edición: 2830 , Martes, 22 octubre 2019
21/01/2010

Tropiezo en la piedra de Massachusetts

Pedro González
El presidente Barack Husein Obama recibía, en el aniversario de su toma de posesión en el Capitolio de Washington, la peor noticia: la pérdida del escaño número 60 en el Senado, y con él, la mayoría necesaria para la aprobación de sus grandes iniciativas legislativas, incluida la reforma sanitaria, principal buque insignia de su mandato. Un semidesconocido republicano, Scott Brown, ha sido capaz de convertir una elección parcial en todo un referéndum nacional.

Se trataba de sustituir a Edward (Ted) Kennedy, que había convertido en vitalicio su puesto de senador por Massachusetts. Precedido por su hermano John, que lo ocupó desde 1952 hasta su traslado a la Casa Blanca en 1960, ningún candidato del Partido Republicano había sido capaz siquiera de introducir la más mínima incertidumbre en todas las elecciones. El Partido Demócrata pensaba que esta vez pasaría lo mismo, ya que los sondeos de hace unas semanas otorgaban a su candidata, Martha Coakley, fiscal general de este Estado norteamericano, una ventaja de casi diez puntos, menos por supuesto que los 26 puntos que obtuviera el propio Obama en ese mismo Estado, pero en todo caso una distancia a priori muy confortable.

Pues ha ocurrido todo lo contrario, y esta derrota de Coakley hay que apuntársela también al propio presidente Obama, ya que se involucró personalmente en la campaña, incluyendo su participación en el apoteósico cierre de la misma en Boston. Con sus proverbiales recursos retóricos, Obama se mofó de la vieja y desvencijada camioneta con la que el republicano Scott Brown ha hecho toda su campaña electoral. Brown le devuelve ahora la ironía a Obama, al anunciar que irá a Washington a tomar posesión de su escaño montado precisamente en su particular armatoste.
 
El tropiezo electoral de Massachusetts puede marcar tendencia, y así lo interpretan no sólo en el Partido Republicano sino en las mismas filas del Partido Demócrata. “Los electores quieren sangre”, proclamaba Patrick Kennedy, hijo del fallecido senador, al conocer los resultados y escuchar de eufóricos manifestantes su intención de desbancar también a John Kerry, el otro senador por este Estado y antiguo candidato a la Presidencia por el Partido Demócrata, derrotado por George W. Bush.

Que se trata de algo más que de una impresión parece avalarlo, además, el anuncio en cascada de varios pesos pesados del Partido Demócrata de no representarse a las próximas elecciones parciales a la Cámara de Representantes, previstas para noviembre de este año. Se unen así a la desbandada de los independientes que solían apoyar al Partido Demócrata, en el fondo de cuya decisión se halla su desacuerdo con las medidas adoptadas para paliar la crisis económica y la impotencia para rebajar una tasa de paro del 10%, considerada explosiva para un pueblo como el norteamericano, acostumbrado a índices menores al 5%.
 
En cuanto a Scott Brown, además de convertirse en el eslabón que faltaba para que los republicanos tengan margen suficiente para bloquear cualquier iniciativa, es un político con pocos matices. Antiguo modelo de Cosmopolitan para pagarse sus estudios, se ha declarado férreo opositor a la reforma sanitaria de Obama; también a la concesión de la ciudadanía a inmigrantes ilegales; no acepta el programa federal de reducción de emisiones a la atmósfera y, en fin, avala toda medida coercitiva que se juzgue conveniente para la protección de la seguridad nacional, a la vez que preconiza el mérito y el esfuerzo como única vía para el ascenso social. Es, pues, un genuino representante de la derecha democrática pura y dura de Estados Unidos.
 
Como primera consecuencia de que Brown siente sus posaderas en el Senado habrá que registrar una modificación cuando menos de la táctica política de Barack Obama si persiste en sacar adelante sus grandes proyectos legislativos. En una semana podremos comprobarlo con ocasión de su discurso sobre el estado de la Unión. La demostrada capacidad dialéctica del presidente norteamericano tendrá que esmerarse aún más si quiere frenar la tendencia esbozada por sus conciudadanos en Massachusetts.

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