que los dirigentes no prestan prácticamente atención alguna, y cuyas expectativas de acuerdo son prácticamente inexistentes ante la falta de consenso de los dos principales contaminadores y emisores de gases de efecto invernadero a la atmósfera: China y Estados Unidos. En cuanto a Europa, una UE confrontada a la peor crisis de su existencia, a causa de la política de rescate de los países más débiles y de los embates lanzados contra el euro, su peso a la hora de encabezar iniciativas o de imponer medidas ha adelgazado considerablemente.

Y, sin embargo, ha pasado tan solo un año desde que en la cumbre de Copenhague los grandes dirigentes, con Barack Obama a la cabeza, se habían comprometido a hacer de esta lucha contra el cambio climático una prioridad absoluta. En aquella ocasión, y por primera vez en la historia, 56 periódicos de 45 países firmaban un editorial común en el que se afirmaba textualmente: “La Humanidad se enfrenta a una situación de absoluta emergencia. Si el mundo no se une para adoptar medidas decisivas, el cambio climático asolará nuestro planeta, y con él nuestra prosperidad y seguridad. No es un combate entre el mundo rico y el pobre ni entre el Este y el Oeste. El cambio climático nos afecta a todos, de manera que solo juntos podremos afrontarlo”.

Desde entonces los datos han ido a peor. Ya no hay prácticamente ningún científico que ose negar el calentamiento global. Más aún, éste se está produciendo a una rapidez mayor de la que se calculaba en Copenhague. Todas las alarmas están encendidas para que la subida media de las temperaturas no sobrepase los 2 grados centígrados, ya que las proyecciones hablan de 4, lo que en casos como la Península Ibérica supondrían incrementos de entre 6 y 7, o sea su práctica reducción a convertirse en un paisaje desoladoramente desértico.

La crisis económica, los vientos de guerra en el Mar Amarillo, la inacabable guerra de Afganistán, el formidable rearme de Asia y las turbulencias financieras globales han desplazado a un segundo plano la que hace apenas un año parecía una prioridad insoslayable. No se atisba en Cancún que la conferencia, cuya celebración está prevista se prolongue hasta el próximo día 10,  consiga algún acuerdo de calado. La realidad es que estamos asistiendo a una renacionalización de las políticas climáticas y al fracaso de la lógica de la regulación mundial que el Protocolo de Kyoto había instaurado en 1992. Los mismos funcionarios de la ONU, organizadora de este encuentro, son pesimistas al respecto. El choque de intereses del G-2, China y Estados Unidos, demuestra que sin su consenso, en este como en otras cuestiones, los avances en pos de una solución global habrán de esperar.

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