edición: 2600 , Miércoles, 21 noviembre 2018
25/01/2011

Solo la democracia volverá a federar a los árabes

P.G.
“En Occidente son muchas las voces que consideran que la mayor amenaza para la seguridad y el modo de vida del primer mundo proviene del ámbito árabe e islámico, en particular de lo que hoy se conoce como terrorismo yihadista. Esas personas no comprenden que en el mundo árabe son también muchos los que juzgan que la mayor amenaza para su seguridad y su modo de vida emana justamente de Occidente”. Así describe Eugene Rogan, profesor de Historia Moderna de Oriente Medio en la Universidad de Oxford, el antagonismo cultural, social y político entre las dos grandes civilizaciones que marcan nuestro tiempo.

Invitado por Casa Árabe de Madrid para presentar su monumental obra Los Árabes. Del Imperio otomano a la actualidad (Editorial Crítica), Rogan se ha puesto en la piel y en la mentalidad de los pueblos que habitan todo el norte de África y Oriente Medio para diseccionar su historia, sus esplendores, sus frustraciones y sus miedos, en un gigantesco pero apasionante estudio, pleno de detalles y matices determinante para comprender mejor las causas de su enfrentamiento con Occidente.

Para este genuino representante de la prestigiosa escuela de historiadores de Oxford, el mundo árabe actual ve el futuro con pesimismo creciente, y el planteamiento laico ha dejado de constituir una inspiración para la mayoría de la población. Ese sentimiento generalizado le lleva a la conclusión de que los islamistas ganarían de calle cualquier elección libre y justa que pudiera celebrarse en el mundo árabe actual. Si no es así lo atribuye a las presiones ejercidas por las potencias occidentales, con Estados Unidos a la cabeza, que hubieron de desdecirse de su primitivo apoyo a procesos democráticos, respaldados en la celebración de comicios generales libres, pero que plegaron velas tan pronto como los islamistas se confirmaban como hegemónicas fuerzas políticas incontenibles. El efecto colateral de cercenar esa alternativa ha sido el reforzamiento de monarquías y presidencias absolutistas en buena parte de los países árabes, prestas aquellas a caer en la tentación totalitaria y en la cleptocracia, lo que a su vez ha generado una espiral de nuevas frustraciones de la población y una creciente animadversión hacia Occidente.
 
Denuncia Rogan el cliché que europeos y americanos se han forjado acerca de las pretensiones árabes de una vuelta al califato. Hace en cambio suya la visión de Samir Kassir, el periodista-historiador libanés asesinado por un coche bomba en 2005, según la cual el lapso de tiempo que se extiende desde el siglo VII al XII es ciertamente motivo de orgullo para los árabes por ser la época de su predominio en el mundo, su edad de oro, pero que ya es solamente un recurso dialéctico de los islamistas para apoyar sus argumentos de que la grandeza de los árabes ha ido siempre de la mano de la fidelidad y el vigor de su adhesión a  la fe musulmana. Para entender la situación del mundo árabe actual es mucho más relevante, a su juicio, el Renacimiento cultural de los siglos XIX y XX, el célebre nahda, cuando Egipto fundó la tercera industria cinematográfica más antigua del mundo, mientras que desde El Cairo hasta Bagdad y de Beirut a Casablanca, los pintores, poetas, músicos, dramaturgos y novelistas se dedicaron a dar forma a una cultura árabe nueva y dinámica.

En su inmersión en el alma de los árabes, Rogan pone casi en el mismo plano las proclamas de Napoleón al apoderarse de Egipto en 1798, las de sir Stanley Maude al entrar en Bagdad en 1917 y las de George W. Bush en 2003 cuando se disponía a invadir Irak. El denominador común de las tres declaraciones era autodefinirse como “liberadores”. Un calificativo que europeos y norteamericanos han admitido prácticamente sin cuestionamiento alguno pero que nunca fue aceptado por pueblos que siempre los consideraron extranjeros que querían someterlos. Eugene Rogan es a este respecto muy contundente: “La invasión de un país constituye ya un abuso lo suficientemente grave como para pretender añadirle encima el insulto a la inteligencia de los perjudicados”.
 
El cambio de lenguaje en las relaciones entre árabes y occidentales lo realiza el presidente Barack Obama en su conferencia de 2009 en El Cairo, cuando en un discurso memorable puso el énfasis en el respeto mutuo, una expresión que hizo concebir en los ciudadanos árabes las mayores esperanzas de futuro. Si la potencia dominante del momento fuera realmente capaz de no imponer sus reglas al mundo árabe y de ponerse a buscar soluciones comunes a las cuestiones que tenemos enfrente, los árabes se encontrarían efectivamente en el umbral de un periodo nuevo y más justo. Ahora bien, para que el mundo árabe quiebre el ciclo de subordinación a normas adaptadas a las necesidades de sociedades ajenas será precisa la conjunción de dos factores: que las potencias dominantes de nuestra época acierten a implicarse equilibradamente y que en el seno del propio mundo árabe surja la determinación de emprender un conjunto de reformas.

Admite Rogan que no hay vuelta atrás y que la reunificación del mundo árabe no se hará bajo el islamismo. El mundo se ha globalizado y la parte árabe de ese gran conglomerado no puede vivir replegado ignorando al resto de la humanidad. Es por ello que si existe algún elemento que pueda vislumbrarse como capaz de federar de nuevo a los pueblos árabes, ése será precisamente la democracia.

Se une este historiador a la corriente que estima que la causa palestina ha dejado de ser el antiguo motor de unión federalizante del mundo árabe. Al mismo tiempo, se eleva contra el cambio de tendencia intelectual de la sociedad europea, que pretende cuestionar la legitimidad del Estado de Israel con la perspectiva de sus actuaciones de hoy. “Israel nació en 1948 –afirmó- como solución a la injusticia y al horror del Holocausto”. Lo que no le impidió señalar a continuación que “los palestinos no deben ser tampoco las víctimas que paguen con su territorio los excesos cometidos entonces por Europa”.

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