OBSERVATORIO DE TALENTO RELACIONAL

Política de ascensos corporativos

Julián Gutiérrez Conde
Todas las personas tenemos aspiraciones, y las más preparadas, más; puesto que han invertido mucho esfuerzo, tiempo y dinero en su cualificación. Las personas también sabemos que no hay posibilidades de ascensos para todos, porque el camino hacia la cúspide cada vez se estrecha más y, lógicamente, todos quieren ser los escogidos. Siempre, por tanto, que se asciende a alguno, se frustra a otros. Eso, más que difícil de resolver, es inevitable, pero al menos su efecto se debe amortiguar.
La decisión de promoción adoptada por el “jefe”, compromete la imagen de la empresa ante todos los restantes empleados, pues inevitablemente todos ellos, van a juzgar su decisión. Existe, por tanto, una evaluación social  subliminal, sobre si es justo el nombramiento; es decir, si las personas promovidas, son vistas por sus compañeros y colegas como aceptables en méritos. 

Para que el promovido sea reconocido, deben darse en él connotaciones de cualificación y comportamiento que validen “socialmente” su ascenso y se considere una decisión “justa” y aceptable, lo cual mitigará la frustración de otros aspirantes.

Si el reconocimiento del recién promovido no tiene la calificación de aceptable, se le considerará un “aupado”; es decir, alguien elevado por digamos “otro tipo de intereses” y eso desatará la desconfianza interna tanto en el mando como en la empresa.

Todos tenemos una calificación puesta en la vida, y en el ámbito, más aún. Por eso toda promoción debe pasar por el tamiz del criterio que sobre él promovido se tenga, no ya por superiores sino por colegas y empleados a su cargo.

He visto en muchas Corporaciones, desplomarse su ambiente laboral, como consecuencia de políticas de ascensos que no han tenido en consideración las “calificaciones de la base”, porque son ellos quienes más se encuentran a la expectativa y más afectados se sienten.

Un ascenso inmerecido es el mayor jarro de agua fría sobre la confianza de una organización, pues pone en tela de juicio tanto el respeto como los valores.

¡Ay amigo!; si el veredicto sobre el ascendido es de limitada cualificación, el de oportunista, el de mediocridad en su solvencia relacional o el de dedicación raquítica, el descalificado no será él, sino la Compañía. Aflorarán mensajes sobre intereses espúrios y canje de mediocridad por conveniencias ajenas.

Serán entonces, los mejores, los que más se desmoralicen y los que más hagan perder a la organización.

No creo que exista otro factor más sensible como creador de adicción o desvinculación que los criterios sobre ascensos y promociones. Aceptar la ligereza en decisiones como estas crea desprestigio corporativo y heridas irreparables,

Otros errores se le perdonan al management; este, no.