edición: 2808 , Viernes, 20 septiembre 2019
23/10/2009
OBSERVATORIO DE ECONOMIA

TICs, competitividad e integración económica internacional

CIRCULO DE EMPRESARIOS
Desde mediados de la década de los noventa, las economías desarrolladas se han caracterizado por la progresiva implantación de las TICs en las empresas de muchos sectores y actividades económicas. Al respecto, no hay que olvidar que quienes trasladan las economías a mayores niveles de productividad, prosperidad y riqueza son precisamente las empresas. Esto es, “la competitividad de una economía es la competitividad de sus empresas, entendida como su capacidad de crecer, de crear empleo, de innovar, de adaptarse, de sofisticarse y de mejorar” (Círculo de Empresarios, 2005, p.6).

Los estudios realizados entre compañías de distintos sectores apuntan a que el uso de las TICs mejora los resultados empresariales, pero sólo si va acompañado de otro tipo de acciones, porque estas tecnologías no son la panacea (OCDE, 2003); por sí solas no compensan deficiencias como una mala gestión, un insuficiente capital humano o una cultura empresarial poco orientada a la innovación. Es decir, las TICs hacen que una empresa sea más competitiva si su incorporación a los distintos procesos –diseño, organización, fabricación, distribución, etc.- responde a una estrategia integral, que tenga en cuenta las complementariedades entre estas tecnologías y el resto de factores productivos.

Así, una de las razones de las sustanciales diferencias en los aumentos de productividad generados por la inversión en TICs puede atribuirse a la transformación del marco organizativo de la empresa. Estos cambios no se limitan a repensar las tradicionales estructuras jerárquicas, sino que van más allá, poniendo en cuestión el mismo origen de la organización, que no es otro que la división y organización del trabajo. Elementos como la cualificación y las habilidades del factor trabajo –el capital humano- y los activos intangibles – el capital social, por ejemplo- son componentes muy relevantes del cambio organizativo.

Esta realidad hace complicada la medición del impacto de las TICs sobre la productividad de las empresas. Por un lado, los bienes que las incorporan son bienes compuestos de hardware, software, conocimientos, integración de sistemas, soporte operativo e infraestructura. Por otro lado, como hemos señalado, su uso productivo requiere normalmente cambios en las fórmulas de organización y de trabajo, y depende decisivamente de elementos del entorno de la empresa -por ejemplo, las infraestructuras de transporte y comunicación o los valores socioculturales-. En tales circunstancias, se antoja difícil identificar el impacto de las TICs en la productividad empleando los marcos teóricos tradicionales, que atribuyen los incrementos de la productividad a inversiones determinadas. La inversión en bienes de las nuevas tecnologías resulta productiva cuando se complementa con otras inversiones, lo que frecuentemente demanda alguna reorganización de los activos existentes para nuevos usos.

Esto en ningún caso ha de interpretarse en el sentido de que las TICs sean irrelevantes para la productividad, el crecimiento y la prosperidad. La evidencia apunta claramente lo contrario, incluso a pesar de que el actual marco teórico y empírico aún no permita captar todos los efectos relevantes.

LA INTEGRACIÓN ECONÓMICA INTERNACIONAL

Los avances tecnológicos han supuesto un estímulo continuo a la integración económica, con lo que ello supone en el cambio del marco competitivo. Diversos avances han abaratado el transporte y, por ende, han reducido los costes de las transacciones internacionales, dando un nuevo y creciente dinamismo al comercio mundial. Mas son las TICs las que mayores vínculos han permitido crear entre economías, más allá de las distancias físicas, sociales y culturales. Unos vínculos de los que se derivan numerosas oportunidades competitivas y de creación de valor.

Un buen ejemplo es la globalización financiera, en gran parte el resultado natural del pronunciado descenso en los costes de procesamiento, transmisión y diseminación de la información, propiciado por las TICs. Unas tecnologías que sirven además de perfecto soporte técnico para el desarrollo de nuevos y sofisticados instrumentos financieros. Todo ello, junto con la progresiva eliminación de los obstáculos legales a los movimientos internacionales de capitales y la expansión del comercio internacional, ha llevado la integración financiera a cotas inimaginables hace medio siglo. Sólo entre 1990 y 2003, los activos y pasivos financieros frente al exterior, expresados como porcentaje del PIB, se triplicaron para los países industrializados, alcanzando cada uno de ellos un valor por encima del 200% (FMI, 2005).

En el creciente volumen de flujos financieros entre países han adquirido una gran relevancia cuantitativa y cualitativa los correspondientes a la inversión extranjera directa (IED). Entre todos los aspectos novedosos en la IED sobresale la forma en que esta inversión se conecta con las nuevas fórmulas que las TICs ofrecen para la organización y la gestión de las empresas. Atrás ha quedado la visión tradicional de la empresa, a la que se concebía como un conjunto de actividades coordinadas y concentradas en un único punto geográfico. La empresa moderna ha perdido esa referencia exclusiva a una única localización geográfica, para incluir en su estrategia competitiva la posibilidad de establecer en diferentes partes del mundo las distintas fases o actividades que conforman su cadena de valor, aprovechando ventajas competitivas y de escala de producción.

Las multinacionales se han transformado en empresas transnacionales, cuyas cadenas de valor aparecen fragmentadas, con cada eslabón situado en el lugar del mundo más conveniente para la actividad de que se trate. La mejor prueba de ese fenómeno se encuentra en la creciente importancia del comercio internacional intra-empresa. Esta expansión de la empresa transnacional, que indudablemente se ha visto favorecida por la liberalización económica, hubiese sido imposible sin las TICs, auténticos nexos entre los eslabones de la cadena de valor.

La fragmentación de la cadena de valor se ha producido en dos niveles distintos. Por un lado, la dimensión puramente geográfica ya mencionada, y en la que prevalecen procesos de internacionalización. Por otro, la propiedad sobre los factores de producción –y el control sobre las diferentes fases productivas-. La búsqueda de la rentabilidad derivada del aprovechamiento de las ventajas comparativas hace que las empresas externalicen fases de su proceso productivo. El recurso a un proveedor externo de servicios ofrece ventajas, como la conversión de algunos costes fijos en variables o el incremento de la productividad a través de una mayor especialización. La revolución tecnológica, al elevar la eficiencia de una producción especializada de servicios y reducir los costes de transacción entre empresa proveedora y empresa cliente, ha permitido extender la externalización como práctica habitual. No sólo eso, también ha hecho posible que externalización e internacionalización formen un binomio cada vez más frecuente.

Fruto de ese binomio, al menos en parte, es la transnacionalización (offshoring) de la producción de servicios. Las empresas importan servicios que antes o bien producían ellas mismas, o bien eran adquiridos a empresas con una proximidad física. Este proceso afecta, lógicamente, a aquellos servicios que pueden gestionarse y proveerse a distancia mediante el uso de las TICs, que han roto el estrecho margen físico y temporal que antes ataba a producción y consumo de muchos servicios.

En efecto, los rápidos avances en las TICs han hecho que muchos servicios pasaran a ser comerciables o vieran incrementado el grado en que ya eran objeto de intercambio internacional. Esto se ha reflejado en el incremento de la importancia relativa de los servicios en el comercio internacional, pues hoy representan aproximadamente un 25% del total del comercio mundial. Cabe esperar, además, que la difusión de estas tecnologías vaya acompañada de innovaciones que incrementen aún más esa participación en los intercambios internacionales -pensemos que los servicios representan hoy alrededor de las dos terceras partes de la producción y de la IED en los países más desarrollados (Welsum y Reif, 2006).

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