edición: 2861 , Jueves, 5 diciembre 2019
03/11/2009

Turquía, cada vez más lejos de la Unión Europea

Crece la mutua desconfianza entre Bruselas y un país clave para la estabilidad de Oriente Medio

Pedro González
Recep Tayyip Erdogan era el principal socio del presidente José Luis Rodríguez Zapatero en su proyecto de la Alianza de Civilizaciones. El primer ministro turco contaba a su vez con su homólogo español para desbrozar el largo y tortuoso camino de su país hacia la integración en la Unión Europea. Sin embargo, desde que Nicolás Sarkozy y Angela Merkel se auparan al poder en Francia y Alemania era un secreto a voces que ese proceso de adhesión iba a fracasar. Ahora lo empiezan a corroborar los integrantes de la Comisión Independiente sobre Turquía, que han realizado el último informe sobre la evolución de las negociaciones de adhesión y la evolución del país candidato desde 2005.

Turquía no es un candidato cualquiera. Su carácter musulmán supondría un cambio decisivo en la morfología de la UE, porque aunque se le niegue su carácter confesional, lo cierto es que incluso los ateos y los muchos agnósticos europeos no pueden renegar de su cultura cristiana, la que durante quince siglos ha modelado tanto las tradiciones como el pensamiento de los ciudadanos del continente, y por supuesto la consecución de sus libertades actuales.

Por otra parte, las reiteradas promesas de Erdogan como del ahora presidente Abdulá Gül de separar su religión islámica de las decisiones políticas no se corresponde con la realidad, ya que los valores religiosos ganan cada vez más terreno a las libertades públicas. Para los más comprensivos, ello sería la consecuencia de los crecientes obstáculos y dilaciones impuestos por los negociadores comunitarios. Para los convencidos del antagonismo entre civilizaciones, el tándem Erdogan-Güll no ha hecho sino confirmar la convicción de la imposibilidad del islamismo de evolucionar hasta converger con el resto de Europa en una nítida separación entre la religión y la política.
 
Este frenazo, probablemente definitivo, a la integración turca en la UE sitúa a ésta ante sus propias limitaciones geográficas. La pretendida ambición de considerar a la Unión como un ser vivo en continua expansión puede haberse topado con sus fronteras exteriores de siempre, además de reconocer que la integración de un nuevo miembro ha de suponer por fuerza la de todos sus ciudadanos. La oposición de Sarkozy, y sobre todo de Merkel, a la entrada de Turquía como miembro de pleno derecho, no se basa en conjeturas. Cuatro millones de turcos en Alemania muestran a diario su rechazo más o menos parcial a abrazar la totalidad de los valores euro-germanos. En cuanto a Francia, proclive a la integración de Turquía con Jacques Chirac en la Presidencia, y ahora opositor frontal, su experiencia con los casi cinco millones de musulmanes en su territorio no es mucho más optimista.
 
Resulta paradójico que, a tenor del examen del citado informe, la presunta europeidad de Turquía vaya en retroceso. Que ello esté motivado por los desaires de Bruselas no desmiente el hecho de que decrece aceleradamente el número de turcos que sigue mostrándose partidario de la adhesión a la UE (47%), cuando en 2004 eran las tres cuartas partes del país (73%).

Del lado europeo, además de constatar un frenazo en el proceso de reformas tras una primera etapa en la que se aprobaron hasta diez importantes modificaciones constitucionales, la desconfianza se ha incrementado al conocer el reforzamiento del apoyo político a la nuclearización de Irán y al cancelar unas habituales maniobras militares con Israel, país con el que Ankara había mantenido hasta ahora una cooperación decisiva para el delicado equilibrio de la zona.

El enfriamiento entre la UE y Turquía no es una buena noticia para nadie. Su peso político se acentuará tanto por su papel en el conjunto de Oriente Medio y su carácter estratégico en el transporte de gas y petróleo hacia el Mediterráneo, como por sus aportaciones políticas y logísticas en el actual conflicto Af-Pak (Afganistán-Pakistán), el principal quebradero de cabeza que ahora mismo tiene ante sí la civilización occidental.

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