edición: 2830 , Martes, 22 octubre 2019
09/05/2011

Seve era patrimonio de la Humanidad

Antonio Cubero
Severiano Ballesteros se nos ha ido fulminado por un tumor cerebral a la edad cruelmente joven de 54 años. Se ha ido para emprender un viaje eterno en busca de de nuevos horizontes donde luchar por llevar el golf al alcance de todos los bolsillos como en una tarde lluviosa de Madrid le pidió durante una exhibición en el estadio Santiago Bernabéu al entonces alcalde de la Villa, Enrique Tierno Galván, en la creencia de que el ‘viejo profesor’ socialista era la mejor llave para abrir las puertas de los españoles a un deporte que hasta entonces exigía a sus practicantes tener el pedigrí de rico.

Que Seve Ballesteros fue un genio universal, un grande cuyo nombre sirvió de pasaporte para los españoles en sus viajes por todos los rincones del mundo, lo glosa su palmarés, pero lo describen mejor anécdotas como las que recoge Gerardo Riquelme en el diario ‘Marca’. Anécdotas como la del presidente del gran banco japonés, que demoraba reuniones con el presidente de Banco Santander, Emilio Botín, hasta que se enteró que éste era el suegro del golfista. “¿Y cómo no me lo habíais dicho antes?”, se quejó a sus colaboradores. O que el sultán de Brunei se obsesionara en jugar un partido con él en su campo de 18 hoyos iluminado con luz artificial. O aquella otra anécdota cuando se dio cuenta de que tenía una brazo más largo que el otro al enfundarse su primera ‘chaqueta verde’ al ganar el Masters de Augusta.

Ballesteros fue, como dijo nada menos que Jack Nicklaus, "único". Fue todo eso y mucho más: carismático, apuesto, inteligente, divertido, infatigable, apasionado,  orgulloso, sincero y, sobre todo, poseedor de un talento natural supremo que le hizo ser superior al mejor. Un campeón forjado desde la nada que tuvo que ‘rumiar’ a regañadientes  el hecho de ser más valorado en Inglaterra o Estados Unidos que en su propio país. Un malestar que nunca disimuló ante las autoridades españolas cuando se le acercaban en los momentos de gloria en busca de la foto.
 
Eran unos años en los que se mostró dolido con los medios de comunicación por la poca o nula importancia que le daban a su deporte por el que tanta luchaba hasta hacerlo más popular y convertirlo en olímpico. Un triunfo que no podrá ver en los Juegos de Londres, como tampoco podrá disfrutar como culé que era de un título más de Liga de su Barça.

No tenía pelos en la lengua. Decía todo lo que pensaba, pero no siempre pensaba lo que decía. Esa sinceridad le hacía a veces antipático para quienes no sabían de su calidad humana. De ahí que ver llorar como niños a dos hombres rudos como Miguel Ángel Jiménez y Chema Olazábal al conocer la pérdida de quien en tantas ocasiones fuera rival y compañero en un deporte que celebra el individualismo, se puede asegurar que Ballesteros también rompió todos los cánones al convertirse en un talismán imprescindible como jugador o como capitán en el formato del equipo europeo de la Ryder Cup contra los mejores jugadores del otro lado del Atlántico.

Se ha ido un grande al que llora todo el mundo. Porque Seve Ballesteros no sólo era de España. Era patrimonio de la Humanidad.

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