edición: 2702 , Martes, 23 abril 2019
27/11/2009

Zapatero no se aclara con Copenhague

José Luís Rodríguez Zapatero, presidente del Gobierno

Ni sí, ni no, sino todo lo contrario. Se ha convertido en un asunto tóxico. Tanto que Moncloa ya no sabe si soplar o si sorber sobre el Cambio Climático. Se mojó en Pittsburg, no dudó en acudir en persona a la Cumbre de Naciones Unidas con la promesa de convertir Barcelona en el último golpe de horno antes de servir a la mesa un gran acuerdo global en diciembre. Intentó -hasta irritar a Obama- imponerle algún compromiso a EE UU, pero ahora que la Casa Blanca comienza a desgranar un compromiso –aunque sólo sea la reducción de emisiones contaminantes un 6% desde 1990- Moncloa ya no está en condiciones de abanderarlo. Es el cazador cazado del CO2.

Cuando le vio las orejas al lobo del fracaso el anfitrión español no acudió a Barcelona. Tras la tocata y fuga, Zapatero ha guardado la ‘corona’ de su presidencia europea, se lo ha pensado hasta el último segundo y ha dejado pasar por delante la confirmación de la asistencia de más de 60 jefes de Estado. Si hay que ir, irá. Eso promete la secretaria de Estado, Teresa Ribero. Pero nada de destacarse hasta que la Ley Sostenible arrope los anuncios.

El presidente rebaja el listón de su perfil, despuebla sus discursos de cualquier alusión que le recuerde el C02. La UE le sigue bajando todos sus humos: le recuerda que será uno de los países más perjudicados si no se mejora Copenhague, también que es la nación industrializada que más incumple Kioto y que un 25% del aumento de emisiones europeas del transporte tiene apellidos españoles. España le echa las manchas del carbón a las emisiones contaminantes y es uno de los países de la UE menos avanzado en captura de CO2. Sólo la crisis rema a su favor. Hasta Lula le ha dado todas las espaldas al horizonte de su cambio climático, no quiso firmar con España los compromisos que después acordó con Sarkozy. Le bailan los embajadores -Narbona para empezar- y hace del guión para Copenhague un coro de mil voces oficiales que ensaya aún.

Hasta ahora, Moncloa ha escenificado la coreografía del cambio climático siempre a contrapié de Bruselas, la ONU y sus supuestos aliados. Mostró optimismo cuando la UE reconoció que no esperaba sintonía con EE UU, recibió la rendición de la ONU -ya no espera un documento jurídicamente vinculante- convencido de que lo habría. Y calla ahora que Washington y Pekín ponen sobre la mesa alguna oferta concreta, de espaldas a su corona de la presidencia de turno de la UE, pero también a la moción recién aprobada en el Congreso de los Diputados para que España, como miembro de la Unión Europea, "asuma una posición de liderazgo en el proceso negociador” de Copenhague. Y mientras la directora de la Oficina para el Cambio Climático, Alicia Montalvo, es partidaria de exigir aún compromisos vinculantes a todos, abogó por ejercer "presión" sobre EEUU y sobre China aprovechando el "liderazgo" en la materia de la UE y condiciona el éxito de Copenhague a la implicación de Washington y Pekín, la Secretaria de Estado, Teresa Ribera, se consuela con la simple intención de la UE, los países desarrollados y los dos mayores contaminadores. Le basta con que Copenhague sea "el inicio de una senda fundamental que nos permitirá configurar las necesidades futuras de desarrollo".

España quiere jugar un papel relevante después de Copenhague, pero no será el presidente el que lo diga. Ha dejado a la vicepresidenta De la Vega con el estandarte del cambio climático ante la Comisión Delegada de la UE y la presidencia española de la Unión; sólo sus segundos se atreven a conjugar el futuro del CO2 español. Y lo hacen, por si acaso, a todas las voces, aún a riesgo de reeditar el mapa de las contradicciones de Moncloa. No será el presidente el que vuelva a entonar ninguna presión sobre Obama, por más que la UE -que ofrece un 20% de reducción adicional- crea que EEUU "debe hacer más". En Bruselas resuena aún el último informe de la CNE sobre el real decreto del carbón, que vaticina que  las emisiones de dióxido de carbono del sector eléctrico aumentarán un 20% por la imposición del Gobierno de que las eléctricas produzcan con carbón autóctono.

