edición: 2808 , Viernes, 20 septiembre 2019
16/11/2016

¿Y si suena la flauta?

Denostado, enjuiciado y reprochado, Donald (Tío Sam) Trump se puede estar planteando no acudir en enero al despacho oval, la oficina de su nuevo trabajo, o quedarse más cómodo en su torre. Es probable que piense que el fárrago callejero, nacional e internacional montado a cuenta de su nueva ocupación no le compense la mudanza. Y además, para ganar un dólar... Pero mirado desde otra óptica y siendo optimista a la fuerza, se podría aceptar la máxima de General Motors aplicada al nuevo escenario, esto es: "lo que es bueno para América es bueno para todo el mundo".

Puede que bajo esta premisa, igual nos encontramos con alguna sorpresa. Igual así espabila Europa y se pone las pilas. Igual ahora se pone en marcha aquel plan Juncker. Igual Alemania y otros seguidores llegan a la conclusión -de razonar- que la conclusión -de concluir- de la austeridad debe ser inmediata. Igual la revolución que dicen preparar los nuevos americanos de la Casa Blanca requiere de la colaboración empresarial de nuestros textiles, alimentarios, ferroviarios y demás para hacer país, el nuevo que anuncian, y, por supuesto de los constructores, los que hacen bueno el dicho de "donde hay que hacer una obra, allí está un español, dispuesto a lo que sea". Pues sea, y aprovechemos los resquicios que nos proporcionará el nuevo Tío Sam Trump.

Igual Europa acaba de una vez por todas con el impasse y la `tontuna´ del debate sobre el tamaño del déficit público sobre el PIB y se centra más en hacer PIB. Igual, por difícil que parezca, las empresas españolas encuentran un hueco, una grieta o abertura, un resquicio por el que colarse e introducir mercancías, bienes y servicios en tan inmenso mercado. Europa no cae en la cuenta que las grandes obras de infraestructura necesitan mano de obra en cantidad, trabajo molesto, duro y sucio donde lo halla y al que, obviamente, los acomodados ciudadanos americanos harán ascos.

Y ahí es donde españoles, mexicanos y demás tropel tendremos la ocasión. En ese reparto del trabajo -y también de la miseria- hay una oportunidad, una oferta, de la nueva América del Tío Sam. Otro asunto será su aceptación. Porque, llegado el caso, si les da, de verdad, por poner en marcha la revolución conservadora, es probable que aquel inmenso vergel no mire sólo hacia dentro, sino también hacia fuera, como un reflejo más de la globalización. Tampoco va a ser que todo pinte mal, qué daños y perjuicios habrá pero que no serán eternos. Arriba el optimismo y, visto de otra forma, si no suena la flauta "siempre nos quedará Paris". (O la ruina).

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