edición: 2861 , Jueves, 5 diciembre 2019
03/12/2019

Trump anuncia que retomará las tarifas contra importaciones de acero y aluminio de Brasil y Argentina

La decisión comunicada por Twitter se adoptaría por “masivas devaluaciones” en ambos países
Carlos Schwartz
Mientras la cumbre del Clima Cop 25 se celebraba en Madrid, la cuenta de Twitter del presidente Donald Trump escupía fuego sobre tropas amigas. En particular esto vale para el presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, con quien Trump tiene “linea directa”, de acuerdo con el hombre de Brasilia. Quizá menos para Aníbal Fernández, que ocupará la presidencia de Argentina el próximo día10, y no tiene afinidad excesiva con el inquilino de la Casa Blanca. El motivo aducido han sido las “devaluaciones masivas” en ambos países, como si estas hubiesen sido un plan urdido para mejorar la posición competitiva de las dos naciones, y no una consecuencia directa de la fuga de capitales efectuada por los inversores extranjeros ante la crisis económica de ambos países. En los argumentos de Trump, esta sería una estrategia premeditada para socavar la posición competitiva de los productores agrarios estadounidenses frente a China.
Las represalias comerciales de Washington contra Pekín en materia de importaciones industriales fueron enfrentadas por China mediante un incremento de los recargos a las importaciones agrarias procedentes de Estados Unidos. China era una de los mayores importadores de la soja producida en Estados Unidos. La guerra comercial declarada por Trump contra China ha tenido un efecto devastador para los productores agrarios del país que, víctimas de una fuerte caída de sus ventas, se han visto incapaces de pagar sus créditos y están nuevamente ante un proceso de pérdida de tierras de cultivos a manos de los bancos.

Nadie parece en condiciones de hacer caer al presidente Trump en la evidencia de que son sus propias decisiones el origen de los males de los agricultores de su país. Washington ya había aplicado sanciones comerciales a través de derechos de importación del 25% sobre el acero de Brasil y Argentina y del 10% sobre el aluminio. Sin embargo retiró la sanción a ambas naciones de forma transitoria, en un gesto hacia dos países aliados, para volver a anunciar esta semana que repondría las medidas.

El anuncio ha coincidido con los datos de una encuesta que mide la actividad industrial del país, y que fue en noviembre del 48,1 comparado con el 48,3 en octubre a causa de la debilidad de las exportaciones y de las nuevas órdenes de compra. Trump anunció en su campaña electoral un compromiso profundo con la reanimación del “cinturón del óxido” de Estados Unidos. Es decir los distritos industriales abandonados y en deterioro. Como es evidente, esa política debe enfrentar los menores costes de los competidores internacionales, y sólo la protección del mercado interior o un aumento sin precedentes de la productividad podría volver a insuflar vida al viejo cinturón industrial poco competitivo. La otra fórmula sería un mayor ajuste de los ingresos salariales de los trabajadores, algo que no está dentro de las posibilidades reales en la medida de que tras el ajuste pos crisis no hay ya espacio para más castigo. Su admirador en Brasil, Bolsonaro, viene de fracasar en la venta de bloques petroleros en aguas profundas con los que pensaba paliar el creciente déficit fiscal del país. 

Pero si Washington aplica aranceles compensatorios a las exportaciones de Brasil en acero y aluminio va a deteriorar aun más la balanza comercial de este país, poniendo en mayores apremios a su supuesto aliado, Jair Bolsonaro. Un problema similar se presenta al Gobierno entrante de Argentina. El malestar de Trump está directamente vinculado con el hecho que tras desatar la guerra comercial con China las exportaciones agrarias de Brasil a China se dispararon a niveles sin precedentes. El hecho que esta política de Trump sufra sistemáticos vaivenes demuestra que es una palanca de negociación, más que una expresión acabada de proteccionismo, aunque su tendencia final sea esto último. Los datos de la actividad industrial provocaron la reacción presidencial para contrarrestar la mala nueva, pero eso no evitó que cayera el dólar y la bolsa, con los índices en mínimos.

El tipo de cambio de las monedas de las economías emergentes frente al dólar y al euro han sufrido un deterioro significativo en los últimos dos años. Las salidas de capitales ante la inestabilidad financiera han socavado el valor de esas monedas con un efecto perverso sobre el poder adquisitivo de la población, porque las devaluaciones han conducido a procesos inflacionistas de fuerte impacto en algunos países como Argentina. El real de Brasil cayó un 10% en lo que va de año, tras una serie de recortes en los tipos de interés en un intento por reanimar la economía. La inflación deteriora el poder adquisitivo de la población y promueve las crisis políticas que se han extendido como un reguero de pólvora por América Latina. El ministro de Finanzas de Brasil, el liberal Paulo Guedes, la semana pasada manifestó su escasa preocupación por la caída del valor del real. “No me preocupa la alta cotización del dólar. 

Por el contrario me parece que es comprensible”, afirmó el ministro en lo que se tomó como una aprobación a la caída del real, que en definitiva favorece sus exportaciones, y en particular al sector exportador agrario. Entre enero y octubre Brasil exportó a Estados Unidos 2,2 millones de toneladas de acero, más del 9% de sus exportaciones totales a este país. Pero los términos de esta negociación tácita empujada por la agresividad de Trump supondría para Brasil reducir sus exportaciones a China, algo que el país no está en condiciones de hacer. Por lo tanto todo parece indicar que la luna de miel entre Bolsonaro y Trump está pasando por un momento muy complejo. Por añadidura si Brasil decidiera acceder a las presiones de Trump, se enfrentaría a Pekín, algo muy poco probable porque supone, por ejemplo, reducir las exportaciones de mineral de hierro de la minera Vale. Sería realmente descalabrar la economía del país.

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