edición: 2803 , Viernes, 13 septiembre 2019
05/07/2011

Un bicentenario para reafirmar el caudillismo de Chávez

Pedro González
Quería un aniversario apoteósico del Acta de Independencia de 1811. Una fecha para remarcar la presunta simbiosis entre Simón Bolívar y él mismo, entre la emancipación entonces del imperialismo español y la férrea resistencia de hoy a caer bajo la férula del norteamericano. El presidente venezolano, Hugo Chávez, quería convertirse en el nuevo “libertador”, en el impulsor y garante de la Comunidad de Estados de Latinoamérica y el Caribe. La instauración formal de esta nueva institución tendrá que esperar a que Chávez se recupere, aunque en su lugar los ministros de Asuntos Exteriores de los Estados aspirantes a integrarse contemplarán hoy un desfile que se presume grandioso, y de plena exaltación del líder recién regresado a Caracas. Además de lo mucho y bueno que España dejó en América, también legó una figura que tiene mucho qué ver con el menor desarrollo del sur y centro del continente: el caudillismo.

No hay prácticamente excepciones en toda América Latina, de forma que todos los territorios que fueron de la Corona española han sufrido en mayor o menor medida las consecuencias de sustituir la solidez institucional por el carisma y divinización de presuntos salvadores de la patria, demasiado a menudo devenidos en tiranos avariciosos, cuyos excesos han prolongado su impunidad más allá de sus periodos de despótica gobernación.
 
El presidente Hugo Chávez, que reviste su dictadura con las meras formalidades de pasar por las urnas de vez en cuando, pero que ignora por completo el resto de los usos de una verdadera democracia, es un nuevo y paradigmático ejemplo de caudillismo. Sus graves dolencias y sus tratamientos médicos son secreto de Estado; su prolongada y forzosa ausencia del país que gobierna no fue suplida institucionalmente siquiera por su vicepresidente, demostración palpable de que el caudillo nunca tiene un sucesor designado, que cumpla la letra de sus propias leyes fundamentales. Los caudillos casi siempre son derrocados, frecuentemente por otros que aspiran a serlo. De ahí el vacío de poder que dejan sus ausencias, como la que se ha vivido en Venezuela mientras el presidente aseguraba, por sí o por medio de sus voceros, que seguía teledirigiendo el país desde esa otra dictadura genuinamente caudillista que es la Cuba castrista.
 
Las milicias bolivarianas acentúan la exaltación de su líder desde su sorpresiva llegada en la madrugada previa a las celebraciones del bicentenario. Los baños de aclamación multitudinaria forman parte también de los rituales caudillistas. Chávez los revivió en diferido el pasado sábado desde La Habana, y anoche mismo se asomó al balcón del Palacio de Miraflores para recibir la “inquebrantable adhesión” de sus camisas rojas. Hoy será la apoteosis con ocasión del desfile militar que subrayará su vuelta a casa después de librar la primera, cruenta y purulenta (absceso pélvico) batalla contra el cáncer.
 
Los balances de estos 200 años de independencia, y en especial los de los últimos 12 de Chávez al frente de Venezuela, estarán llenos de retórica patriótica y revolucionaria, en la más pura línea cubano-castrista. Se obviarán las cifras reales, porque evidenciarían el destrozo causado por esta caricatura de bolivarianismo que es el chavismo. Fiel a la línea cubana de ir a contracorriente, Venezuela es el único país latinoamericano en presentar crecimiento económico negativo (4,9% en los dos últimos años), cuando el resto del continente exhibe un promedio positivo cercano al 6% anual. Según su propia y potente propaganda, Chávez concita la adhesión de las clases más desfavorecidas, pero destruye a marchas forzadas lo que queda de clase media, a base de una inflación desbocada (27% en 2010, y 25% en lo que va de 2011). La seguridad jurídica de las inversiones nacionales o extranjeras es para él papel mojado, o cuando menos un concepto más que discutible. Los empresarios españoles expropiados sin indemnización constituyen la mejor advertencia para quienes quisieran arriesgar su dinero en la otrora prometedora Venezuela.

Que todos estos méritos, a los que cabría añadir también los cada vez más frecuentes cortes de energía en muchas áreas del país, y la progresiva escasez de alimentos, los haya logrado Hugo Chávez cuando Venezuela ha recibido la mayor recompensa de su historia por su producción petrolífera –más de 700.000 millones de dólares en los 12 años de chavismo-, solo tendría una explicación en un régimen transparente: derroche, despilfarro, corrupción o, en el mejor de los casos, incompetencia e ineficiencia. Nada de ello podrá salir a la luz pública en los muy controlados medios de información de Venezuela, acogotados por leyes que les impiden publicar siquiera los asesinatos que han convertido a Caracas en la capital más insegura de América Latina. A cambio, los venezolanos tendrán una nueva sobredosis aguda de exaltación bolivariano-chavista. Un régimen bautizado con irónico acierto desde Miami por Walter Oppenheimer como narcisista-leninista.

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