Lagarde trasluce su conflicto larvado con la CE y provoca una fuerte reacción en los mercados

Los bancos centrales quieren atajar una crisis de la deuda corporativa que se cierne a escala global
Carlos Schwartz
Unas pocas palabras de la presidenta del Banco Central Europeo (BCE), Christine Lagarde, han profundizado la caída de los mercados de acciones y han devaluado a la deuda pública italiana. Lagarde afirmó tras la reunión de consejo que la misión del BCE no era vigilar el comportamiento de los mercados de deuda pública. “No estamos aquí para reducir los diferenciales (de la deuda pública), esa no es nuestra misión ni la función del BCE”, dijo durante la rueda de prensa. El eje de las medidas del banco central de la zona del euro ha sido incrementar el dinero destinado a la compra de deuda para este año en 120.000 millones de euros, que se dirigirán a la deuda corporativa preferentemente. La presidenta se vio forzada a matizar los comentarios hechos en la rueda de prensa posterior al consejo del banco pos facto, mediante una entrevista separada. En su matización señaló que la partida adicional de dinero podía ser también utilizada para comprar deuda pública. Los analistas han coincidido en señalar que la intervención de Lagarde fue un error. Sin embargo dedicó largos pasajes de su intervención a señalar la necesidad de una acción fiscal concertada por parte de la Comisión Europea (CE) como fórmula para la reactivación económica y de defensa frente al impacto de la epidemia Covid-19.
Afirmó que la respuesta a la crisis debe ser “primero y fundamentalmente” fiscal, puntualizando que hasta ahora el compromiso de gasto de los gobiernos de la eurozona era de “sólo 27.000 millones de euros, es decir sólo el 0,25%” del producto interior bruto del bloque. Con sus palabras lo que ha dejado traslucir Lagarde es que el consejo del banco central es muy crítico con las divisiones políticas en el seno de la Comisión Europea (CE) en torno a las políticas fiscales, es decir el gasto, que se debe asignar a esta emergencia económica. 

Francia, junto con otras naciones, defiende un paquete fiscal unificado y coordinado de las naciones de la zona del euro. La presidencia de la CE de momento se resiste a esta estrategia respondiendo a la opinión de los países del norte de Europa. Las afirmaciones de Lagarde han puesto de relieve estas grietas. La presidenta de la CE, Ursula von der Leyen ha propuesto un fondo de 25.000 millones para asistir en esta emergencia, pero la realidad es que la CE no ha logrado avanzar en una política coordinada.

Los mercados de capitales han hecho su propia lectura de estas divergencias. Tras verter Lagarde sus opiniones el diferencial entre el bono italiano a 10 años y el Bund alemán al mismo plazo aumentó hasta los 2,6 puntos porcentuales, el nivel más alto desde junio de 2019. Los analistas consideran que la actuación de Lagarde fue floja, y no parecen tener en cuenta que tras sus palabras lo que hay es un criterio. Los mercados esperaban una reducción de los tipos de interés en línea con las decisiones de la Reserva Federal en Estados Unidos y el Banco de Inglaterra. 

Por el contrario lo que hecho el BCE es ofrecer una línea de liquidez a los bancos a un interés negativo del 0,75%, comparado con el 0,50% negativo que los bancos deben pagar al BCE para dejar su dinero en depósito en la entidad. Esto quiere decir que si los bancos hacen uso de su liquidez para dar crédito, ganan un diferencial del 0,25% respecto a dejarlo inmovilizado en el BCE. En realidad las decisiones del BCE sí están en línea con los otros dos grandes bancos centrales, puesto que los tres centran la mirada en evitar una crisis severa de la deuda corporativa. La gran preocupación de los bancos emisores es que las corporaciones no puedan pagar sus altos niveles de deuda, y no se puedan refinanciar porque los mercados de deuda se gripen. Algo que ya ha ocurrido la semana pasada. 

En todo caso para el consejo del BCE se trataba de ir todavía más allá en los tipos de interés negativos. Un territorio resbaladizo y poco explorado cuyas consecuencias no parecen haber evitado la severa crisis económico a la que hacen frente los mercados. Tanto la Fed como el Banco de Inglaterra estaban en otra escala de tipos de interés. Estados Unidos no tiene tipos de interés negativos, tras la bajada del 0,50% los tipos han quedado en el 1,25% mientras que en el Reino Unido ha quedado tras el recorte en el 0,25% positivo. Estos hechos parecen neutralizar las opiniones de los analistas reflejadas en los medios de prensa. Como poco los analistas parecen estar afectados por una profunda perplejidad que es de esperar no sea resultado del SARS-coV-2.

Pese a ello, Lagarde intentó suavizar el efecto de sus palabras mediante una entrevista televisada, aunque el esfuerzo no logró efecto alguno. La línea divisoria de la confianza que las palabras de Mario Draghi, el ex presidente del BCE, había tendido en el momento álgido de la crisis de deuda en Europa, se ha roto. Los momentos son obviamente distintos, en la medida que no estamos ahora mismo ante una crisis de deuda del estado en Europa. Pero la línea que separa a la deuda pública de una crisis es muy delgada. Pareciera que la presidenta Lagarde no ha sabido medir esa distancia en su pulso con la otra presidenta, von der Leyen.

Un potencial enfrentamiento entre el BCE y la CE no estaba dentro de la carta de navegación de los analistas. Pero si el peso de la respuesta a la crisis actual pasa por la coordinación fiscal de la eurozona, y más generalmente de la Unión Europea, o debe reposar en las espaldas del BCE, es una disputa aun sin resolución. Está claro que en el fondo de estas divergencias lo que hay es la negativa de los países más ricos de la UE por aportar a un colchón de dinero que amortigüe los efectos de la caída de la actividad económica global en la UE. El Gobierno español de momento ha tomado en sus manos un plan basado en la política fiscal, al igual que ya lo ha hecho Italia. El español es, digámoslo con claridad, canijo.