edición: 2576 , Miércoles, 17 octubre 2018
22/05/2010

Ya no habrá más cumbres en el accidentado semestre de la presidencia española de la UE

Pedro González
Egipto y Siria mantuvieron hasta el último minuto su amenaza de no concurrir a la proyectada cumbre euro-mediterránea de Barcelona si acudía a la misma el ministro de Asuntos Exteriores de Israel, Avigdor Lieberman, considerado como la figura más intransigente del gabinete de Benjamin Netanyahu. Un ultimátum perfectamente entendido por Zapatero y Moratinos, que decidieron suspender la cita que supuestamente iba a ser el colofón a una triunfal presidencia rotatoria española de la Unión Europea.

Los 43 países miembros de la Unión por el Mediterráneo, institución ideada por Nicolás Sarkozy para desactivar las negociaciones con Turquía para su plena adhesión a la UE, eran y son conscientes de que la cita iba directamente al fracaso si no se conseguía antes un esbozo de acuerdo entre Israel y la Autoridad Palestina, el contencioso que emponzoña las relaciones entre ambas orillas del Mediterráneo.

De hecho, fue en 1995 que Felipe González y Javier Solana se apuntaron el esperanzador tanto entonces de lanzar el llamado Proceso de Barcelona, con un amplio esquema de cooperación que abarcaba tanto el incremento de los intercambios comerciales como un esfuerzo gigantesco por acercar culturas y aunar mensajes de comunicación que aproximaran al máximo la visión del mundo que exhiben las dos riberas del viejo mare nostrum. Se pusieron en marcha proyectos como el de la Conferencia Permanente del Audiovisual Mediterráneo (CoPeAm), que logró producir programas de televisión y cine de manera conjunta, de modo que árabes y europeos empezaron a conocerse mejor a través de películas, series y documentales mixtos. Proliferaron los festivales culturales de todo tipo (cine, música, literatura) a uno y otro lado. Pero, todo ello languideció ante la escalada de la tensión israelo-palestina y la invasión de Irak por la coalición occidental liderada por Estados Unidos.

La realidad apagó por lo tanto las grandes ilusiones alumbradas en aquella primera conferencia, de modo que el Proceso de Barcelona entró en estado letárgico a la espera de una reactivación que tampoco sucederá el 7 de junio, fecha que Zapatero suponía iba a cerrar con broche de oro su semestre planetario. De momento, israelíes y palestinos han reanudado negociaciones indirectas, espoleados por un Barack Obama que también aspira a encontrar una solución permanente a un problema tan enquistado que cada día que pasa contribuye a taponar un poco más las posibles vías de salida. En tales condiciones, no solo era más que probable que la cita euro-mediterránea del 7 de junio se saldara con un sonoro fracaso sino también de que éste fuera la coronación de un nuevo desplante a los anfitriones españoles, como el protagonizado, una vez más, por algunos de los máximos dirigentes de América Latina.
La suspensión de la cita ha sido, pues, la única vía que quedaba para evitar el fiasco. 

GARZÓN, UN PRETEXTO PARA ATACAR INSTITUCIONES ESPAÑOLAS

Algo anda definitivamente muy mal tanto en la política doméstica española como en su proyección exterior cuando la principal estrella mediática de las cumbres euro-americanas de la semana que concluye ha sido el suspendido juez de la Audiencia Nacional, Baltasar Garzón. Herederos del fascismo-peronismo como la presidenta Cristina Fernández de Kirchner han prodigado sus mimos y cuidados al magistrado sin pararse en barras, es decir arremetiendo contra instituciones como el Tribunal Supremo, consideradas sagradas en otros lares con mucha mayor tradición democrática. Y todo ello con la impunidad de no verse replicada por ninguna autoridad española o iberoamericana que le advirtiera del exceso. Era el penúltimo episodio de una tendencia a la barra libre del insulto a España, instaurada por los hermanos Castro en Cuba, acentuada por Hugo Chávez, y secundada con entusiasmo por dechados de convicciones democráticas como Evo Morales ó Daniel Ortega.

Aunque los logros fueron limitados, al menos hay que reseñar el acuerdo para la reanudación de las negociaciones UE-Mercosur, si bien algunos países europeos con Francia a la cabeza ya han puesto sordina a la iniciativa por estimar que el objetivo de ambas áreas de establecer una zona de libre cambio redundará en perjuicio de los agricultores de este lado del Atlántico, un sector que como es bien sabido sigue siendo sagrado para los políticos galos, sean del signo que sean.
 
