edición: 2784 , Lunes, 19 agosto 2019
19/05/2011

Última oportunidad para Bélgica

Pedro González
Son ya 341 los días que Bélgica está sin Gobierno, record mundial absoluto después de haber sobrepasado ampliamente los 207 días que Holanda estuvo en la misma situación en 1977 y los 289 días sin que Irak pudiera dotarse de un consejo de ministros en 2009. El próximo 13 de junio se cumplirá un año exactamente de las últimas elecciones generales, ganadas de largo por los soberanistas flamencos del N-VA, cuyo líder, el profesor de Historia Bart De Wever, prometió solemnemente encaminar al país hacia la partición.

El rey Alberto II no quiere que el país celebre unas nuevas elecciones generales anticipadas. Todos los estudios y sondeos le informan de que Bélgica está fracturada, y que los resultados de otra consulta arrojaría un resultado similar. La cultura de la escisión está ya inmersa en el adn de la clase política, absolutamente inmune a las crecientes protestas de una población que no se resigna al sino de la secesión.

Elio Di Rupo, socialista francófono, ha sido encargado por el rey de los belgas de formar gobierno. Aunque parezca extraño, es la primera vez en todo este largo lapso de tiempo que el monarca le encomienda esta tarea. Sus predecesores en pasar por el palacio de Laeken tenían otro tipo de misión: “facilitar”, mediar”, “sondear”, “coordinar”, misiones en las que el propio Di Lupo tampoco tuvo el éxito apetecido el pasado verano. Ahora sí, es quizá el último intento de que Bélgica no se despeñe definitivamente por la senda de la separación, y a ello se aplica desde ayer el líder de los socialistas francófonos. Si finalmente lograra conformar un gabinete ministerial, sería la primera vez que un belga francófono estuviera al frente del Gobierno federal, ya que en las últimas décadas ha sido un puesto reservado a los flamencos, en aras a su mayoría de población.

Consciente de las draconianas condiciones impuestas por los soberanistas flamencos, Di Lupo acomete la formación de gobierno con un programa en el que prima la reforma institucional del Estado, en la que habría un grado más en la autonomía de las regiones. Una reforma para la que se necesitan los dos tercios de los votos del Parlamento federal, y que solo pasará si Bart De Wever muestra su conformidad. Pero, frente a los belgas, parece mucho más importante la reducción de 21.000 millones de euros en los próximos cuatro años. Es una obligación impuesta por Bruselas, en el sentido más comunitario de la expresión, a la vista del formidable déficit acumulado por el país en el último sexenio. Para adoptar las medidas necesarias para conseguirlo, bastaría en este caso la mayoría simple del Parlamento.

“Es la última oportunidad”, dramatizaba Di Lupo al reclamar de los partidos políticos la suficiente responsabilidad como para permitir reponer a Bélgica sobre los raíles de la normalidad. A cambio de esa sinceridad y transparencia, el futuro primer ministro promete el máximo equilibrio, es decir recoger todas las sensibilidades culturales y políticas para evitar la ruptura del país.

Sin dudar de las capacidades negociadoras del líder socialista valón, la mayoría de los medios belgas ha acogido su designación con una mezcla de escepticismo y desconfianza. Así lo señala el diario flamenco Het Niewsblad: “Es difícil no caer en el cinismo y pensar que tendremos un primer ministro después de haber asistido a este folletín de once meses”. Observación que subraya De Staandard, cuando recuerda que Di Lupo ya fue “preformador” de gobierno el pasado verano. No son más optimistas los valones, ya que La Libre Belgique califica de “campo de minas” la tarea a la que se enfrenta el líder de los socialistas valones.

Quien se encuentra absolutamente exultante es el primer ministro en funciones Yves Leterme, cuya interinidad se ha saldado con sobresaliente. No deja de ser algo notable el hecho de que Bélgica y sus instituciones no solo no hayan dejado de funcionar en todo este largo tiempo sino que también han cumplido, sin que se notara la ausencia de un gobierno “normal”, su periodo semestral de presidencia de la Unión Europea. Cierto es que, desde el Tratado de Lisboa, tales presidencias ya no son lo que eran y que al fin y al cabo es un ex primer ministro belga, Hermann Van Rompuy, quién ocupa con carácter permanente la presidencia institucional y de coordinación ejecutiva de la UE.

En cuanto a los belgas, a pesar de redoblar el número y la estridencia de sus protestas, parecen haberse resignado a carecer de un gobierno estable, situación que hace proliferar los chascarrillos que hacen referencia al buen funcionamiento del país sin la cansina monserga de los políticos. Pero, chistes aparte, los numerosos sondeos evidencian que la mayor parte de la población se inclina por una solución definitiva, sea cual sea, porque aparte de la mera gestión de los asuntos corrientes, no existen iniciativas reales de gobierno. Y es imposible seguir aplazando por más tiempo las duras medidas económicas precisas para reducir el gigantesco déficit acumulado en los pasados años de vino y rosas.

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