edición: 2942 , Martes, 7 abril 2020
14/06/2011

Turquía demuestra que islam y democracia no son incompatibles

Pedro González
Podría resultar paradójico que la pérdida de 15 escaños (de 341 logrados en 2007 a los 326 de ahora) se traduzca no en un retroceso del Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP) del primer ministro turco, Recep Tayyip Erdogan, sino en el mejor resultado posible para la consolidación democrática de Turquía. Sigue siendo mayoría absoluta, la tercera seguida que consigue Erdogan, pero lo suficientemente matizada como para tener que negociar la nueva Constitución con la oposición y no imponerla por decreto si tal victoria hubiera sido aplastante.

Es sin duda el mejor mapa político surgido de unas urnas a las que acudió un país que ha logrado alinearse en los últimos años con las potencias de mayor crecimiento. Turquía ya se ha situado en la 17ª posición, a cinco puestos tan solo de España, que ha retrocedido hasta el 12º lugar en esta segunda legislatura de Zapatero, el líder europeo que apostó desde el primer momento porque se le diera a Ankara la oportunidad de adherirse a la Unión Europea como miembro de pleno derecho.

El laborioso y accidentado proceso de negociación entre Turquía y la UE ha servido no obstante para que Erdogan acometiera gran parte de las reformas exigidas por Bruselas para su homologación con el acervo comunitario. La más estridente de las que aún quedan  por hacer es la que afecta a la libertad de expresión, el talón de Aquiles de un líder tan convencido de su destino como conductor de su pueblo hacia cotas que le devuelvan su papel de gran potencia, como intolerante con la crítica a su gestión. Más de 60 periodistas encarcelados por presuntos delitos de opinión constituyen a este respecto el principal borrón en el triunfante desempeño del poder por Erdogan.

Este tercer mandato será en principio el último posible para el actual primer ministro, ya que los propios estatutos de su partido le impiden aspirar a una nueva legislatura. Sin embargo, su objetivo final es el de trocar la actual poderosa jefatura del gobierno por la jefatura del Estado que, en una nueva Constitución, le concediera poderes semejantes a los que ostentan los presidentes de Francia o de Estados Unidos.

Tendrá que negociarlo con Kemal Kiliçdaroglu, el líder del Partido Republicano del Pueblo (CHP). Carismático hasta el punto de ser conocido como el “Ghandi de Turquía”, Kiliçdaroglu ha logrado superar por primera vez los 10 millones de votos, con un 26% de los escaños. El partido que fundara Kemal Atatürk, el padre de la Turquía moderna, dispondrá de margen de maniobra para cepillar los hipotéticos excesos constitucionales de Erdogan.
 
Asimismo se sentará a la mesa de negociaciones el Partido del Movimiento Nacionalista (MHP), al haber obtenido un 13% de los sufragios. Había sido la formación objeto de la campaña más insidiosa, al haberse divulgado profusamente escandalosos videos sexuales de sus dirigentes, operación atribuida a los servicios de inteligencia dominados por el AKP.

Y, en fin, también estarán presentes los kurdos, que han sorteado el obstáculo del 10% mínimo exigido a los partidos mediante la presentación de candidaturas independientes, lo que les ha reportado 35 escaños, o sea 15 más que los obtenidos en 2007.

Hay, pues, coincidencia general en que el pueblo turco ha dibujado sabiamente el Parlamento que precisa un país que madura su democracia a marchas forzadas: respalda ampliamente al líder que ha impulsado su evidente prosperidad; le cauciona para que siga el camino de las reformas, incluida la consolidación de unas fuerzas armadas subordinadas definitivamente al poder civil, pero le impone asimismo algunos límites y le exige soluciones a los problemas aún sin resolver. La verdadera libertad de expresión, antes aludida, la resolución del denominado problema kurdo, enquistado en el finalizado segundo mandato de Erdogan, y también el desarrollo de las grandes infraestructuras prometidas en el centro y norte del país, son temas prioritarios. Al mismo tiempo, habrá de modificar su política exterior, marcada por el cambio de statu quo en Oriente Próximo y por el fenómeno de las revoluciones árabes.
 
En todo caso, el modelo turco se está imponiendo como un ejemplo para esas jóvenes democracias del norte de África. El gran mérito de Erdogan radica en demostrar empíricamente que Islam y democracia no son términos y conceptos antitéticos. Le ha costado mucho hacer aceptar por los europeos que su experimento no era nuevo, en la medida que copiaba el de la exitosa democracia cristiana europea de la posguerra. Y no ha sido menor el esfuerzo que ha debido dedicar a convencer a su propio país tanto de que no atenta contra los principios laicistas fundamentales del kemalismo como que no permitirá una deriva del AKP hacia el radicalismo islámico confesional. Turquía vuelve, pues, a sentirse cabeza de un mundo que dominó durante siglos y al que impregnó de su civilización, basada en el pacto y la tolerancia a cambio de reconocerle su poder. Debidamente puestas al día, esas características van a ir perfilando y afianzando sin duda su liderazgo en una parte muy importante del mundo musulmán.

Noticias Relacionadas

Director
Juan José González ( director@icnr.es )

Esta web no utiliza cookies y no incorpora información personal en sus ficheros

Redacción (redaccion@icnr.es)

Intelligence and Capital News Report ®
es una publicación de Capital News Ediciones S.L.
Editor: Alfonso Pajuelo
c/ Real, 3. 40400 El Espinar (Segovia)
Teléfono: 92 118 33 20
© 2020 Todos los derechos reservados.
Prohibida la reproducción sin permiso expreso de la empresa editora.

Optimizado para Chrome, Firefox e IE9+

loading
Cargando...