Mantienen en cartera cerca de 1.300 empresas valoradas en 47.000 millones

Las cajas se resisten a vender sus participadas

El Banco de España prefiere que se centren en sanear y se dejen de gestionar empresas
Juan José González

Los dividendos que reciban las cajas de ahorros no serán suficientes para cubrir las necesidades de capital que se desprende tras la publicación de las pruebas de estrés. De lo contrario, sería una buena justificación para mantener un determinado tamaño de cartera industrial, siempre y cuando estuviera enfocada a la rentabilidad por dividendo. Las doce cajas que en la actualidad se encuentran en proceso de SIP, en torno a cinco grupos, y que han sacado peor nota en la reciente convocatoria de pruebas de estrés, hacen cuentas a marchas forzadas. Desde el Gobierno central, desde el Banco de España así como desde diversas instituciones financieras, les llega el mensaje más nítido que nunca: las participadas de las cajas, 1.300 aproximadamente, con un valor de unos 47.000 millones de euros, no tienen otro destino mejor, a corto plazo, que transformarse en efectivo, en capital, el bien ahora mismo más escaso en este sector financiero, y que además, compensaría en buena parte las ayudas del FROB. Hasta las agencias de calificación señalan en sus informes la venta de participadas como salida a los problemas de estas entidades, que en breve se pueden pronunciar sobre el riesgo de los suspensos tras el anuncio público del pasado viernes.

En julio de 2008, un gobernador del Banco de España preocupado por las exigencias de capital de Basilea II, transmitía al sector de las cajas de ahorros su particular recomendación: hagan ustedes caja, realicen al mejor precio de mercado sus participaciones industriales así como una parte significativa de sus inmuebles porque los requisitos de recursos propios que exige la nueva normativa (entonces Basilea II) les obligará a eso, a hacer caja si no quieren ver cómo se penalizan las inversiones en cartera. Era una cuestión de orden y prudencia de cara al futuro. Dos años después, y otra vez en julio, las cajas que entonces recibieron el mensaje, claro y directo, del Gobernador del Banco de España parecen haber razonado que Ordóñez tenía –y tiene- toda la razón del mundo. Ahora, las cajas, en particular las integrantes de esos cinco grupos de damnificadas por la mala nota de las pruebas de estrés, se deban dirigir al mercado para colocar –posiblemente a peor precio que entonces- una buena parte de esas participaciones industriales que la legislación no ve con buenos ojos.

Algunos cálculos bastante aproximados de los efectos de la crisis financiera sobre las posiciones de renta variable de las cajas apunta a un descalabro en toda regla desde aquel aviso del gobernador: caída de las plusvalías latentes en un 62% y pérdida de unos 20.000 millones de ganancias latentes respecto al valor en libros de las posiciones en bolsa de sus participadas. Cifras que asustan pero que sirven para dibujar la pendiente por la que se han precipitado las cuentas del sector, en particular de las entidades que han suspendido el reciente examen.

Pero renunciar a cualquier posición empresarial es uno de esos asuntos generadores de traumas de difícil terapia, sobre todo para el colectivo político que, aunque objeto de creciente desplazamiento en el ejercicio de esa influencia social y control que supone el sofisticado método de la participación industrial, les va a causar una profunda situación de vértigo. Porque, si bien es difícil que se vuelvan a vivir episodios de resistencia numantina como el protagonizado por la Comunidad madrileña en el caso de Iberia, o el reajuste de participaciones industriales de las cajas catalanas en su área de influencia empresarial, la reforma de la Ley de Cajas será testigo todavía de algún otro episodio por el estilo.

Asimismo, el gobernador recomendaba, y no lo ha dejado de hacer cada vez que ha podido, vender edificios e inmuebles en general, cuando era el momento más adecuado, que no era otro que cuando vendieron Santander, BBVA y Popular, eso sí, con más fortuna para el primero por el método elegido de venta por leasing, bajando riesgo y necesidad de capital y obteniendo liquidez producto de las plusvalías. Apenas unas cuantas cajas como Caixa Galicia, CAM y Caixa Cataluña siguieron en mayor o en menor medida las recomendaciones de Cibeles, y así y todo, el resultado en estas tres entidades no ha sido suficiente para liberarlas de la situación comprometida.

Ahora el Banco de España explica a las cajas que la coyuntura (pruebas de estrés) y los hechos (nueva Ley de Cajas) deben ser interpretados en clave de cambio, y que por tanto, este es el momento de plantearse el tamaño de la cartera industrial y demás participaciones societarias. Todas las cajas, sin excepción, cuentan con un detallado programa de desinversiones, pero ninguna parece dar el primer paso. Las cuentas, incluso capitalizando las ventas de participaciones, no salen, lo que aumenta la obligatoriedad de hacer caja. El Banco de España intenta que sean los propios consejos de las entidades quienes fuercen este proceso, que lleguen a la conclusión de que para este viaje no hace falta que las alforjas estén llenas de participaciones, y que incluso no hagan falta ni alforjas.

Ordóñez anima al sector a que cuiden la tesorería; siempre será mejor contar con un excedente de caja que con una buena cartera industrial. Un ejemplo reciente de esta situación se puede encontrar en la futura unión de Caja España y Caja Duero, llamada a convertirse en una potencia financiera de carácter local. Sus carteras industriales suman unas 200 empresas participadas por valor cercano a los 2.000 millones de euros. El viernes, la resultante de Caja España más Caja Duero (Espiga) suspendía la evaluación realizada por el Comité de Supervisores Bancarios Europeo. La caja fusionada necesitaría 127 millones de euros de capital en el escenario más adverso, con unas pérdidas esperadas de 3.782 millones de euros. Ayer, Fitch situó el rating de Caja España en el escalón superior al bono basura “por la debilidad financiera y de su perfil de riesgo”, un dato a considerar por el consejo de la caja en orden a acelerar la venta de participaciones.

Verde y en botella es la consigna que les ha debido llegar desde Cibeles y que equivale a decir que el músculo industrial, por sentido común, debe seguir el camino del adelgazamiento. Caja Duero continuó en los últimos años con la misma línea de inversión y similar de venta de participaciones. Caja España no frenó su expansión y siguió adquiriendo participaciones industriales a buen ritmo. Pero la realidad, a día de hoy, es que continúan siendo el séptimo inversor de Iberdrola, participación significativa en Ebro Food, en cerca de 20 inmobiliarias, en supermercados El Árbol o Grupo Siro y otras muchas que hasta el día de hoy se vienen considerando como inversiones estratégicas.

El mensaje del supervisor a los componentes de los órganos rectores de las cajas y a la dirección ejecutiva de estas no es otro sino la dedicación al negocio financiero en exclusiva y dejar a un lado la gestión de empresas, actividad que no aparece en ningún texto de constitución de las cajas.