Wikileaks saca a la luz las aguas turbias de las alcantarillas de la guerra

Pedro González
El terremoto político, causado por la publicación de los casi 400.000 documentos secretos sobre la guerra de Iraq y su presunta labor de pacificación y reconstrucción, ha puesto de nuevo contra las cuerdas al Pentágono, pero también a otras fuerzas militares de la coalición aliada, especialmente las británicas. A pesar de las graves sospechas y de los relatos fragmentarios que delataban actuaciones atroces sobre la población civil, la frialdad con que ello se describe en los burocráticos informes y notas administrativas aumenta si cabe el estupor y el espanto, pero sobre todo cuestiona una vez más no solo las verdades oficiales sino también los presuntos valores morales superiores con que actúan las tropas de ocupación.

Wikileaks, la web dedicada a la publicación de tales informes secretos, prosigue, pues, su trabajo de demolición de las versiones oficiales y atenuadas en su gravedad sobre los numerosos incidentes que han jalonado la actuación de las tropas americanas en Irak. Si la publicación de los denominados Papeles de Afganistán ya provocó una enorme controversia, la salida a la luz pública de los documentos de Iraq supone un nuevo mazazo a la credibilidad de las presuntas intenciones altruistas de Estados Unidos y sus aliados, y al comportamiento sobre el terreno de sus tropas respectivas. La arbitrariedad, la injusticia y la impunidad, naturalmente con diversos grados, han sido históricamente características en la conducta de todos los imperios que en el mundo han sido, simplemente porque nadie suele someterse voluntariamente y a menudo el más fuerte pierde el control y se le va la mano. Esa superioridad también se trasladaba al terreno de la comunicación, donde lo habitual ha sido siempre la prevalencia de la historia contada por los vencedores, matizada mucho tiempo después con episodios luctuosos causados por esos mismos vencedores, pero que solo veían la luz cuando su conocimiento no tenía ya repercusión en el curso de la historia.

La gran aportación de Wikileaks es que ha puesto en la plaza pública el debate sobre si la opinión pública debe o no conocer la verdad sobre lo que deciden sus gobernantes y ejecutan individuos entrenados para obtener resultados aún a costa de violar sus propias leyes y convenciones. De haber existido antes Wikileaks, tal vez Stalin no hubiera podido mantener durante tanto tiempo la falsedad de que habían sido los alemanes los autores de la matanza de oficiales e intelectuales polacos en el bosque de Katyn, e incluso no habría que haber esperado tanto tiempo para conocer los entresijos de las operaciones de la CIA en Guatemala, Irán o Chile o del KGB en los países del este de Europa.

Que el Pentágono haya puesto a trabajar a 120 especialistas para contrarrestar las informaciones publicadas por Wikileaks demuestra la gravedad de lo que se ventila. Unido ello a la ofensiva mediática por demostrar que el líder de la web, el australiano Julian Assange, tiene debilidades que minarían su credibilidad, parece claro que los poderes constituidos no están dispuestos a que este portal siga causándoles sobresaltos. Se temen, seguramente con razón, que Wikileaks dispone ya de un fichero con 260.000 telegramas diplomáticos enviados por las diferentes embajadas americanas en Oriente Medio a sus centrales en Estados Unidos, que podrían dar una vuelta de tuerca más si llegan a publicarse. Así, la penetración y sabotaje de los sistemas informáticos de Wikileaks se ha convertido en una verdadera obsesión para el Pentágono y para la Secretaría de Estado. Consciente de la maniobra, el propio Julian Assange, un antiguo hacker e indiscutible conocedor de la programación informática, ha dotado a su estructura de un fichero de 1,4 giga-octet, bautizado como “assurance.zip”, protegido por un sistema cifrado de gran potencia.

Además de promover investigaciones sobre los hechos puestos de manifiesto por los documentos de la web, los gobiernos de Estados Unidos y Gran Bretaña se cuestionan cómo hacer frente a la sempiterna tentación de que alguno de sus especialistas, bien por despecho bien por cualquier otro sentimiento, robe documentos confidenciales. Eso ha existido siempre, pero es ahora cuando, al disponer de una tecnología desarrollada y una web dispuesta a acoger tales filtraciones, tales fugas se han vuelto extremadamente peligrosas. La anulación o el silenciamiento de Wikileaks se han convertido en una prioridad para los servicios secretos. Para sus jefes, las aguas turbias de las alcantarillas del Estado deben seguir discurriendo bajo tierra y al abrigo de la propia opinión pública a la que dicen proteger. Del desenlace final de esta pugna depende ciertamente el final o no de una larga era, la que siempre ha estado marcada por la razón suprema de la denominada seguridad del Estado, es decir de quienes se arrogaban el exclusivo derecho a conocer la verdad, mientras la ocultaban y manipulaban a sus propios conciudadanos.