edición: 2598 , Lunes, 19 noviembre 2018
15/10/2010

Timadores, trading electrónico y riesgo sistémico

Carlos Schwartz
Dos operadores noruegos del mercado bursátil fueron condenados esta semana por manipular los precios de una plataforma de trading online de un broker estadounidense. El sistema pertenece a Interactive Brokers. Svend Egil Larsen y Peder Veiby recibieron condenas en suspenso de 120 días en prisión y multas equivalentes a las ganancias obtenidas. Ambos operadores diseñaron un sistema por el cual lograban influir sobre el precio de títulos noruegos con escaso volumen de transacciones, es decir lograron engañar al sistema informatizado. La línea de la defensa de los operadores ha sido que quien manejó arbitrariamente los precios fue el sistema informático, aunque este haya sido inducido por los operadores. Es decir el verdadero responsable de manipulación del mercado sería el software susceptible de ser engañado.

Los sistemas de trading online informatizados han proliferado a nivel mundial y se han extendido recientemente en Europa bajo el amparo de la vigente normativa Mifid. Los sistemas compiten con los mercados oficiales organizados y con los denominados “dark pools” de los mismos. Es decir con los sistemas anónimos de transacciones de acciones en bloque.

El fallo del sistema bursátil de Estados Unidos en mayo pasado debido a un único algoritmo que provocó una caída estrepitosa y en principio inexplicable de la cotización de los valores en Wall Street ha llevado a que los soportes informáticos de las operaciones de bolsa sean objeto creciente de atención. La norma Mifid se ha extendido sobre todo al amparo de las directivas de la competencia de la UE que pretenden abaratar los costes de las operaciones bursátiles.

Sin embargo, la realidad es que la legalización de los sistemas informáticos de trading mediante plataformas privadas o propietarias, que compiten con los mercados oficiales organizados han sido en principio una conquista de los bancos de negocios propietarios de esos sistemas y no de los inversores. Puede que beneficien a las grandes entidades que negocian bloques de títulos y sean por ende de la conveniencia de los mayoristas de los mercados. Bastante lejos queda esta operativa del interés de los inversores individuales pequeños y medianos. Se puede arriesgar la hipótesis de que han sido los grandes bancos de negocios y operadores de los mercados quienes en buena medida han impulsado esa norma. Como fueron esas entidades las que forzaron la mano de los reguladores antes de la crisis financiera para pernitir a los grandes bancos medir los riesgos con sus propios parámetros con los modelos denominados Value at Risk (VAR).

La condena de los dos traders noruegos sigue en el plazo de una semana a la condena de Jerome Kerviel, el trader de Societe Generale que escapó a los controles de su banco para hacer operaciones no declaradas que supusieron para la entidad que lo empleaba pérdidas de 4.900 millones de euros según SocGen. Desde luego que la condena a Kerviel según la cual deberá devolver al banco las pérdidas ocasionadas es más que una condena dar a SocGen un cierto alivio moral. El caso es que el trader no ha canalizado el resultado de las operaciones hacia una cuenta secreta, es decir no se ha quedado con un solo céntimo de las operaciones que ocultó, porque estas acabaron en pérdidas.

No es el primer caso en el que el juego de las muy sofisticadas combinaciones de operaciones financieras que incluyen derivados, opciones, futuros y cambio cruzados de divisas son en realidad el mascarón de proa de pérdidas colosales. Y no siempre se ocultan. Aunque como Kerviel ha habido al menos otros dos casos en el pasado reciente. Hay por lo tanto una lectura que hacer del episodio aunque esa lectura sea secundaria al episodio en sí mismo. Los traders suelen estar sujetos a una fuerte presión por parte de las entidades que los emplean para maximizar beneficios, y esto en determinadas condiciones puede llevar a asumir riesgos excesivos que acaban deslizándose por el plano inclinado de las pérdidas.

Pero entre la imperfección de los sistemas informáticos y los traders avispados o los operadores presionados, se ha impuesto la realidad de las operaciones de alta frecuencia o flash trading, que se basa en programas informáticos que hacen operaciones a un ritmo que sólo puede ser logrado con una máquina que permite un margen de beneficio casi ínfimo sobre precios que sólo se convierten en objetivables por el gran volumen. Las operaciones de alta frecuencia se basan en algoritmos que pueden tener fallos, como lo ha demostrado el incidente del 6 de mayo que ocasionó una caída de 1.000 puntos en el índice Dow Jones que tardó 20 minutos en recuperarse. En la medida que esta modalidad de operación se generalice y abarque cada vez más mercados las posibilidades de un efecto sistémico de un fallo en cualquier lugar del mundo sobre el conjunto de los mercados forma parte de un horizonte previsible.

En España, la bolsa intenta ponerse al día para hacer frente a la competencia creciente de las plataformas electrónicas. Pero la verdad es que hay un largo listado de picaresca propia en la cual hasta ahora la comisión Nacional del Mercado de Valores (CNMV) no ha querido intervenir de forma decidida. Uno de los procedimientos operativos que más irritación ocasiona entre las empresas cotizadas son las operaciones en el mercado denominado intradía de posiciones cortas que se deberían efectuar con la posesión de los títulos que se colocan a la venta o en su defecto teniendo esos títulos en préstamo.

Más allá del hecho de que muchos de los accionistas que dejan sus títulos en depósito en cuentas de valores no saben que sus acciones son prestadas para especular en contra del precio de las mismas por los mismos depositarios, algunos operadores del mercado se colocan cortos sin tener los títulos que luego compran en el mercado más baratos para liquidar las posiciones. El juego de derribar el precio de las acciones de sociedades con poco volumen para comprarlas más baratas que el precio de venta fijado en el mismo día constituye en general un negocio de céntimos que se justifica por volumen. Lo cierto es que ni la Fiscalía del Estado, ni la propia CNMV se han tomado este tema en serio para actuar de oficio. Es que lo primero que saltaría es que el sistema de compensación bursátil permite identificar a quien vende y a quien compra. Pero luego habría que llamar a declarar a los vendedores para que digan qué títulos tenían en préstamo, y a posteriori a los supuestos prestamistas de los títulos para saber si efectivamente los habían prestado o no...

Este no es un juego de suma cero. Los pequeños accionistas que son testigos mudos de esta forma de especulación son los grandes perdedores, puesto que el precio de sus títulos resulta vapuleado en forma extrema en un solo día. Es decir, no se trata de una forma de operar inocua. Los damnificados no son sólo las empresas, sino más bien los accionistas.

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