Para el BCE es más grave la falta de liquidez que la liquidación

La crisis de Deutsche Bank, como la del Popular, evidencia las carencias del supervisor

Si se liquidó un banco solvente como el Popular por qué no se liquida ahora el Deutsche. En realidad, los dos pasaron por el mismo problema -falta de liquidez- siendo esta la causa de la liquidación
Juan José González
Unas opiniones de Joaquín Almunia, ex vicepresidente de la Comisión Europea sobre el rescate bancario de 2012 ("se nos escapó el Popular") se han querido unir, seguramente sin intención, pero sí en conexión, con el ajuste con tintes revolucionarios del Deutsche Bank, entidad que en los últimos siete años llevará consumidos la colosal y friolera cantidad de 175.000 millones de euros (la suma de los 125.000 millones para limpiar basura en 2012 y los 50.000 millones que ahora acuñan a toda velocidad para que estén listos un día de estos). En ambos casos, los supervisores europeos, se supone que responsables en algún grado del resultado final -crisis, quiebra o intervención- del banco germano y del español, no parecen dispuestos a aceptar una parte importante de la culpa de los dos eventos como tampoco a reconocer las carencias de la supervisión del BCE que parece tener en el juego reiterativo de los test de estrés la mejor o peor coartada para justificar algunas de sus actuaciones. Llaman la atención las manifestaciones de Almunia siete años después de la crisis bancaria española -que se dijo de las cajas- a toro pasado, lo que se dice con perspectiva suficiente como para pensar que el tiempo lo cura o lo borra todo. Como en aquel mismo año (2012) la crisis de Deutsche Bank, entidad sobrada de conocidos problemas, logró pasar inadvertida para las opiniones de los supervisores europeos.
Ahora la historia, con las palabras de Almunia y la crisis del Deutsche Bank, quiere poner de manifiesto las deficiencias de la supervisión de entonces y según parece también la más reciente. Deficiencias de supervisión que acaban siendo la cosecha de las carencias del sistema que sólo parece acreditar fallos y errores como en los dos casos señalados. Carencias que también ayudarían a comprender que la gestión de las crisis bancarias en la Unión Europea estaban ayer y siguen hoy en el mismo punto, en la inacción. 

Habría que recordar, aunque sea de pasada, la desafortunada política financiera europea en estas últimas dos décadas, en evidencia por numerosos episodios, pero en clamoroso ridículo desde la actuación singular del BCE en el caso del Banco Popular. En el momento de la intervención del banco, que terminaría en liquidación, el Popular era un banco solvente según las ratios y criterios manejados en el sector y aceptados por el supervisor. Tenía, y este fue el argumento fatal para su caída en desgracia, problemas, y muy serios, de liquidez. 

Este hecho fue magnificado por el supervisor y aumentado por el sector, amén del seguimiento puntual de los hechos por parte de los medios de comunicación, sirvieron de alimento indispensable al episodio de desconfianza e inquietud como para que los depositantes corrieran a recuperar su dinero. Daba así comienzo la espantada de fondos que determinaron posteriormente la ejecución de la pena máxima por parte del Mecanismo de Resolución Bancaria, actuación que coincidió con su bautismo, puesto que era la primera ejecución bancaria (resolución es lo correcto) en la que intervenía.

Muy distinta parece haber sido la operativa en la crisis del Deutsche Bank como también de la secuencia de los principales hechos. Para empezar, las autoridades supervisoras han cedido toda la iniciativa a la entidad bancaria, de forma que esta ha podido gestionar la información y los tiempos. Para continuar, el BCE, el supervisor, nada ha comunicado al mercado ni siquiera a la entidad en crisis, que ha gozado de plena libertad para `vender´ a los inversores y depositantes que en realidad, el banco, tiene una crisis de resultados que se resolverá con la salida de algunos negocios, fuera la banca corporativa y reestructuración radical, a lo bestia, que afectará a 18.000 trabajadores. Se da por hecho que la entidad no ha sufrido en ningún momento problemas de liquidez.

Llama la atención la praxis utilizada en esta ocasión -Deutsche Bank- por las autoridades supervisores para que, a diferencia de otras ocasiones, con bancos italianos, españoles y también alguno alemán, no se haya utilizado la inquietud como técnica y el pánico como herramienta para señalar al culpable. La historia no se debe repetir, si bien la política de la inacción se mantiene como regla de actuación de los reguladores, remisos siempre a aplicar los medios legales a su disposición para evitar la huida de los depósitos y la crisis de liquidez. Aunque por desgracia la del Deutsche Bank no sea la última crisis bancaria en Europa, como tampoco lo fue en su día la del Banco Popular.