Populismo, también judicial

La Sociedad entera parece respirar el día a día entre demandas y reclamaciones. Estas se convierten en denuncias que llegan y colman los tribunales. La moda, la plaga o un virus recorre las calles y el banco, hasta hace poco amigo, se convierte en enemigo. No hay buena relación entre prestadores y prestatarios; malos tiempos para esa amistad interesada y maltratada por los avatares. Y dicen que peores vendrán con las sentencias en ciernes.

El sinvivir de los deudores, de los desahuciados, preferentistas, hipotecados y demás víctimas de mil y una cláusulas, convierte en aspirantes a quebrantos a bancos y banqueros. Parece una alianza, un acuerdo de parentesco que, seguramente, concluirá en concordato. Sentenciarán los tribunales, altos, ordinarios, populares, todos, y hasta la curia romana amenaza con meter baza a poco que al Papa Francisco le haga un hueco en una homilía. 

Proliferan las asociaciones y las plataformas de afectados porque todos se sienten perjudicados. Florecen comunidades, federaciones de consumidores, mancomunidades de vecinos y liga de preferentistas. En Sevilla la cofradía del suelo, en Huelva el gremio de los accionistas de Bankia... Es el círculo de la reclamación y de los acusadores que requieren requerimiento judicial a la banca.

El asedio particular y familiar, en su peregrinaje a los tribunales no repara en costes: están seguros de que correrán a costa de la banca. Y así se convierte todo lo que no gusta ni agrada en abusivo, fraudulento, ilegal, arbitrario y excesivo. Es el nuevo populismo en versión judicial que a falta de un Estado rescatador acaba por convertir a los tribunales, los jueces, en rescatadores oficiales de buena parte de la clientela damnificada por la voracidad y algunos defectos incorregibles de la banca.