Adoptar al chivato

En el descanso de un seminario jurídico, tres eminentes y muy acreditados personajes de la jurisprudencia debatían sobre la naturaleza humana de algunas conductas ciudadanas. Convenían todos en que hay casos en los que nunca el legislador va a ser capaz de corregir comportamientos naturales e innatos a la condición y naturaleza humana. En otras palabras, que algunas pautas de comportamientos o costumbres nunca podrán ser corregidas o erradicadas mediante legislación civil ni penal.

Se referían principalmente a las conductas delictivas relacionadas con los numerosos casos de fraudes fiscales o de elusión de impuestos, asuntos que parecen traer de cabeza a los legisladores europeos pero cuya lucha o batalla tiene visos de capitulación pura y dura. Los recientes escándalos (ya no reciben esta calificación, sino sencillamente, filtraciones) del Dieselgate o los Papeles de Panamá, sin olvidar el Luxleaks, han logrado salir a la luz pública por denuncias, mediante soplos a medios de comunicación o filtraciones más o menos interesadas y/o controladas.

Y como tal conducta, la delación ha creado toda una serie de conceptos, normas y protocolos de actuación hasta llegar a la definición de la `figura´ del delator, chivato o soplón de tales conductas. Así las cosas, con la claudicación de políticos y la comprensión de legisladores, el chivato es hoy día una figura protegida, enchufado en los tribunales, mimado por los investigadores, inmune a las penas más severas de la ley, incluso se diría que hasta ha logrado el chivato un estatus impropio como es el de convertirse más o menos en un ahijado del sistema. Y todo por el fracaso y la ineficacia del mismo sistema jurídico y político de evitar fraudes y elusiones de impuestos.

Lo que sucede ahora es que la resolución de un problema, como es la protección del chivato, conduce a otro problema, pues se trata de que a partir del chivatazo, habrá que proceder a garantizar la seguridad de su autor, para que los denunciantes no queden expuestos a los riesgos propios de su peculiar situación, esto es, de las represalias personales o físicas, despidos y degradación, incluso también de procedimientos judiciales en forma de querellas que seguramente les llegarán una vez descubierto el chivatazo y el chivato. Y todo por la incapacidad de políticos y legisladores en la persecución y eliminación de fraudes y elusión de impuestos. Cabe también la posibilidad de que el legislador haya concluido que la mejor forma de combatir los fraudes sea esta: promocionar y proteger a los chivatos, incluso, convirtiéndolos en ahijados. De esto hablaban los tres juristas.