EL DEDO DE MADOZ

Los planes para Grecia al borde del fracaso pese a las medidas extremas de Atenas

Carlos Schwartz

El pasado viernes se cerró el plazo teórico para que los bancos acreedores de Grecia comunicaran al Gobierno de ese país su disposición a reestructurar la deuda pendiente. La fecha de cierre había sido acordada el 21 de julio cuando el Institute of International Finance (IIF) hizo pública su oferta de tres niveles que implica una quita del orden del 21% sobre los ingresos esperados por los bancos tenedores de deuda soberana de Grecia. El plan implicaba sustituir el saldo vivo de bonos con cuatro emisiones distintas para canjear por los bonos en forma inmediata o a su vencimiento (roll-over), tres de las cuales serían avaladas mediante bonos cupón cero de calidad AAA.

El dinero con el cual el Gobierno griego debería comprar esos bonos cupón cero debería ser concedido por el Fondo Europeo de Estabilidad Financiera. El gobierno de Grecia había anunciado que el programa estaba condicionado a una concurrencia del 90% de los acreedores. De acuerdo con fuentes de la banca comunitaria el programa ha recibido el apoyo del 75% de los acreedores. Sin embargo algunos problemas centrales a este esquema permanecen sin resolver. Por ejemplo quién va a emitir los bonos a cupón cero, y cuándo el FEEF estará en condiciones de adelantar a Grecia los recursos necesarios para adquirir los bonos que respalden el canje.
 
En la lista hecha pública por el IIF el 19 de agosto figuran 40 bancos, aunque no necesariamente todos ellos son acreedores de Grecia. Los dos bancos españoles que aparecen ahora en la lista son el Santander y el BBVA. Grecia tiene paralizados 8 mil millones de euros de la financiación correspondiente al primer programa de ayuda a causa de un déficit de 2 billones de euros en el cumplimiento del presupuesto pactado con los acreedores para este año. Para intentar desbloquear esta situación este fin de semana el Gobierno ha anunciado 20.000 despidos inmediatos en la administración pública y un incremento extraordinario por dos años en el impuesto de bienes inmuebles a ser recaudado a través de la factura de la luz. Puede que esta concesión de último momento haga que la troika de la UE el Banco Central Europeo (BCE) y el Fondo Monetario Internacional (FMI) abra la mano sobre el tramo de 8.000 millones de euros de momento congelado. Pero este dinero destinado a vencimientos de deuda inminentes poco harán para agilizar por ejemplo el plan de reestructuración de la deuda soberana. En última instancia todos estos mecanismos de relojería dependen de la entrada en funcionamiento del segundo paquete de ayuda a Grecia pactado el 21 de julio pasado y cuya materialización está plagada de obstáculos políticos como ha puesto de relieve la dimisión del economista jefe alemán del BCE Jurguen Stark el pasado viernes.

El hecho que el Gobierno alemán haya hecho planes de contingencia para recapitalizar a la banca en caso de una suspensión de pagos de Grecia saca al impago griego del universo imaginario para introducirla en el mundo de lo real. Es a la luz de esta realidad que hay que leer las recomendaciones de Christine Lagarde respecto de la recapitalización de la banca europea aunque corrija a la baja sus estimaciones como ha hecho este fin de semana. El minucioso repaso el pasado lunes y martes en el Comité Económico Financiero de la Unión Europea hecho por la Autoridad Bancaria Europea de como encarar las necesidades de capital de los bancos con un cor capital tier 1 superior pero próximo al 5% de los activos en riesgo con una exposición relevante a la deuda soberana de países en situación de riesgo habla la misma lengua.

La posibilidad de un impago de Grecia ha salido definitivamente la semana pasada de la dimensión de lo fantástico para encarnarse en un riesgo real. El dictamen del Tribunal Constitucional alemán que rechaza cualquier organismo que constituya un recorte a la soberanía del país, como el Mecanismo de Estabilidad Financiera que debería entrar en funcionamiento en 2013, y el impedimento objetivo aunque no especificado a la emisión de bonos de deuda europea que implican de hecho una reducción de la soberanía al subsumir cualquier decisión de la nación al acuerdo del conjunto, ha dejado atada de manos a la canciller Angela Merkel. En este contexto la dimisión de Stark opuesto a las medidas no estándar del BCE del programa de compra de deuda pública de los países en apuros ha dejado al desnudo que el único muro de contención que queda en pie, el BCE, puede tener las horas contadas como instrumento eficaz para controlar la catástrofe.

El gobierno alemán ha sustituido ayer a Stark por Jorg Asmussen, un socialdemócrata que no obstaculizará las decisiones del BCE en materia de medidas no estándar. Pero esto no es suficiente en tanto la opinión pública de Alemania se muestra opuesta a la solidaridad financiera con las naciones con déficit miembros de la UE. El problema desde luego no es una banalidad porque a ningún político le gusta gobernar de espalda a la voluntad de la mayoría, entre otras cosas porque sus decisiones suponen enterrar la permanencia en el poder. Algo que la política del Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero ha puesto de relieve en España, y que se ha comido el margen de confianza en el socialista Jorgos Papandreu en tiempo récord en Grecia.

Merkel ya ha comenzado a pagar con dos derrotas sucesivas en gobiernos regionales, entre ellas una en su propio feudo. Lamentablemente la sustitución de Stark por Asmussen no va a resolver esta acumulación de contradicciones. Merkel comienza a sentir la necesidad de respaldarse en el partido socialdemócrata para la aprobación de medidas destinadas a solventar la crisis de deuda soberana en Europa, lo que la desgastará aun más de cara a parte de su electorado. Europa está sin lugar a dudas en un callejón sin salida que lejos de ser resultado de la mala voluntad de unos cuantos políticos es obra de las contradicciones internas propias a un sistema monetario compartido por naciones de tan gigantescas divergencias económicas estructurales y coyunturales.

Las tensiones que esta situación generan no se limitan desde luego al sistema monetario europeo, sino como es lógico en una economía integrada a escala internacional, se transmite al conjunto del sistema monetario internacional y afecta de forma muy especial a la relación dólar euro, y por consecuencia a los equilibrios entre el dólar y el resto de las monedas. El inevitable escalón que sigue a los trastornos de la deuda soberana son los grandes desequilibrios del sistema monetario internacional en su conjunto. En el 2010 un equipo de economistas del Fondo Monetario Internacional elaboró un documento de revisión del sistema monetario internacional retomando lo que un año antes había sugerido el gobernador del Banco de China Popular, el banco central chino, es decir un sistema monetario internacional basado no en una divisa nacional sino en una cesta de monedas como los derechos especiales de giro. Este debate se reabrirá en los próximos meses.