edición: 2851 , Jueves, 21 noviembre 2019
23/02/2010

Una estrategia para el Danubio, columna vertebral de Europa

Pedro González
Aunque Europa esté acuciada por las urgencias derivadas de la primera gran crisis del euro, algunos actores de los que componen su elenco han comprendido que solo avanzarán si lo hacen unidos con proyectos circunscritos a ámbitos regionales de mayor o menor envergadura. Pioneros en tal estrategia son los países que componen la región del Báltico, que ya han definido un plan de acción para la interconexión del mercado energético báltico como una contribución esencial al aumento de la seguridad energética de la Unión. A ellos se unen esta misma semana un conglomerado de países, miembros ó no de la UE, pero unidos todos ellos por el común denominador de estar atravesados por el Danubio o, al menos, pertenecer a su cuenca. Encabezados por Hungría, que ocupará la presidencia rotatoria de la UE después de España y Bélgica, un total de catorce países (ocho comunitarios y seis que aspiran a serlo) se comprometen a revitalizar los 730.000 kilómetros cuadrados de una cuenca considerada como la espina dorsal de Europa.

Si el continente estuvo dividido en dos bloques antagónicos durante la Guerra Fría, las principales consecuencias de aquella incomunicación se vivieron precisamente en torno al gran río continental, que lo atraviesa de oeste a este hasta renovar con su aporte las aguas del Mar Negro. Fruto tanto de las intervenciones exteriores como de los conflictos internos son las profundas desigualdades económicas que se registran en tan extensa área, así como la diversidad, no siempre enriquecedora y positiva, de cultura, religión y biología. Todo ello compone un mosaico de viejos y nuevos estados, así como de minorías nacionales incrustadas en países distintos que, a pesar de la riqueza de su pasado histórico y cultural, son contempladas a menudo con desconfianza por sus respectivos gobiernos. La nueva estrategia, definida en la Declaración de Budapest, pretende armonizar un futuro regional común que difumine las trazas de la inestabilidad política, herencia de los conflictos y las guerras recientes, especialmente las graves secuelas provocadas por las atrocidades cometidas durante tales periodos.

Para conseguirlo, los catorce países de la cuenca se han marcado cuatro grandes objetivos: fortalecimiento de la cohesión territorial; lucha conjunta contra las consecuencias sociales, económicas y medioambientales del cambio climático; promoción de la economía de mercado y unificación con la que rige en el ámbito de la UE, y finalmente un impulso determinante a la ecuación investigación, desarrollo e innovación, también a escala regional.
 
La iniciativa intenta enfrentarse a los graves problemas de la cuenca relativos a la seguridad en el aprovisionamiento energético y en los suministros alimenticios, al descontrol de una inmigración numerosa y, en fin, a los retos de una demografía en fuerte declive y una población fuertemente empobrecida a causa de la crisis global. En suma, colmar lo más aceleradamente posible los desniveles y retrasos causados por una ampliación masiva de la UE que ha zarandeado su estabilidad y ha introducido en ella el virus de la desigualdad y la falta de cohesión.
 
Como en todo gran proyecto, y aparentemente esta macro-región lo es, hay que hablar de financiación, justo cuando la UE atraviesa en conjunto la misma situación de recesión que la exhibida por la inmensa mayoría de sus países miembros. Los ocho danubianos comunitarios se defienden arguyendo que los actuales fondos dispersos de la UE atribuidos en diferentes capítulos podrían administrarse de manera más racional en esta nueva estrategia. En efecto, podrían destinarse hasta un montante de diez mil millones de euros mediante la recopilación de las diversas partidas destinadas a cohesión, desarrollo regional y transfronterizo. No es un mal punto de partida, siempre y cuando se pongan sobre la mesa proyectos más concretos, lo que va desde la construcción y mejora de las vías de transporte, incluyendo las aguas mismas del Danubio y sus afluentes, hasta la introducción de nuevas técnicas en la producción, distribución y seguridad alimentaria, pasando por la implantación de plantas de producción energética –nuclear, eólica y fotovoltaica-, que vayan equiparando a los países del este de Europa con sus homólogos del oeste.

Dotar a toda esta cuenca de una identidad común no es un sueño novedoso. Hace ya 180 años que el conde húngaro István Széchenyi lo puso en marcha a través de una iniciativa multinacional para multiplicar las capacidades de navegación del Danubio y sus principales afluentes. La meta entonces era la promoción, a través del transporte fluvial, del comercio regional incluyendo entonces a Constantinopla, capital entonces del poderoso imperio otomano. En Budapest, pues, vuelve a retomarse la historia.

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