edición: 2808 , Viernes, 20 septiembre 2019
02/07/2009

Zapatero se ciega con sus contradicciones verdes ante la nuclear

Ha tratado de investir de un manto ecologista su decisión sobre Garoña hasta el último minuto y de escenificar la coreografía de un falso dilema energético: renovables o nucleares. Pero los árboles antinucleares de Moncloa no le dejan ver el ‘árbol verde’ de la energía atómica –que ahorra cada año a España 400 millones de toneladas de dióxido de carbono y ahorra 9.000 millones de euros en derechos de emisión- ni las ramas de la dependencia de su mix energético: Bruselas le recuerda a Zapatero que apenas hoy tiene resuello para llegar al 12% de renovables en una década y necesita al menos un tercio de su electricidad de origen atómico. Sebastián y Espinosa callan ante las alertas de la comunidad científica, que pide un pacto de estado para combinar la nuclear y las renovables. Los interrogantes ‘verdes’ se le acumulan a ZP en la mesa en la que prepara la disección de Garoña. Paga ya su cerrazón de espaldas a los reactores de IV generación que la UE acaba de lanzar y al nuevo sistema de reciclaje casi completo de residuos (al 94%). Pagará, por su ‘ceguera’ verde, a Francia y Gran Bretaña.

No sólo son el fundador de Greenpeace -Patrick Moore- y el gurú del ecologismo científico, James Lovelock -creador de la 'hipótesis Gaia'- los que le recuerdan que no serán los argumentos ecológicos ni las paladas renovables las que ayuden a enterrar en España una energía "segura, limpia, y sostenible” que no produce emisiones de CO2. Hasta sus científicos se sublevan contra las murallas anti-Garoña de Moncloa.  Le sacan los colores y desmontan su empeño por aferrarse a una guerra de exclusión entre nuclear y renovables los cerebros de su propia cúpula investigadora. No son la directiva del Centro de Investigaciones Energéticas, Medioambientales y Tecnológicas (Ciemat) –dependiente del Ministerio de Industria- y la Real Academia de Ingeniería de España los únicos que le recuerdan que la nuclear no sólo es una de las energías más seguras y más limpias, sino el binomio más compatible con las renovables. Le ha puesto cifras a la “irresponsabilidad” de contraponer a corto plazo las renovables a la nuclear: un país sin reservas de combustibles fósiles y con una dependencia exterior del 82% de la energía -frente a un 52% de media europea-, no puede prescindir de 38 TWh, generados a bajo coste, que produciría la central nuclear de Garoña durante 10 años de vida adicional. España, defensor entusiasta e incumplidor contumaz de los compromisos de Kioto, emitirá más de 20 millones de toneladas de CO2 que Garoña evitaría, y que, a un coste orientativo de 20 euros por tonelada, supondrían 400 millones de euros.

Lo ha reconocido, en voz baja, hasta  el ministro de Educación en Santander: la ecuación que defendía en la Menéndez Pelayo el presidente de E.ON (y las demás eléctricas, por cierto), un modelo de sostenibilidad que combine la energía nuclear con las renovables, es “realista” y “constructivo”.  Lo sabe Miguel Sebastián, aunque desde la llamada a filas de la vicepresidenta primera el ministro de Industria no se ha atrevido a volver a decir que “un suministro de energía previsible, barata y segura, no es posible en la actualidad en España si se prescinde de la nuclear”. Elena Espinosa calla, la ministra de Medio Ambiente y Medio Rural se ha negado a manifestarse en público en contra de Garoña como le piden los ecologistas. 

Rodríguez Zapatero ha deshojado la margarita de todos sus argumentos. Los de la seguridad, los desmonta el Consejo de Seguridad Nuclear. Y ni sus ‘buenas notas’ en todos los exámenes técnicos -ocupa el puesto 34º del mundo en materia de seguridad y está entre las 10 primeras en protección ambiental- ni la subida de la producción nuclear, ni el cálculo del precio del desmantelamiento y un 10% adicional en la factura energética obran a favor de las tesis del cierre. Menos aún sus argumentos ecológicos. La energía nuclear generada en España evita la emisión de 400 millones de toneladas de dióxido de carbono y ahorra 9.000 millones de euros en derechos de emisión (a precios de 2008) y que evita 25.000 millones de euros en pagos al exterior (en importación de gas en lugar de uranio). Si Zapatero hubiera decidido seguir la bitácora del Consejo de Seguridad Nuclear –una prórroga de diez años- la central de Garoña generaría entre 2009 y 2019 unos 28.000 millones de kilowatios hora, evitaría la emisión de 25 millones de toneladas de CO2, la compra de derechos de emisión por 550 millones de euros al precio de 2008, y permitiría un ahorro de 1.600 millones de euros en energía de sustitución del gas, cifra que habría que multiplicar por cinco, si se tratara de sustituirla por fotovoltaica.

Zapatero se consuela de espaldas a la realidad, en la supuesta hermandad de costes entre la nuclear y la eólica, que Nuclenor desmiente. La energía nuclear cuesta sólo 35 euros/megavatio, frente a los 60 euros de las centrales de ciclo combinado, los 80 de la eólica y los 400 euros/megavatio de las centrales fotovoltaicas. Una central nuclear de tamaño pequeño puede dar electricidad a una comunidad autónoma entera, pero para obtener esa misma energía por vía eólica se precisarían 2.000 molinos, a quinientos metros uno de otro: mil kilómetros de línea de molinos. El otro problema es la intermitencia: la energía eólica se detiene cuando no sopla viento y la energía solar se para cuando no hay sol. Las energías alternativas necesitan todavía de mucha investigación para poder acumular la electricidad producida e incrementar su rendimiento. Su función podría ser perfectamente complementaria. Con la combinación de energía hidroeléctrica, energías alternativas perfeccionadas y energía nuclear, se calcula que España podría ser soberana en materia energética en aproximadamente veinticinco años.

Las contradicciones ‘verdes’ de Moncloa tienen ventanas a las calles de Europa, EE UU y Asia. Lo saben en Industria: si hace un año Andris Piebalgs se limitaba a defender el derecho de los gobiernos de los Veintisiete a elegir un mix energético y a pedir transparencia con la seguridad de las centrales, ahora el máximo responsable de la energía de la Unión exige -para poder hacer frente al cambio climático, la seguridad del suministro y la competitividad- un 30% de fuentes nucleares. No sólo eso: los Veintisiete acaban de coronar -por primera vez de forma oficial a través de una resolución de la Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa- a la energía nuclear como uno de los arietes para “reducir" las emisiones de gas de efecto invernadero y el calentamiento del planeta.

La existencia de las centrales ahorra ya la emisión de 900 millones de toneladas de CO2 cada año en la UE, la misma cantidad generada por el sector del transporte. La Unión acaba de presentar los reactores nucleares de IV generación  -desarrollados en los laboratorios europeos, incluidos los españoles- y acaricia el momento, a partir de 2035 en el que la puesta en funcionamiento de los reactores de neutrones rápidos (producirán más combustible del que consumen) haga de la energía atómica una fuente 100% “renovable”. Pero Zapatero, Sebastián y Garmendia se empeñan en hacer del combustible nuclear usado un “residuo” y no material reciclable, como hace el mercado galo -donde el 80% de la electricidad es de origen nuclear- con el 96% del combustible que llega a sus manos y un ahorro del 25% de uranio natural.

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