edición: 2808 , Viernes, 20 septiembre 2019
22/05/2013
Insoportables políticas de austeridad

Varios socios de la UE hacen cuentas para su salida del euro

Deberían asumir una explosión de la inflación, caída del PIB, un tercio de depreciación de los ahorros y el bloqueo del crédito y parálisis en la creación de empleo
Juan José González

En Alemania crece el deseo de abandonar el euro y propugnan un ajuste. En Italia más de la mitad del voto popular es de la misma opinión; favorable a dejar el euro. Grecia y Portugal se mueven en cifras similares de rechazo hacia la divisa común. Los enemigos del euro se multiplican en Francia, y en España es probable que una consulta popular rompiera hasta el pronóstico más negativo. Es conocida la opinión de Reino Unido, cuyos súbditos van más allá –no comparten la moneda- y el 46% se muestra partidario de abandonar la Unión Europea. Cifras que reflejan estados de ánimo y opinión, a su vez expresión de la gestión política de la crisis, y de otras muchas cosas, pero que, en todo caso, y en el sexto año de la crisis, o segunda recesión consecutiva, obligan a reflexionar, e incluso, a echar alguna cuenta. ¿Qué resultaría más gravoso, la salida del euro o las inmanejables cifras que hoy marcan las cuentas de las economías de los países europeos, varios de ellos en rescate efectivo y otros tantos en lista de espera?

Hace un año, Bruselas trató el asunto de la salida de Grecia del euro en una sesión urgente, en plena madrugada con las maletas de los ministros de finanzas camino del aeropuerto. Reunión decisiva y decisión histórica porque sirvió de pauta para fijar que, a pesar de la gravedad de una crisis como la helena, no se debía poner en peligro la estabilidad y credibilidad de la divisa. Sin embargo, sí fue útil la reunión para llamar la atención sobre los efectos de una eventual crisis de la moneda y sus consecuencias, algo sobre lo que no se había hecho demasiado hincapié.

Entre otros argumentos que alertaban del riesgo de abandonar la disciplina del euro, se citaron como más llamativos, la depreciación del ahorro particular por una inflación disparada como consecuencia de la devaluación, y que en el caso de España supondría recuperar la peseta con un 35% menos de su valor. Daños de difícil reparación en al menos cinco años para el sistema de pagos y el sistema financiero. Además, se estimaba que la contracción del PIB no sería inferior al 10%, sólo en el primer año. En resumen, una auténtica catástrofe que sumiría a la economía española en un lustro –otro más- de depresión.

Pero las cifras cantan, lo hacen para todos, siempre. El desempleo presiona, son 6,2 millones de personas; el nivel de paro, 27%, es catastrófico. El endeudamiento público se acerca al billón de euros, ese que indica que el Estado debe igual cantidad que lo que son capaces de producir en un año sus ciudadanos. Los pasivos brutos de distinta exigibilidad, o plazo, superan los 2,3 billones de euros y la ausencia de crecimiento no parece indicar que estas cifras vayan a menos, sino al contrario. Economistas, políticos y empresarios aseguran que la solución no pasa, únicamente, por el comportamiento de la moneda única, aunque sí sea parte de la solución.

Y es aquí el lugar donde se enfrentan los partidarios y los detractores. La permanencia de España en el euro, muy cuestionada de puertas adentro, en despachos y foros, es ya un asunto de confrontación política, ámbito principal donde se pone en duda el futuro de la moneda europea. Pero es en el académico o intelectual en el que se desarrolla el mayor debate sobre la permanencia de España en el euro. Son Krugman, Stiglitz o Pissarides los que ponen en duda que el Gobierno actual consiga salir de la crisis dentro del euro. Las condiciones objetivas, aseguran, no son propicias para que la política económica del Ejecutivo surta los efectos deseados.

Es probable que presionados por algunas derivadas de la econometría se muestren más inclinados hacia el catastrofismo que patrocinan que a considerar que se pueden producir algunas `sorpresas´ positivas, dejando a un lado ese veredicto final hacia el reo que no es otro más que la quiebra económica del Estado. Y no es un asunto que prediquen únicamente de España, sino que apuntan a que Italia podría compartir el mismo destino. Si en el primero caso los economistas opinan que será imposible crear empleo neto en el presente ejercicio y mitad del siguiente, en el segundo señalan que Italia deberá hacer algo más por pagar la deuda exterior, imposible de afrontar con los planes del actual nuevo Gobierno. Así las cosas, no se sabe qué es peor: soportar los efectos de una salida de la moneda única o hacer la travesía del desierto que marca la austeridad. Quizás para acabar, por uno u otro camino, en el mismo punto.

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