edición: 2808 , Viernes, 20 septiembre 2019
10/07/2019

Sostiene Granado

Se conocía la incontinencia verbal del secretario de Estado Octavio Granado desde hace décadas. Como ilustre de ese gravoso estatus que le confiere una extraña libertad de verbo, confirma que en algunos rincones de la Administración pública todavía existe la figura del alto cargo liberado, como cualquier sindicalista al uso: digo lo que quiero, opino con libertad y aquí estoy para lo que haga falta. Es un catecismo peculiar que le proporciona una coraza o defensa contra quienes quieran atentar contra la locuacidad de Granado. Aunque puede volverse en su contra.

Pero de la misma forma que le protege como hablador le puede traer también alguna consecuencia no deseada. Es cierto que el secretario de Estado no tiene prisa en ser jubilado (60 años de edad acredita) y quizá tampoco apartado de una poltrona que le permite altura de miras, conexión con el poder y, como se ve, libertad en el ejercicio de la profesión de administrador público. Y su ministra, su jefa, ajena al refinamiento social, sin nivel intelectual, está que la lleva el diablo cada vez que el lenguaraz (así le califican en el curro) abre la boca.

En el Ministerio de Trabajo aseguran que el secretario se ha venido arriba desde que José Luis Escrivá, su colega -verbal- de la Airef, dispara con informes, opiniones y conclusiones a modo de navajas bien afiladas que consiguen alcanzar la yugular del más pintado en el Gobierno. Lo que parece demostrado es que Granado no le va a la zaga. Y en su singular competición andan los dos, a la limón, a punto de reventar la paciencia de Moncloa.

En palacio asienten cuando se les pregunta por el daño de las opiniones de Granado y Escrivá. La razón es tan simple como estúpida: "nos destroza los rankings". Porque al parecer, tanto los verbos de Granado como los de Escrivá restan reputación y buen gobierno. Y es cierto que las verdades como puños de estos dos señores que van por libre son piedras que hacen daño, porque son verdades o porque van en la dirección contraria del discurso oficial, del discurso correcto, el mismo del que se servirán sus superiores para prescindir de sus servicios. El asunto merece seguimiento.

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