La valoración de las entidades privadas, en exclusiva para las agencias de rating

Francia propondrá que los bancos centrales evalúen la solvencia soberana

La degradación de la deuda gala fue la puntilla que provocó la reacción de otros socios
Nicalás Sarkozy, presidente del Gobierno francés
Juan José González

La reacción no suele fallar: siempre es la misma. Y es que cada vez que las agencias de rating emprenden una nueva ofensiva, los damnificados, que en primera instancia no son otros más que Gobiernos y Estados, hacen un ejercicio de renovación de sentimientos contrarios hacia las calificadoras de riesgos. Sucede en esta ocasión, en que la situación es de esas más delicadas que nunca, en un momento en que penden de un hilo un mayor agravamiento del conflicto social en las calles de Grecia, la posibilidad de ruptura del euro, y todo ello teniendo en cuenta que Reino Unido, Italia, Portugal y España se preparan –nos preparamos- para un inmediato contagio. Sarkozy dice que “es necesario recortar para no acabar como Grecia o España”, Montoro advierte, en constante amenaza que “los riesgos de contagio son evidentes”; los sindicatos hablan de “despido  libre” y la banca española encadena récords de solicitud de dinero al banco central europeo.

Parece ser que la última reacción detectada entre los miembros más cualificados de Bruselas, corresponde al comisario general de inversión y asesor de Nicolas Sarkozy, de nombre René Ricol, quien a tenor de la última acometida de las calificadoras entendió llegado el momento de intervenir de verdad. De verdad significa que Ricol puso en marcha hace unas semanas, un procedimiento por el que se someterá a propuesta la primera medida orientada a poner algo de freno a las omnipotentes agencias.

En principio, la idea va por el buen camino, es decir, el Gobierno francés la considera estupenda –la propone un francés- y al Ejecutivo alemán parece que le gusta. De Italia no se conoce aún reacción pero hay que contar con que el apoyo del apadrinamiento de Mario Draghi. Sólo faltaría el apoyo de España para que arrastrar el resto de voluntades de los eurosocios y seguramente la propuesta sería una realidad antes de fin de año.

Dice Ricol en su propuesta que la evaluación de la solvencia de las deudas soberanas se lleve a cabo por los bancos centrales, que son en realidad los auténticos reguladores y supervisores del mercado. Destaca el francés en su propuesta a modo de razonamiento que, qué mejor instancia que la de los propios bancos centrales para dicha función pues cuentan con la independencia y competencia suficiente –sobrada, añade- para valorar de forma continua las deudas públicas, quién mejor que el banco central puede conocer las tripas de su propia casa, se pregunta.

Con independencia de la mayor o menor carga de razón del citado comisario, lo cierto es que la propuesta en el fondo tiene una legítima intención como es la de querer poner a cada uno en su sitio, es decir, que las instancias oficiales califiquen, regulen, supervisen, controlen… y las agencias de calificación se mantengan en su papel de actores del mercado orientados a asesorar al negocio bancario, pero sin llegar al extremo de dar validez a su juicio final, a la calificación del grado o nivel de solvencia de las deudas soberanas.

La petición de Ricol puede llegar, igualmente, a extenderse a la valoración de las deudas de las entidades financieras privadas y de las compañías aseguradoras, si bien, en este caso entrarían a jugar un papel importante los calificados, puesto que se trata de entidades privadas y los criterios no serían los mismos que en el caso de las deudas soberanas.

Lo cierto es que la situación se complica cada vez que una de estas agencias abre la boca y la gravedad se dispara cuando las tres dominantes (S&P, Moody´s y Fitch) coinciden al unísono rebajando a diestro y siniestro a bancos y países de un solo disparo.

Ahora, la situación parece más que propicia para que una idea como la de Rene Ricol prospere. Las ‘descalificaciones’ de las calificadoras publicadas en la jornada de ayer, confirman la gravedad del desequilibrio que pueden llegar a provocar las agencias de rating, llegando a poner en entredicho no tanto su discutible metodología de trabajo como cuanto la oportunidad en la divulgación de unos, en principio, inofensivos juicios, pero que la dinámica del escenario convierte en bombas de destrucción masiva. Y es que ni los mercados ni los Gobiernos ni la calle parecen estar pensados para soportar el plus de tensión y nerviosismo que añaden las calificadoras con tan solo unas pocas letras.