También se logró que la UE y el bloque centroamericano concluyeran un acuerdo, que supondrá un incremento de la riqueza mutua en 2.500 millones de euros. A ese foro específico sí pudo asistir el presidente hondureño Porfirio Lobo, vetado por diez países iberoamericanos, que amenazaron con no acudir a la cumbre general si habrían de sentarse con él. Aunque la diplomacia española consiguiera arbitrar una salida satisfactoria, basada en la buena disposición del propio Lobo, la contundente exigencia de un Hugo Chávez, que luego tampoco se dignaría desplazarse a Madrid, dejó un sabor amargo. Todo lo que ha rodeado a estos encuentros han de servir de preludio a lo que suceda en la próximas cumbres iberoamericanas, institución creada y financiada en su mayor parte por España, pero que no pocos líderes del otro lado del Atlántico pretenden devaluar cuando no que desaparezcan lisa y llanamente. En el fondo de ese deseo late la indisimulada intención de dirigentes como el brasileño Lula de alzarse con un liderazgo que se sacuda tanto la tutela de Estados Unidos como la de España.

La próxima cumbre puede ser el mejor indicador de cómo se implanta esta tendencia, máxime cuando ya han comenzado a celebrarse las conmemoraciones de los bicentenarios de las independencias americanas, acontecimientos que, por lo que llevamos visto hasta ahora, se están convirtiendo en jaranas llenas de griterío contra España. La reivindicación vociferante no deja apenas espacio para debates en el que quepa siquiera aducir herencias culturales y de interés común. Prima la recreación idílica de las presuntas civilizaciones florecientes cuando llegó Colón y su destrucción por los “bárbaros españoles” a lo largo de más de tres siglos. La insistencia de Miguel Ángel Moratinos y Juan Pablo de Laiglesia en que España se limitará a acompañar tales celebraciones denota cuando menos una actitud acobardada, remisa en todo caso a reafirmar lo mucho bueno –que también lo hubo- en la colonización española de América.

Después de su escala en Santillana del Mar y Madrid hay que resaltar el viaje del presidente mexicano, Felipe Calderón, a Estados Unidos, en donde ha sido probablemente el dirigente que con mayor claridad ha arremetido contra los excesos que se cometen contra sus nacionales al norte del Río Bravo. Con un discurso pronunciado en un inglés impecable, Calderón condenó la ley del Estado de Arizona, que convierte en delito la inmigración ilegal, y apeló al Congreso norteamericano para que elabore y apruebe con la mayor urgencia una reforma federal inmigratoria que permita la legalización de los 13 millones de indocumentados que viven, trabajan y sobre todo penan en Estados Unidos. Tampoco se mordió la lengua el presidente mexicano al reprochar a su poderoso vecino del norte su escasa cooperación en la lucha contra el narcoterrorismo, una lacra que se ha cobrado ya la friolera de 23.000 muertos en México desde 2006, la mayor parte de ellos abatidos por armas procedentes de los más de 7.000 comercios y armerías del otro lado de la frontera, que las expiden prácticamente sin control alguno.

APLASTADA LA REBELIÓN, THAILANDIA ENTRA EN GUERRA CIVIL LARVADA

Apenas un año después de su primera rendición los “camisas rojas” partidarios del depuesto primer ministro tailandés Thaksin Shinawatra fueron dispersados, detenidos o abatidos por las fuerzas del ejército, fieles al actual jefe del gobierno, Abhisit Vejjajiva. Durante dos meses Bangkok había quedado paralizada por las barricadas erigidas por unos rebeldes cuyas reclamaciones eran en esencia una mejora de las miserables condiciones sociales en que vive la población radicada en las zonas rurales, lejos de la capital y de los centros turísticos. La ofensiva de las tropas se desató a partir del pasado fin de semana, una vez que Vejjajiva diera a conocer el derrumbamiento de la principal industria del país, el turismo, y la paralización de buena parte de la actividad comercial y administrativa. Todo ello ha causado hasta el momento presente un 2,5% de impacto negativo en el PIB de un país que ha perdido con la crisis dos millones de los visitantes previstos este año.
 
Los centenares de muertos y heridos y el incendio de una cincuentena de edificios públicos emblemáticos dan cuenta de una batalla tan cruenta como desoladora, que ha terminado con la imagen pacífica del denominado “país de la sonrisa”. Es evidente que los “camisas amarillas”, partidarios del actual gobierno y de mantener la estructura social de Thailandia tal y como está, se han salido con la suya, pero el conjunto de la sociedad pagará las consecuencias porque nada volverá a ser como antes. Los millares de detenciones no lograrán sino atestar un poco más las terroríficas cárceles thailandesas, aumentar la amargura y la frustración de las clases más desfavorecidas del país, entre las que se incrustan también segmentos de una cierta clase media incipiente, y en suma incubar una suerte de guerra civil larvada presta a estallidos de mayor envergadura cuando la situación se haga insostenible.

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