edición: 2495 , Lunes, 25 junio 2018
10/05/2010
RSC

Un accionariado responsable es garantía de superviencia y reputación para las compañías

Es necesario que las cúpulas directivas adquieran consciencia del potencial de la RSC en el impulso de la rentabilidad económica
Las iniciativas de 'Activismo Accionarial' tratan de remover desde dentro la conciencia corporativa
Beatriz Lorenzo

Se erigen en salvaguarda de la rentabilidad económica de las compañías, alimentándose de las cuentas de resultado cuyas cifras atisban y analizan sin descanso, escudándose en la búsqueda de beneficios como garantía de bienestar corporativo. Los accionistas se han consolidad como los herederos por antonomasia de las máximas de Milton Friedman orientadas a la búsqueda del puro beneficio monetario, sin ninguna concesión a las cuestiones sociales y medioambientales que durante décadas han estado relegadas a campañas filantrópicas aisladas, sin ningún nexo de unión con la actividad corporativa como tal.  Ciertamente la maximización del valor es- y ha de seguir siendo- la prioridad principal de los accionistas, pero la importancia de la Responsabilidad Social Corporativa, su total compatibilidad con la obtención de beneficios económicos y su gran potencial para generar reputación corporativa y acentuar la confianza de los grupos de interés han de tenerse también en cuenta en el nuevo escenario productivo que supedita la supervivencia de las compañías a un desarrollo sostenible a largo plazo, esgrimiendo como armas la transparencia y la Responsabilidad Social.

Durante los últimos tiempos se han multiplicado los ecos de las voces de los que presionan a las compañías en pro de la integración coherente de los principios responsables, como trampolines que son de la gestión empresarial del siglo XXI.  Los esfuerzos de algunas de las organizaciones más relevantes apuntan también en esta dirección, tal y como demuestra la publicación por parte de la Global Reporting Initiative de la Guía “Llegar a los Inversores. Comunicando Valores ASG”, que trata de instruir a los inversores, tanto individuales como institucionales, en la importancia de la gestión responsable y el alcance de la nueva guía G3 del organismo, en aras de cerrar la brecha existente entre la información ambiental, social y de gobierno corporativo en relación a los inversores.  La dimensión social de los accionistas ha sido tratado incluso por magnates de la banca como David Rockefeller que en su artículo “la maximización de los beneficios de la sociedad” aclara que:“Es esencial para los líderes empresariales reconocer que hoy, más que nunca antes, tienen una serie de responsabilidades con la sociedad que trascienden la maximización de las ganancias de los accionistas, es así como las utilidades son aún el instrumento más importante que tenemos para promover y ampliar el bienestar de nuestra sociedad”.

LOS FRUTOS DE LA RSC

A nivel asociativo, proliferan cada vez con más fuerza las iniciativas de Activismo Accionarial, lideradas por organizaciones no gubernamentales que se erigen en accionistas minoritarios de las compañías, cuestionando desde dentro las malas prácticas y las conductas irresponsables. Un claro ejemplo es el de Interpón Oxfam, que solicitó a Repsol que haga público, de forma voluntaria, el desglose de los pagos e ingresos que realiza en todos los países en los que opera.  Por otra parte, el  creciente alcance de los índices bursátiles “responsables”  tales como el Dow Jones o el FTSE cimientan cada vez más firmemente la importancia de la responsabilidad social, y los estudios comparativos entre índices bursátiles éticos y tradicionales demuestran que las mejores cotizaciones corresponden a aquellas compañías que se atienden a sus aspectos sociales y medioambientales.

La propia Comisión Europea se ha hecho eco de esta tendencia afirmando que “las iniciativas voluntarias de negocios, en forma de prácticas de Responsabilidad Social, pueden desempeñar un papel fundamental en el fomento del desarrollo sostenible al tiempo que se mejora el potencial europeo en materia de innovación y competitividad”. Además, el concepto ha sido desgranado por diversos expertos, entre los que destaca el autor Leif Edvinsson que utiliza una reveladora metáfora para firmar que “una corporación es como un árbol. Hay una parte que es visible (las frutas) y una parte que es oculta (las raíces). Si solamente te preocupas por las frutas, el árbol pude morir. Para que el árbol crezca y continúe dando frutos, será necesario que las raíces estén sanas y nutridas”. Partiendo de esta base no es descabellado afirmar que las pautas de Responsabilidad Social Corporativa integradas con firmeza en el sustrato empresarial, deben servir  como abono para esas raíces “responsables” que, aunque ocultas, son fundamentales para la supervivencia a largo plazo de las empresas.

En este sentido, Joaquín Longinos y Alicia Rubio de la Universidad de Murcia exponen en una investigación al respecto que la RSC “puede ser utilizada por la empresa como un recurso competitivo, ya que conlleva respuestas favorables de consumidores y trabajadores, así como del resto de grupos de interés (…) concluyendo en el presente que estas repercusiones tienen un también un carácter estratégico, al generar mayor competitividad para la empresa.”

CUENTAS “RESPONSABLES”

Existe por tanto- y a pesar del creciente resonar de las voces institucionales-una creencia errónea entre accionistas e inversores en el sentido de que los balances de las compañías son mejores cuantas más inversiones económicas se hagan, atendiendo apenas o en el mejor de los casos atendiendo “por separado” al desarrollo social y el respecto medioambiental inherente a la compañía. Es necesario que las cúpulas directivas adquieran consciencia del potencial de RSC en el impulso de la rentabilidad económica. En la mayoría de los casos, el planteamiento de proyectos de inversión social o medioambiental  es capaz de reconducir a la compañía en cuestión a la generación de ganancias que fructifican en paralelo a la dimensión más puramente responsable. Autores como Kirchnher proponen incluso que “la  gestión social debe incluir un proceso de diagnóstico-organización-decisión de alternativas-ejecución y controlanálisis de rentabilidad e inversión”, fusionando así del modo más estricto posible las dimensiones social y económica de la compañía.

Es entonces obvio que la adopción de la RSC supone para la empresa una considerable disminución de los costes vinculados a los riesgos inherentes a comportamientos sociales irresponsables, a la vez que crea reputación y aumenta el atractivo de la empresa a la hora de atraer y retener la mejor fuerza productiva para la compañía; todo ello sin contar con que las compañías con buenas prácticas pueden beneficiarse del acceso fondos de inversión institucional socialmente responsable.

Ante este panorama en constante ebullición, las pequeñas empresas continúan siendo la gran asignatura pendiente a la hora de implantar estrategias de Responsabilidad Social, pensadas y formuladas en demasiadas ocasiones dar cabida exclusivamente a los programas y campañas de las grandes multinacionales. A la hora de hablar de Buen Gobierno- uno de los valores intangibles más perseguidos-y menos encontrados- en el desolado panorama económico tras la crisis,-las pequeñas empresas se tambalean todavía en la cuerda floja de los complicados modelos de gestión corporativa.

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