edición: 2616 , Viernes, 14 diciembre 2018
15/07/2009
Por el temor a nuevas quiebras financieras en Europa

Supervisión única, pero compartida

Salgado es más razonable y receptiva hacia el Informe De Larosière
Sede del BCE
Juan José González

No parece que haya levantado mucho interés uno de los temas estrella en las reuniones internacionales inmediatas al crash financiero del último año, pero en la última reunión de ministros de Economía y Finanzas de la zona euro, un grupo de cinco países, entre los que no se encontraba España, señaló la necesidad de volver a tratar el asunto de la supervisión única, e impedir que sea uno de tantos temas que caigan en el olvido de forma premeditada. No es un asunto, el de la supervisión, que levante pasiones porque al fin y al cabo, a ningún Gobierno le resulta agradable pensar en un nuevo órgano al que le va tener que ceder una buena cantidad de soberanía financiera; bastante le ha costado y le cuesta, con lamentos casi a diario, la ‘pérdida’ de la soberanía monetaria, como para que ahora se proponga y promueva delegar la financiera.

Desde la reunión de abril del Eurogrupo, ninguno de los 27 ministros que componen este importante órgano de la UE, se ha atrevido a mencionar el asunto del supervisor financiero único, lo que es interpretado como una señal de que no es deseado por la mayoría de los países miembros o, sencillamente porque, ante la falta de nuevas catástrofes financieras, la idea de De Larosière ha perdido fuerza, interés y justificación.

Ese grupo de cinco países que quieren volver sobre el asunto temen un recrudecimiento de las condiciones de la economía, y no descartan nuevas alarmas que obliguen a una segunda ronda de salvamento de empresas industriales y financieras en Europa. Persiste la duda acerca de si los bancos piensan reconocer algún día y en algún momento –y a qué precio- todos los activos dudosos, ya que tan sólo ha salido a la luz la mitad si nos atenemos a los cálculos del FMI. Luego es posible pensar en una nueva ola, incluso en dos, de quiebras y fiascos en las economías del mundo occidental. Por esta razón, no extraña que varios miembros de los 27 de la eurozona se muestren preocupados y quieran volver sobre el asunto del supervisor único cuanto antes, en la próxima reunión tras el paréntesis veraniego.

El refuerzo de la supervisión no es un tema que se discuta únicamente en la UE como foro internacional, sino que la cuestión trasciende el ámbito continental para ser compartido y discutido en otro foro de mayor audiencia, como es la cumbre de jefes de Estado y de Gobierno del G-20. Como se acordó, según el compromiso expreso de los allí presentes –incluida España- se reforzaría la supervisión de los mercados y las entidades financieras así como la colaboración entre las autoridades nacionales. Hoy aquellas intenciones y acuerdos son papel olvidado y no hay avances en la integración de supervisores y reguladores. Todo sigue igual.

Pero desde el mes de abril, en que se trató por última vez el asunto del supervisor único, en España ha habido un cambio en el titular de Economía del Gobierno, algo que puede haber sido decisivo para que se cambie o mantenga la misma posición que defendió en su día el anterior titular de la cartera, Pedro Solbes. A éste le parecía “muy pragmático” el enfoque del informe De Larosière, si bien, el ministro español no estaba dispuesto a que el debate fuera tenido en cuenta como paso intermedio para la creación del supervisor único en cuestión. Solbes argumentaba, con razón, que mientras sean las autoridades nacionales las que deban cargar con los costes de las hipotéticas quiebras bancarias, las responsabilidades en materia de supervisión deberán permanecer en manos nacionales.

Los cambios en el ministerio de Economía tras el nombramiento de Elena Salgado al frente del departamento, parecen haber modificado en parte la postura cerrada y opuesta a la idea del supervisor único mantenida por Pedro Solbes. Una idea que comienza a ser razonable, sobre todo cuando se piensa que las entidades financieras con sede principal –como indica el criterio- en España, no se encuentran, lo que se dice, cerca la de quiebra, siendo muy difícil que nuestras autoridades públicas e independientes sean incapaces de detectar nuevos agujeros negros. El nuevo equipo económico no se muestra tan crítico hacia la supervisión única, siendo más receptivo a avanzar en la coordinación de las reglas de los supervisores nacionales y con la posibilidad de llegar a ceder o a una supervisión compartida.

Lo de la sede de las empresas tiene su importancia. Los países con grandes aseguradoras, Francia (Axa), Italia (Generali) o Alemania (Allianz) se muestran partidarias del supervisor único, pero los países con sedes de filiales no las tienen todas consigo pues el supervisor líder puede decidir en asuntos que pongan en riesgo la misma viabilidad de las empresas, y que después de todo acaban por ser los contribuyentes quienes paguen los platos rotos.

En esta particular cruzada del Gobierno español capitaneada por Pedro Solbes hacia el asunto del supervisor único, nos encontramos con un caso –también particular- insólito y único; la defensa en solitario de la fórmula de De Larosiére que lidera Francisco González, presidente del BBVA, en lo que es interpretado como un gesto más en busca de la notoriedad pública y de sumar puntos a una imagen –que no tiene- de banquero,  que de la práctica del sentido común, pues no se conocen pronunciamientos de los líderes bancarios privados de Europa en apoyo de la figura del supervisor único.

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