edición: 3055 , Lunes, 28 septiembre 2020
12/06/2010

Solución confederal para una Bélgica fracturada

Pedro González
Si se confirmaren los sondeos, que auguran un 26% de los votos en las elecciones de este domingo en Bélgica al partido Nueva Alianza Flamenca (N-VA), lo más probable es que el país inicie el camino que ya ha emprendido de facto hacia un Estado confederal, una solución un poco menos radical que la de la partición pura y dura del país. Así lo ha hecho saber Bart De Weber, el líder de esta formación, que podría encontrarse con la oportunidad de formar gobierno, tarea que se está revelando poco menos que imposible en la actual estructura institucional de los belgas. Si al N-VA se les unen los separatistas radicales del Vlaams Belang y los no menos escisionistas del Lijst Dedecker, los partidarios de alguna forma de división de Bélgica estarían por lo tanto al borde de la mayoría absoluta en su región de Flandes. Teniendo en cuenta que los 6 millones de flamencos son casi el doble que los 3,5 millones de walones, el mapa político que surja de estos comicios consagrará en cualquier caso el fin del modelo de convivencia que ha regido hasta ahora en el país.

En Walonia tanto el Partido Socialista (PS) como el Movimiento Reformador (MR) han atacado duramente a Bart De Weber, un profesor de historia de 39 años, que no obstante propondría como primer ministro al líder socialista, Elio Di Rupo, a cambio de la aceptación definitiva de la modificación de la estructura del Estado.
 
Colapsado el normal funcionamiento institucional a causa de la disputa en torno a una excepción electoral en los distritos bruselenses, los flamencos quieren acelerar el proceso, una vez comprobada la imposibilidad de formar un gobierno estable. Ante la alarma provocada tanto en las instancias políticas de la Unión Europea como en los mercados financieros,  De Weber ha suavizado su independentismo, al manifestar que la ruptura de Bélgica no será a causa de una declaración unilateral sino fruto de la evolución gradual hacia su evaporación.
 
La diferencia demográfica y de riqueza per cápita entre Walonia y Flandes, netamente a favor de los flamencos, hace poco menos que imposible un cambio en esta tendencia centrípeta. No cabe contemplar en absoluto que pueda surgir una fórmula menos mala que la confederal, primer paso confesado por los separatistas hacia la configuración de dos Estados. Será incluso una operación dolorosa porque tampoco están nada claros los límites que tendría esa operación habida cuenta de la existencia de la región de Bruselas, bilingüe, enclavada en territorio flamenco pero con sus propios designios autonomistas, además obviamente de ser la capital de ese conglomerado que es la Unión Europea, y por ello mismo, motor incuestionable de la economía de Flandes en particular y de toda Bélgica en general.

Con estas premisas, cabe augurar también que después de los comicios comenzarán unas negociaciones largas y tediosas, como solo son capaces de realizar y sostener hasta la extenuación los belgas, de manera que no habrá nuevo gobierno antes del otoño. Y eso es quizá lo más milagroso de este país, que siga funcionando, bastante bien en términos genéricos, mientras sus políticos se siguen dedicando a sus cosas.

EL INCENDIARIO WILDERS QUIERE ENTRAR EN EL GOBIERNO HOLANDÉS

Un lenguaje más duro incluso que el del asesinado Pym Fortuyn ha llevado a Geert De Wilders a las puertas del Gobierno holandés. Sus 24 escaños, en un parlamento de 150 sin mayorías claras, obliga o bien a pactar con él o a formar coaliciones de otros tres ó cuatro partidos para conformar un consejo de ministros viable. Baste decir que los liberales del VVD fueron los ganadores de las elecciones del miércoles pasado, con 31 escaños, seguidos por los 30 conseguidos por los laboristas del PvdA, y los 24 citados del Partido por la Libertad (PVV) de De Wilders.
 
Tan fácil de verbo como Fortuyn, De Wilders consumó una campaña incendiaria, en la que calificó al Islam de “religión fascista”, llegando a comparar el Corán con “Mein Kampf”, la biblia hitleriana. Dice no temer a las fatwas, públicas o secretas, que seguro han emitido ya clérigos islamistas para eliminarle. No oculta, pues, para nada su xenofobia ni su disposición a impedir que el país siga poblándose de musulmanes. Su análisis de los resultados electorales no deja lugar a muchas dudas: “menos crímenes, menos inmigración, menos Islam, eso y no otra cosa es lo que han decidido los holandeses”, afirma con rotundidad.
 
