edición: 3055 , Lunes, 28 septiembre 2020
04/02/2010

Vuelve la guerra al Delta del Níger

Pedro González
“Todas las empresas petroleras, su personal y equipamiento sufrirán de nuevo los ataques de nuestras fuerzas”. Con este escueto comunicado el Movimiento para la Emancipación del Delta del Níger (MEND) daba por finiquitada la tregua acordada con el Gobierno de Nigeria el pasado mes de octubre. Vuelven, pues, las hostilidades más descarnadas a una región tan rica en petróleo como desgraciada para los habitantes que la pueblan.

Todas las grandes empresas internacionales del petróleo están presentes en el Delta, especialmente la Shell. Todas también pagan ingentes cantidades por asegurar sus instalaciones y personal, este último tan cualificado como dispuesto a llevar una vida marcada por una ausencia casi total de libertad de movimientos: del compound-prisión en que se alojan a los campos de trabajo, bajo fuerte escolta, y vuelta, sin posibilidad prácticamente de salir a visitar libremente Port Harcourt u otras ciudades del área, mezclarse con los nativos y ni siquiera gozar de la compañía de sus propias familias, incapaces de soportar un stress semejante. A cambio de contratos por un mínimo de tres años y un máximo de diez, salarios y primas en torno al millón de euros por año. ¿Principal riesgo aparte de la sensación de pérdida voluntaria de la libertad? El de ser secuestrado. Las guerrillas consideran a los técnicos petroleros extranjeros una pieza de primera magnitud por la que pueden obtener pingües rescates.

La percepción general que tiene la inmensa población nigeriana, y en especial la empobrecida del Delta, es que su gran riqueza petrolífera no solo es explotada por compañías extranjeras, sino que los únicos beneficios que dejan se reducen a un 13% del precio de tales exportaciones en términos globales. Sin embargo, en esa cantidad no se incluyen los descomunales daños medioambientales causados al Delta. Su extraordinario y verde paisaje está fuertemente contaminado por los vertidos causados por oleoductos en mal estado. Antaño campos  y aguas cristalinas son territorios yermos, de los que han desaparecido cosechas y peces; la atmósfera está impregnada de un pestilente olor a petróleo, que recuerda constantemente la maldición de quienes son señalados teóricamente por la fortuna de un subsuelo repleto del denominado oro negro.

El acuerdo por el que se estableció la tregua indefinida en octubre trocaba la entrega de las armas por parte de todas las guerrillas, incluida la más poderosa, el MEND, a cambio de fuertes inversiones en el saneamiento del Delta, proceso por el que se crearían millares de puestos de trabajo básicos, pero con la derivada de muchos centenares de miles más si la vida normal –agricultura, pesca y, en definitiva desarrollo integral- volvía a tan devastado entorno. Ninguna de aquellas promesas se ha cumplido. Pretexta el Gobierno de Lagos que el presidente Umaru Yar´Adua no ha podido ocuparse, aquejado como está de una insuficiencia cardíaca que le retiene en un hospital de Arabia Saudí.

Sin embargo, más allá de que el cumplimiento de tales compromisos dependa de la sola voluntad de una persona, en el Delta del Níger va a ventilarse otra pugna Estados Unidos-China. El primero obtiene de Nigeria el 12% del petróleo que consume; sus compañías aún no han renovado los contratos de explotación con el gobierno nigeriano. La causa de este retraso hay que situarla en la ofensiva lanzada por Pekín para asegurarse sus propios suministros procedentes del Delta. Maniobras que seguramente han influido en que el gobierno de Barack Obama haya incluido a Nigeria en “la lista del terror”. Y, quizá no por casualidad, el MEND detesta abiertamente la presencia china en la zona, a la que acusa de ser más depredadora si cabe que las compañías occidentales que han operado hasta ahora.

En este nuevo recrudecimiento de la pugna y tragedia del Delta del Níger no hay que perder de vista a Guinea Ecuatorial, asimismo gran productora de petróleo, aunque su población –salvo el dictador Teodoro Obiang y su entorno familiar- no perciba de ese maná más que el olor pestilente de las explotaciones. Todo ello sucede, además, cuando los precios del crudo han empezado a remontar después de casi dos años de pequeñas oscilaciones en torno a los 50-60 dólares el barril.

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