edición: 2724 , Viernes, 24 mayo 2019
04/06/2010
OBSERVATORIO DE PATENTES Y MARCAS

Y al principio fue … la idea: la generación del conocimiento

Sergio Larreina* (PONS)
El mundo de las ideas era caótico y vacío, y tinieblas cubrían la superficie del abismo, mientras el espíritu de la patente aleteaba sobre la superficie de las aguas.

Esta analogía con el Génesis no es más que una comparación, pero describe un origen  en sí mismo: la creación de conocimiento estructurado y ordenado a partir de un mundo caótico, desordenado y aparentemente sin conexiones.

El caos, el vacío, las tinieblas, el abismo y las aguas son imágenes que nos llevan al momento original, cuando no hay nada, cuando existen ideas inconexas, intenciones de ejecutar, proyectos para darle forma a algo, cosas abstractas que hay que ordenar, concretar y dar forma.

Como si fuéramos ‘hacedores’,  la idea nace en nosotros, asociada al pensamiento, a la reflexión y creatividad, dando lugar al concepto, base de todo conocimiento científico y filosófico.

Pero es indudable que una idea no se nos aparece en la mente de repente sino que es el fruto del análisis del conocimiento adquirido y una gran reflexión, que forma parte del proceso creativo.

Hasta aquí la idea se asocia a un proceso tranquilo de recopilación de experiencias y otros conocimientos, y que, tras un profundo análisis, podríamos exclamar aquello de ‘Eureka’. Sin embargo, las cosas no son tan fáciles como parecen: para obtener experiencias hay que observar y para obtener conocimiento no basta solamente con observar sino que hay que leer las señales.

El mundo de hoy en día se caracteriza por la rapidez con la que suceden las cosas (lo que significa dificultad para observarlo todo) y la cantidad de cosas que hay que observar (lo que significa dificultad para analizar y la angustia de saber que nos estamos dejando cosas). Por tanto, la conclusión podría ser que cada vez es más difícil tener ideas ya que no tenemos capacidad para observarlo todo y mucho menos para analizarlo.

La velocidad de crecimiento de diferentes prácticas, información, proyectos, y la facilidad de acceso a toda esta información hacen que cada vez sea más difícil emprender tareas de creatividad: el lógico proceso de observación, análisis y filtrado, y generación de ideas se vuelve muy complejo. Y la toma de decisiones en torno a esa idea es más complejo aún.

La lección es fácil: hay recoger y analizar toda la información que rodea una decisión, y leer adecuadamente las señales de ese entorno para una correcta toma de decisiones, para generar una idea.

Sin embargo una actitud inherente al ser humano hace que queramos recoger toda la información que rodea a un tema bajo un lema muy simple: ‘por si acaso’.  El almacenamiento de la información no nos hace más fuertes: lo que nos hace más fuertes es el correcto análisis de esa información para apoyar una decisión. Si sólo nos dedicamos a recopilar y almacenar, no seremos más que una biblioteca, un repositorio muy completo.

El éxito consiste en recoger, filtrar, analizar y poner a disposición de las personas la información exacta, concreta y completa para la toma de decisiones. Este proceso es la inteligencia económica, también llamada competitiva, pero inteligencia en definitiva, un proceso que tiene cada vez más calado en las organizaciones, pero sin embargo un método que ya viene desde el mundo antiguo.

La inteligencia competitiva aplicada en un contexto de cambio se revela como un proceso determinante para una correcta toma de decisiones. La inteligencia competitiva es un concepto moderno para un proceso bien antiguo como es el de recabar la información pertinente para una toma de decisiones adecuada. Esto que parece obvio, a veces no lo es tanto: la falta de tiempo, la negativa a invertir recursos o la propia vanidad del investigador, hacen que muchas veces se emprendan ambiciosas líneas de I+D que ya existían o que se hagan inversiones en tecnología que se queda obsoleta en poco tiempo. Sorprende ver la reticencia de muchas empresas (personas) para no aplicar la inteligencia a sus decisiones y sin embargo a todos nos gusta escuchar ‘qué buena idea’. Habrá pocas ideas y no muy buenas sin un buen proceso de inteligencia por detrás.

El paso posterior a la concepción de la idea es desde luego qué hacer con ella y una vez resuelta esta cuestión, nos enfrentamos al ‘para qué’. Si conjuntamos el para qué, el qué hacer con un proceso de inteligencia competitiva, el resultado puede ser una patente, es decir, la protección de una idea con fines de explotación, basada en un estado del arte previo.

La combinación de un proceso de inteligencia con la protección del conocimiento brinda a las empresas un enorme factor de competitividad.

*Director de Inteligencia Competitiva. PONS Patentes y Marcas

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