edición: 2741 , Martes, 18 junio 2019
22/02/2011

Vientos de cambio a las puertas de Tarifa

Pedro González
Que las protestas en Rabat, Larache, Tánger, Marrakech o Casablanca hayan respondido a la denominada “excepción marroquí”, es decir que se hayan desarrollado en un clima mucho más suave que las de Túnez y Egipto y sin nada qué ver con la brutal represión de Libia, no significa que la monarquía alauí esté completamente al abrigo de los vientos huracanados que exigen que el mundo árabe se suba ya al tren de la historia. Las reformas iniciales del reinado de Mohamed VI, que tantas esperanzas habían concitado, se diluyeron apenas transcurridos dos años de haber sucedido a Hassan II, y desde entonces el innegable progreso que registra el país no va acompañado empero por las reformas políticas que reclamaban los organizadores y presuntos líderes del Movimiento 20 de Febrero.

De momento, la figura del Rey, que ostenta también el título de Comendador de los Creyentes, está fuera de las protestas, que culpan del inmovilismo y de la corrupción exclusivamente al gobierno, ignorando a propósito que es precisamente el Palacio Real el que designa directamente a los ministros de las carteras más decisivas y de más poder: Interior, Economía, Defensa y Asuntos Exteriores, especialmente. Todos ellos se han convertido en dique de contención para embalsar las protestas, cuyos únicos picos de violencia convergieron contra la sede del gobierno de Alhucemas, casualmente en manos del Partido Autenticidad y Modernidad (PAM), conocido como “el del amigo del rey”, y contra la sede del partido del Istiqlal, que lidera el primer ministro Abás El Fasi.

Tras condenar los violentos incidentes, el Movimiento 20 de Febrero anunció que las manifestaciones proseguirán todos los fines de semana, exigiendo un auténtico viraje constitucional, cuyo símbolo más emblemático sería la conversión de una monarquía absoluta en constitucional, inspirándose en gran parte en el modelo español.

Desde luego, no es poca cosa, y Mohamed VI habrá de reflexionar mucho antes de adoptar medidas que no pueden quedarse en simple cosmética. Tiene a su favor la adhesión mayoritaria de los 32 millones de marroquíes, pero habrá de satisfacer sus demandas de que colme el ostensible déficit democrático. Si no lo hace, incrementará la frustración de muchos de los jóvenes marroquíes, atentos a los desafíos que encaran y cómo lo hacen sus colegas de Túnez, Egipto, Libia o Yemen. En esos países ya se habla abiertamente de la corrupción de los dictadores derrocados o en vías de serlo; salen a la luz los tesoros, cuentas ocultas y fortunas amasadas con avaricia y sobre la miseria de muchos, y en fin se ha desencadenado una caza de brujas, que persigue implacablemente a los colaboradores más directos de los abusos. Todo ello demuestra una vez más la delgada línea que separa las presuntas y masivas adhesiones  de un día de la exigencia de juicios y condenas ejemplares contra los déspotas, a la jornada siguiente. En este sentido, la excepción marroquí podría dejar de serlo si el rey anduviera falto de reflejos y no escuchara más que a los aduladores.

Para quienes han elegido abiertamente el camino de la represión a sangre y fuego, como es el caso de Muammar Gadafi, ha quedado en evidencia  que el mantenimiento del poder, cueste lo que cueste, es lo único que les importa. El “Hermano Guía”, como se hace llamar el capitán autoascendido a coronel y líder de los golpistas que derrocaron al rey Idris hace 41 años, ha perdido completamente la perspectiva. Este antiguo patrocinador del terrorismo se inspira mucho más en la Corea del Norte de Kim Il-Sung y Kim Jong-Il que en modelos más participativos, hasta el punto de convertir en obsesión su afán por hacerse suceder por uno de sus hijos, Saif el-Islam, que fiel a las enseñanzas de su padre, está dispuesto a sacrificar “hasta el último hombre” antes que ceder un ápice de su poder totalitario.

Como en los otros países árabes sacudidos por esta fiebre revolucionaria, en Libia hay fuertes intereses europeos, especialmente italianos, que paralizan reacciones diplomáticas a favor de la apertura política y el respeto a los derechos humanos. No es en vano que Italia, la antigua potencia colonial, hace negocios con Libia por valor de 20.000 millones de euros al año, principalmente en la prospección y extracción de petróleo y gas y en la construcción de grandes infraestructuras de transporte. A su vez, el Estado libio, o sea Gadafi, es el principal accionista del banco italiano Unicredit.

Cuando estos vientos soplan sobre todo el litoral norteafricano sigue sin contemplarse una actitud decidida tanto de los países más afectados –Francia, España e Italia-, como de la UE en su conjunto, en favor de las fuerzas que exigen libertad y democracia. Lo más urgente es esperar, parece ser la divisa de todos los que hasta ahora no quisieron para los países árabes de la ribera de enfrente lo que reclamaban vehementemente para sí mismos.

Noticias Relacionadas

Director
Alfonso Pajuelo ( director@icnr.es )

Esta web no utiliza cookies y no incorpora información personal en sus ficheros

Redacción (redaccion@icnr.es)

  • Juan José González
  • Javier Ardalán
  • Carlos Schwartz
  • Rafael Vidal

Intelligence and Capital News Report ®
es una publicación de Capital News Ediciones S.L.
Editor: Alfonso Pajuelo
C/ Joaquín María López, 30. 28015 Madrid
Teléfono: 92 118 33 20
© 2019 Todos los derechos reservados.
Prohibida la reproducción sin permiso expreso de la empresa editora.

Optimizado para Chrome, Firefox e IE9+

loading
Cargando...