Son precisamente las comunidades musulmanas de los Países Bajos las que más están urgiendo al líder liberal, Mark Rutte, para que se alíe con los laboristas de Job Cohen e impidan que De Wilders entre en el Gobierno.  Por el momento, las preocupaciones de Rutte están más volcadas en la necesidad de proceder a un recorte del gasto, que cifra en 29.000 millones de euros. Mientras negocia éste y otros aspectos para intentar componer una coalición de gobierno, los empresarios y los sindicatos le han allanado el camino, al aceptar que la edad de jubilación pase gradualmente de los 65 a los 67 años, y aliviar así la pesada carga de unas pensiones a las que accede una población que, como en el resto de Europa, es cada vez más vieja.

AHMADINEYAD ECHA A LA BASURA LAS SANCIONES DE LA ONU

Tras numerosas escaramuzas diplomáticas Estados Unidos consiguió que el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas aprobara nuevas sanciones a Irán. Ninguno de los otros cuatro miembros permanentes –China, Rusia, Francia y Gran Bretaña- se opusieron, pero sí lo hicieron los rotatorios Brasil y Turquía, que discutían así la determinación americana a cortar de raíz las intenciones de Teherán de dotarse de armas nucleares.

La ampliación de las sanciones a empresas, activos financieros y otros intereses iraníes supone una nueva vuelta de tuerca en la presión sobre un Irán que se repliega cada vez más en la dureza de su régimen y en la brutal represión a que somete a los disidentes. En esta ocasión se apuntó hacia un objetivo más nítido: los Guardianes de la Revolución, un auténtico estado dentro del Estado, que dispone a su guisa de 15 de las 40 empresas a las que apuntan los diferentes apartados de la resolución.  El presidente Mahmoud Ahmadineyad la calificó por tres veces de “basura”, y aún está por ver la efectividad de su implementación. A juicio de analistas como Ray Takeyh, del Consejo de Relaciones Exteriores, la mayor parte de las veces lo verdaderamente eficaz es la amenaza de las sanciones más que su adopción misma.

Esta última resolución es continuación de las tres acordadas previamente, ninguna de las cuales ha conseguido hasta la fecha variación alguna en el programa nuclear iraní. Quizá haya que considerar que el verdadero objetivo de Obama en esta ocasión no sea tanto conseguir la renuncia expresa de Irán a su programa sino cercarlo, algo por lo demás bastante relativo a la vista de las reacciones del brasileño Lula y del turco Erdogan, que han aprovechado su voto negativo para erigirse ante sus respectivas opiniones públicas, latinoamericana y musulmana, como líderes capaces de realizar su propia política de alianzas exteriores.
 
En el área de la Unión Europea, sus tres grandes –Alemania, Gran Bretaña y Francia- intentarán empujar a sus colegas comunitarios a imponer nuevas sanciones a Irán, en base a uno de los capítulos de la resolución de Naciones Unidas que así lo permite, para que un país ó un grupo de ellos vaya incluso más lejos de lo resuelto en Nueva York. Sería en todo caso una sorpresa mayúscula que los 27 se adentraran en sanciones que toquen al sector energético, con lo que lo probable es que se limiten a gestos simbólicos sobre empresas sospechosas de suministrar elementos para la construcción de misiles y de armas nucleares.
 
Respecto de los mencionados Guardianes de la Revolución, tanto Israel como Estados Unidos y la propia UE deberán estar muy atentos al cumplimiento de su promesa de escoltar a cualquier flotilla que intente de nuevo romper el bloqueo marítimo de la franja de Gaza. En ese contencioso israelo-palestino el presidente norteamericano también se juega mucho, ya que se están incrementando las voces que en el Congreso de Washington advierten de que los intereses de Estados Unidos e Israel estarían divergiendo cada vez más, lo que podría obligar a la Casa Blanca a exigir a Benjamin Netanyahu que rebaje su intransigencia y no obstaculice la existencia de un Estado palestino viable.

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