Pero no sólo el carbón le echa ‘manchas’ a la corona del cambio climático de Zapatero. Ha bastado dejarle ver al resto de los socios comunitarios la promesa de rebajar las emisiones del transporte, para que la Comisión le vuelva a imponer los antigalones del CO2: sólo España es responsable del 25% del incremento de las emisiones de transporte en la UE, 200 millones de toneladas entre 1990 y 2007, según la Agencia Europea de Medio Ambiente (AEMA). Sólo según la AEMA, aliviarán sus ‘manchas del CO2  el uso de sumideros de carbono, la compra de derechos de emisión y la puesta en marcha de proyectos "verdes" en terceros países.  También, que si no combate contra el cambio climático, España será uno de los países europeos más perjudicados por sus efectos, con pérdidas de hasta 5.000 millones de euros anuales en el sector turístico y una caída del 25% en el rendimiento agrícola para el conjunto del sur de Europa en 2080, según un informe de la CE.

VERGÜENZAS ESPAÑOLAS

Miran a 2012 y prometen estar en línea con los compromisos de Kioto. Ni la reducción un 8% de las emisiones españolas de CO2 en 2008 al calor de la crisis y la rebaja de consumo energético opacan el suspenso en la tendencia: España se comprometió en el marco de Kyoto a aumentar sus emisiones respecto a 1990 en tan sólo un 15% y  las cifras acumuladas reflejan que había emitido un 52% más, frente a la caída del 9% de la UE.  No es otro que Juan Verde -el asesor de Obama- el que recordaba que está a la cola europea del cambio climático, de la reducción de las emisiones del CO2 y de la investigación. Bruselas y la AIEA vaticinan que España no alcanzará sus horizontes del 20% de renovables en 2020 y le sacan a Zapatero los colores de las ayudas al carbón y la fiscalidad verde.

El Consejo Mundial de la Energía la sitúa entre los gobiernos con peor eficiencia energética de los países ricos. Y el G20, la OCDE y la AIEA le advierten de que la ecuación de la energía limpia y sostenible pasa por la nuclear, una fórmula que Zapatero no quiere digerir. Sus abanderados de la guerra al calentamiento tampoco entonan el ‘credo’ de Moncloa. Cristina Narbona le ha tocado a Zapatero todas las ‘teclas’ públicas de sus debilidades exteriores, las mismas en las que han puesto sus dedos en las últimas semanas la AIE el CME o Naciones Unidas. La Embajadora de España ante la OCDE propone que despliegue su estrategia contra el cambio climático aplicando la fiscalidad ambiental para penalizar el derroche de energía le recuerda que el impuesto de circulación debía estar vigente desde que se aprobó la estrategia de ahorro energético de España de 2007 y le exige a Moncloa que “deje de dar subsidios al carbón”.  El 70% de la reducción de emisiones de gases invernadero pueden venir de la mayor eficiencia energética y en el desarrollo de las renovables. Según la AIE, hay que hacer un esfuerzo inversor en energías renovables cuatro veces superior al actual.

La postura final de la UE, al menos el suelo acordado en Bruselas lo dejan aún más fuera de juego: los Veintisiete se han comprometido a pasar del -7% actual al -20% o el 30% en cinco años. La reducción tendrá que ser superior al 85% en 2050. Un techo demasiado alto para España, el país que peor ha afrontado sus promesas de reducción desde Kioto.  Hasta Washington se ha ‘puesto las pilas’ tarde, ha crecido en sus emisiones ‘sólo’ un 17% con respecto a 1990. La avanzadilla de los Veintisiete obliga además a España a sacar la ‘chequera verde’ para que la vean sus socios, aunque Moncloa ha jugado a esconderla de nuevo. En Bruselas, Zapatero en persona se echó al monte de la generosidad -a contrapié del silencio de los demás países de la UE que aún no se han definido- y prometía que España daría un aportación “voluntaria” de 7.000 de los 100.000 millones de euros de los Veintisiete hasta 2020 para luchar contra el cambio climático, un séptimo del total que deben aportar los Estados europeos. Ya que el Consejo Europeo aceptó que en los próximos tres años estas ayudas se carguen al Presupuesto de la UE y a los países miembros que quieran colaborar. Tan sólo tres días después, su regreso a Moncloa lo devolvió a la contención, en boca de la vicepresidenta: para empezar, serán 100 millones de euros, luego Obama dirá.

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